El verano estaba a punto de llegar a los campos que rodeaban el castillo. El
cielo y el lago se volvieron del mismo azul claro y en los invernaderos brotaron
flores como repollos. Pero sin poder ver a Hagrid desde las ventanas del
castillo, cruzando el campo a grandes zancadas con Fang detrás, a Harry aquel
paisaje no le gustaba; y lo mismo podía decirse del interior del castillo, donde
las cosas iban de mal en peor.
Harry y Ron habían intentado visitar a Hermione, pero incluso las visitas a
la enfermería estaban prohibidas.
—No podemos correr más riesgos —les dijo severamente la señora
Pomfrey a través de la puerta entreabierta—. No, lo siento, hay demasiado
peligro de que pueda volver el agresor para acabar con esta gente.
Ahora que Dumbledore no estaba, el miedo se había extendido más aún, y
el sol que calentaba los muros del castillo parecía detenerse en las ventanas
con parteluz. Apenas se veía en el colegio un rostro que no expresara tensión y
preocupación, y si sonaba alguna risa en los corredores, parecía estridente y
antinatural, y enseguida era reprimida.
Harry se repetía constantemente las últimas palabras de Dumbledore:
«Sólo abandonaré de verdad el colegio cuando no me quede nadie fiel. Y
Hogwarts siempre ayudará al que lo pida.» Pero ¿con qué finalidad había dicho
aquellas palabras? ¿A quién iban a pedir ayuda, cuando todo el mundo estaba
tan confundido y asustado como ellos?
La indicación de Hagrid sobre las arañas era bastante más fácil de
comprender. El problema era que no parecía haber quedado en el castillo ni
una sola araña a la que seguir. Harry las buscaba adondequiera que iba, y Ron
lo ayudaba a regañadientes. Además se añadía la dificultad de que no les
dejaban ir solos a ningún lado, sino que tenían que desplazarse siempre en
grupo con los alumnos de Gryffindor. La mayoría de los estudiantes parecían
agradecer que los profesores los acompañaran siempre de clase en clase, pero
a Harry le resultaba muy fastidioso.
Había una persona, sin embargo, que parecía disfrutar plenamente de
aquella atmósfera de terror y recelo. Draco Malfoy se pavoneaba por el colegio
como si acabaran de darle el Premio Anual. Harry no comprendió por qué
Malfoy se sentía tan a gusto hasta que, unos quince días después de que se
hubieran ido Dumbledore y Hagrid, estando sentado detrás de él en clase de
Pociones, le oyó regodearse de la situación ante Crabbe y Goyle:
—Siempre pensé que mi padre sería el que echara a Dumbledore —dijo,
sin preocuparse de hablar en voz baja—. Ya os dije que él opina que
Dumbledore ha sido el peor director que ha tenido nunca el colegio. Quizá
ahora tengamos un director decente, alguien que no quiera que se cierre la Cámara
de los Secretos. McGonagall no durará mucho, sólo está de forma
provisional...
Snape pasó al lado de Harry sin hacer ningún comentario sobre el asiento
y el caldero solitarios de Hermione.
—Señor —dijo Malfoy en voz alta—, señor, ¿por qué no solicita usted el
puesto de director?
—Venga, venga, Malfoy —dijo Snape, aunque no pudo evitar sonreír con
sus finos labios—. El profesor Dumbledore sólo ha sido suspendido de sus
funciones por el consejo escolar. Me atrevería a decir que volverá a estar con
nosotros muy pronto.
—Ya —dijo Malfoy, con una sonrisa de complicidad—. Espero que mi
padre le vote a usted, señor, si solicita el puesto. Le diré que usted es el mejor
profesor del colegio, señor.
Snape paseaba sonriente por la mazmorra, afortunadamente sin ver a
Seamus Finnigan, que hacía como que vomitaba sobre el caldero.
—Me sorprende que los sangre sucia no hayan hecho ya todos el equipaje
—prosiguió Malfoy—. Apuesto cinco galeones a que el próximo muere. Qué
pena que no sea Granger...
La campana sonó en aquel momento, y fue una suerte, porque al oír las
últimas palabras, Ron había saltado del asiento para abalanzarse sobre Malfoy,
aunque con el barullo de recoger libros y bolsas, su intento pasó inadvertido.
—Dejadme —protestó Ron cuando lo sujetaron entre Harry y Dean—. No
me preocupa, no necesito mi varita mágica, lo voy a matar con las manos...
—Daos prisa, he de llevaros a Herbología —les gritó Snape, y salieron en
doble hilera, con Harry, Ron y Dean en la cola, el segundo intentando todavía
liberarse. Sólo lo soltaron cuando Snape se quedó en la puerta del castillo y
ellos continuaron por la huerta hacia los invernaderos.
La clase de Herbología resultó triste, porque había dos alumnos menos:
Justin y Hermione.
La profesora Sprout los puso a todos a podar las higueras de Abisinia, que
daban higos secos. Harry fue a tirar un brazado de tallos secos al montón del
abono y se encontró de frente con Ernie Mcmillan. Ernie respiró hondo y dijo,
muy formalmente:
—Sólo quiero que sepas, Harry, que lamento haber sospechado de ti. Sé
que nunca atacarías a Hermione Granger y te quiero pedir disculpas por todo lo
que dije. Ahora estamos en el mismo barco y..., bueno...
Avanzó una mano regordeta y Harry la estrechó.
Ernie y su amiga Hannah se pusieron a trabajar en la misma higuera que
Ron y Harry.
—Ese tal Draco Malfoy —dijo Ernie, mientras cortaba las ramas secas—
parece que se ha puesto muy contento con todo esto, ¿verdad? ¿Sabéis?, creo
que él podría ser el heredero de Slytherin.
—Esto demuestra que eres inteligente, Ernie —dijo Ron, que no parecía
haber perdonado a Ernie tan fácilmente como Harry.
—¿Crees que es Malfoy, Harry? —preguntó Ernie.
—No —respondió Harry con tal firmeza que Ernie y Hannah se lo quedaron
mirando.
Un instante después, Harry vio algo y lo señaló dándole a Ron en la mano
con sus tijeras de podar.
—¡Ah! ¿Qué estás...?
Harry señaló al suelo, a un metro de distancia. Varias arañas grandes
correteaban por la tierra.
—¡Anda! —dijo Ron, intentando, sin éxito, hacer como que se alegraba—.
Pero no podemos seguirlas ahora...
Ernie y Hannah escuchaban llenos de curiosidad.
Harry contempló a las arañas que se alejaban.
—Parece que se dirigen al bosque prohibido...
Y a Ron aquello aún le hizo menos gracia.
Al acabar la clase, el profesor Snape acompañó a los alumnos al aula de
Defensa Contra las Artes Oscuras. Harry y Ron se rezagaron un poco para
hablar sin que los oyeran.
—Tenemos que recurrir otra vez a la capa para hacernos invisibles —dijo
Harry a Ron—. Podemos llevar con nosotros a Fang. Hagrid lo lleva con él al
bosque, así que podría sernos de ayuda.
—De acuerdo —dijo Ron, que movía su varita mágica nerviosamente entre
los dedos—. Pero... ¿no hay..., no hay hombres lobo en el bosque? —añadió,
mientras ocupaban sus puestos habituales al final del aula de Lockhart.
Prefiriendo no responder a aquella pregunta, Harry dijo:
—También hay allí cosas buenas. Los centauros son buenos, y los
unicornios también.
Ron no había estado nunca en el bosque prohibido. Harry había penetrado
en él en una ocasión, y deseaba no tener que volver a hacerlo.
Lockhart entró en el aula dando un salto, y la clase se lo quedó mirando.
Todos los demás profesores del colegio parecían más serios de lo habitual,
pero Lockhart estaba tan alegre como siempre.
—¡Venga ya! —exclamó, sonriéndoles a todos—, ¿por qué ponéis esas
caras tan largas?
Los alumnos intercambiaron miradas de exasperación, pero no contestó
nadie.
—¿Es que no comprendéis —les decía Lockhart, hablándoles muy
despacio, como si fueran tontos— que el peligro ya ha pasado? Se han llevado
al culpable.
—¿A quién dice? —preguntó Dean Thomas en voz alta.
—Mi querido muchacho, el ministro de Magia no se habría llevado a Hagrid
si no hubiera estado completamente seguro de que era el culpable —dijo
Lockhart, en el tono que emplearía cualquiera para explicar que uno y uno son
dos.
—Ya lo creo que se lo llevaría —dijo Ron, alzando la voz más que Dean.
—Me atrevería a suponer que sé más sobre el arresto de Hagrid que
usted, señor Weasley —dijo Lockhart empleando un tono de satisfacción.
Ron comenzó a decir que él no era de la misma opinión, pero se paró en
mitad de la frase cuando Harry le arreó una patada por debajo del pupitre.
—Nosotros no estábamos allí, ¿recuerdas? —le susurró Harry.
Pero la desagradable alegría de Lockhart, las sospechas que siempre
había tenido de que Hagrid no era bueno, su confianza en que todo el asunto
ya había tocado a su fin, irritaron tanto a Harry, que sintió deseos de tirarle Una
vuelta con los espíritus malignos a su cara de idiota. Pero en lugar de eso, se
conformó con garabatearle a Ron una nota:
«Lo haremos esta noche.»
Ron leyó el mensaje, tragó saliva con esfuerzo y miró a su lado, al asiento
habitualmente ocupado por Hermione. Entonces parecieron disiparse sus
dudas, y asintió con la cabeza.
Aquellos días, la sala común de Gryffindor estaba siempre abarrotada, porque
a partir de las seis, los de Gryffindor no tenían otro lugar adonde ir. También
tenían mucho de que hablar, así que la sala no se vaciaba hasta pasada la
medianoche.
Después de cenar, Harry sacó del baúl su capa para hacerse invisible y
pasó la noche sentado encima de ella, esperando que la sala se despejara.
Fred y George los retaron a jugar al snap explosivo y Ginny se sentó a
contemplarlos, muy retraída y ocupando el asiento habitual de Hermione. Harry
y Ron perdieron a propósito, intentando acabar pronto, pero incluso así, era
bien pasada la medianoche cuando Fred, George y Ginny se marcharon por fin
a la cama.
Harry y Ron esperaron a oír cerrarse las puertas de los dos dormitorios
antes de coger la capa, echársela encima y salir por el agujero del retrato.
Este recorrido por el castillo también fue difícil, porque tenían que ir
esquivando a los profesores. Al fin llegaron al vestíbulo, descorrieron el
pasador de la puerta principal y se colaron por ella, intentando evitar que
hiciera ruido, y salieron a los campos iluminados por la luz de la luna.
—Naturalmente —dijo Ron de pronto, mientras cruzaban a grandes
zancadas el negro césped—, cuando lleguemos al bosque podría ser que no
tuviéramos nada que seguir. A lo mejor las arañas no iban en aquella dirección.
Parecía que sí, pero...
Su voz se fue apagando, pero conservaba un aire de esperanza.
Llegaron a la cabaña de Hagrid, que parecía muy triste con sus ventanas
tapadas. Cuando Harry abrió la puerta, Fang enloqueció de alegría al verlos.
Temiendo que despertara a todo el castillo con sus potentes ladridos, se
apresuraron a darle de comer caramelos de café con leche que había en una
lata sobre la chimenea, de tal manera que consiguieron pegarle los dientes de
arriba a los de abajo.
Harry dejó la capa sobre la mesa de Hagrid. No la necesitarían en el
bosque completamente oscuro.
—Venga, Fang, vamos a dar una vuelta —le dijo Harry, dándole unas
palmaditas en la pata, y Fang salió de la cabaña detrás de ellos, muy contento,
fue corriendo hasta el bosque y levantó la pata al pie de un gran árbol. Harry
sacó la varita, murmuró: «¡Lumos!», y en su extremo apareció una lucecita
diminuta, suficiente para permitirles buscar indicios de las arañas por el
camino.
—Bien pensado —dijo Ron—. Yo haría lo mismo con la mía, pero ya
sabes..., seguramente estallaría o algo parecido...
Harry le puso una mano en el hombro y le señaló la hierba. Dos arañas
solitarias huían de la luz de la varita para protegerse en la sombra de los
árboles.
—Vale —suspiró Ron, como resignándose a lo peor—. Estoy dispuesto.
Vamos.
De esta forma penetraron en el bosque, con Fang correteando a su lado,
olfateando las hojas y las raíces de los árboles. A la luz de la varita mágica de
Harry, siguieron la hilera ininterrumpida de arañas que circulaban por el
camino. Caminaron unos veinte minutos, sin hablar, con el oído atento a otros
ruidos que no fueran los de ramas al romperse o el susurro de las hojas. Más
adelante, cuando el bosque se volvió tan espeso que ya no se veían las
estrellas del cielo y la única luz provenía de la varita de Harry, vieron que las
arañas se salían del camino.
Harry se detuvo y miró hacia donde se dirigían las arañas, pero, fuera del
pequeño círculo de luz de la varita, todo era oscuridad impenetrable. Nunca se
había internado tanto en el bosque. Podía recordar vívidamente que Hagrid,
una vez que había entrado con él, le advirtió que no se saliera del camino. Pero
ahora Hagrid se hallaba a kilómetros de distancia, probablemente en una celda
en Azkaban, y les había indicado que siguieran a las arañas.
Harry notó en la mano el contacto de algo húmedo, dio un salto hacia atrás
y pisó a Ron en el pie, pero sólo había sido el hocico de Fang.
—¿Qué te parece? —preguntó Harry a Ron, de quien sólo veía los ojos,
que reflejaban la luz de la varita mágica.
—Ya que hemos llegado hasta aquí... —dijo Ron.
De forma que siguieron a las arañas que se internaban en la espesura. No
podían avanzar muy rápido, porque había tocones y raíces de árboles en su
ruta, apenas visibles en la oscuridad. Harry notaba en la mano el cálido aliento
de Fang. Tuvieron que detenerse más de una vez para que, en cuclillas, a la
luz de la varita, Harry pudiera volver a encontrar el rastro de las arañas.
Caminaron durante una media hora por lo menos. Las túnicas se les
enganchaban en las ramas bajas y en las zarzas. Al cabo de un rato notaron
que el terreno descendía, aunque el bosque seguía igual de espeso.
De repente, Fang dejó escapar un ladrido potente, resonante, dándoles un
susto tremendo.
—¿Qué pasa? —preguntó Ron en voz alta, mirando en la oscuridad y
agarrándose con fuerza al hombro de Harry.
—Algo se mueve por ahí —musitó Harry—. Escucha... Parece de gran
tamaño.
Escucharon. A cierta distancia, a su derecha, aquella cosa de gran tamaño
se abría camino entre los árboles quebrando las ramas a su paso.
—¡Ah no! —exclamó Ron—, ¡ah no, no, no...!
—Calla —dijo Harry, desesperado—. Te oirá.
—¿Oírme? —dijo Ron en un tono elevado y poco natural—. Yo sí lo he
oído. ¡Fang!
La oscuridad parecía presionarles los ojos mientras aguardaban
aterrorizados. Oyeron un extraño ruido sordo, y luego, silencio.
—¿Qué crees que está haciendo? —preguntó Harry
—Seguramente, se está preparando para saltar —contestó Ron.
Aguardaron, temblando, sin atreverse apenas a moverse.
—¿Crees que se ha ido? —susurró Harry.
—No sé...
Entonces vieron a su derecha un resplandor que brilló tanto en la oscuridad
que los dos tuvieron que protegerse los ojos con las manos. Fang soltó un
aullido y echó a correr, pero se enredó en unos espinos y volvió a aullar aún
más fuerte.
—¡Harry! —gritó Ron, tan aliviado que la voz apenas le salía—. ¡Harry, es
nuestro coche!
—¿Qué?
—¡Vamos!
Harry siguió a Ron en dirección a la luz, dando tumbos y traspiés, y al cabo
de un instante salieron a un claro.
El coche del padre de Ron estaba abandonado en medio de un círculo de
gruesos árboles y bajo un espeso tejido de ramas, con los faros encendidos.
Ron caminó hacia él, boquiabierto, y el coche se le acercó despacio, como si
fuera un perro que saludase a su amo. Un perro de color turquesa.
—¡Ha estado aquí todo el tiempo! —dijo Ron emocionado, contemplando el
coche—. Míralo: el bosque lo ha vuelto salvaje...
Los guardabarros del coche estaban arañados y embadurnados de barro.
Daba la impresión de que el coche había conseguido llegar hasta allí él solo. A
Fang no parecía hacerle ninguna gracia, y se mantenía pegado a Harry, temblando.
Mientras su respiración se acompasaba, guardó la varita bajo la túnica.
—¡Y creíamos que era un monstruo que nos iba a atacar! —dijo Ron,
inclinándose sobre el coche y dándole unas palmadas—. ¡Me preguntaba
adónde habría ido!
Harry aguzó la vista en busca de arañas en el suelo iluminado, pero todas
habían huido de la luz de los faros.
—Hemos perdido el rastro —dijo—. Tendremos que buscarlo de nuevo.
Ron no habló ni se movió. Tenía los ojos clavados en un punto que se
hallaba a unos tres metros del suelo, justo detrás de Harry. Estaba pálido de
terror.
Harry ni siquiera tuvo tiempo de volverse. Se oyó un fuerte chasquido, y de
repente sintió que algo largo y peludo lo agarraba por la cintura y lo levantaba
en el aire, de cara al suelo. Mientras forcejeaba, aterrorizado, oyó más chasquidos,
y vio que las piernas de Ron se despegaban del suelo, y oyó a Fang
aullar y gimotear... y sintió que lo arrastraban por entre los negros árboles.
Levantando como pudo la cabeza, Harry vio que la bestia que lo sujetaba
caminaba sobre seis patas inmensamente largas y peludas, y que encima de
las dos delanteras que lo aferraban, tenía unas pinzas también negras. Tras él
podía oír a otro animal similar, que sin duda era el que había cogido a Ron. Se
encaminaban hacia el corazón del bosque. Harry pudo ver a Fang que
forcejeaba intentando liberarse de un tercer monstruo, aullando con fuerza,
pero Harry no habría podido gritar aunque hubiera querido: parecía como si la
voz se le hubiese quedado junto al coche, en el claro.
Nunca supo cuánto tiempo pasó en las garras del animal, sólo que de
repente hubo la suficiente claridad para ver que el suelo, antes cubierto de
hojas, estaba infestado de arañas. Estaban en el borde de una vasta
hondonada en la que los árboles habían sido talados y las estrellas brillaban
iluminando el paisaje más terrorífico que se pueda imaginar.
Arañas. No arañas diminutas como aquellas a las que habían seguido por
el camino de hojarasca, sino arañas del tamaño de caballos, con ocho ojos y
ocho patas negras, peludas y gigantescas. El ejemplar que transportaba a
Harry se abría camino, bajando por la brusca pendiente, hacia una telaraña
nebulosa en forma de cúpula que había en el centro de la hondonada, mientras
sus compañeras se acercaban por todas partes chasqueando sus pinzas,
emocionadas a la vista de su presa.
La araña soltó a Harry, y éste cayó al suelo de cuatro patas. A su lado, con
un ruido sordo, cayeron Ron y Fang. El perro ya no aullaba; se quedó encogido
y en silencio en el mismo punto en que había caído. Ron parecía encontrarse
tan mal como Harry había supuesto. Su boca se había alargado en una especie
de grito mudo y los ojos se le salían de las órbitas.
De pronto Harry se dio cuenta de que la araña que lo había dejado caer
estaba hablando. No era fácil darse cuenta de ello, porque chascaba sus
pinzas a cada palabra que decía.
—¡Aragog! —llamaba—, ¡Aragog!
Y del medio de la gran tela de araña salió, muy despacio, una araña del
tamaño de un elefante pequeño. El negro de su cuerpo y sus piernas estaba
manchado de gris, y los ocho ojos que tenía en su cabeza horrenda y llena de
pinzas eran de un blanco lechoso. Era ciega.
—¿Qué hay? —dijo, chascando muy deprisa sus pinzas.
—Hombres —dijo la araña que había llevado a Harry.
—¿Es Hagrid? —Aragog se acercó, moviendo vagamente sus múltiples
ojos lechosos.
—Desconocidos —respondió la araña que había llevado a Ron.
—Matadlos —ordenó Aragog con fastidio—. Estaba durmiendo...
—Somos amigos de Hagrid —gritó Harry. Sentía como si el corazón se le
hubiera escapado del pecho y estuviera retumbando en su garganta.
—Clic, clic, clic —hicieron las pinzas de todas las arañas en la hondonada.
Aragog se detuvo.
—Hagrid nunca ha enviado hombres a nuestra hondonada —dijo despacio.
—Hagrid está metido en un grave problema —dijo Harry, respirando muy
deprisa—. Por eso hemos venido nosotros.
—¿En un grave problema? —dijo la vieja araña, en un tono que a Harry se
le antojó de preocupación—. Pero ¿por qué os ha enviado?
Harry quiso levantarse, pero decidió no hacerlo; no creía que las piernas lo
pudieran sostener. Así que habló desde el suelo, lo más tranquilamente que
pudo.
—En el colegio piensan que Hagrid se ha metido en... en... algo con los
estudiantes. Se lo han llevado a Azkaban.
Aragog chascó sus pinzas enojado, y el resto de las arañas de la
hondonada hizo lo mismo: era como si aplaudiesen, sólo que los aplausos no
solían aterrorizar a Harry.
—Pero aquello fue hace años —dijo Aragog con fastidio—. Hace un
montón de años. Lo recuerdo bien. Por eso lo echaron del colegio. Creyeron
que yo era el monstruo que vivía en lo que ellos llaman la Cámara de los
Secretos. Creyeron que Hagrid había abierto la cámara y me había liberado.
—Y tú... ¿tú no saliste de la Cámara de los Secretos? —dijo Harry,
notando un sudor frío en la frente.
—¡Yo! —dijo Aragog, chascando de enfado—. Yo no nací en el castillo.
Vine de una tierra lejana. Un viajero me regaló a Hagrid cuando yo estaba en el
huevo. Hagrid sólo era un niño, pero me cuidó, me escondió en un armario del
castillo, me alimentó con sobras de la mesa. Hagrid es un gran amigo mío, y un
gran hombre. Cuando me descubrieron y me culparon de la muerte de una
muchacha, él me protegió. Desde entonces, he vivido siempre en el bosque,
donde Hagrid aún viene a verme. Hasta me encontró una esposa, Mosag, y ya
veis cómo ha crecido mi familia, gracias a la bondad de Hagrid...
Harry reunió todo el valor que le quedaba.
—¿Así que tú nunca... nunca atacaste a nadie?
—Nunca —dijo la vieja araña con voz ronca—. Mi instinto me habría
empujado a ello, pero, por consideración a Hagrid, nunca hice daño a un ser
humano. El cuerpo de la muchacha asesinada fue descubierto en los aseos. Yo
nunca vi nada del castillo salvo el armario en que crecí. A nuestra especie le
gusta la oscuridad y el silencio.
—Pero entonces... ¿sabes qué es lo que mató a la chica? —preguntó
Harry—. Porque, sea lo que sea, ha vuelto a atacar a la gente...
Los chasquidos y el ruido de muchas patas que se movían de enojo
ahogaron sus palabras. Al mismo tiempo, grandes figuras negras parecían
crecer a su alrededor.
—Lo que habita en el castillo —dijo Aragog— es una antigua criatura a la
que las arañas tememos más que a ninguna otra cosa. Recuerdo bien que le
rogué a Hagrid que me dejara marchar cuando me di cuenta de que la bestia
rondaba por el castillo.
—¿Qué es? —dijo Harry enseguida.
Las pinzas chascaron más fuerte. Parecía que las arañas se acercaban.
—¡No hablamos de eso! —dijo con furia Aragog—. ¡No lo nombramos! Ni
siquiera a Hagrid le dije nunca el nombre de esa horrible criatura, aunque me
preguntó varias veces.
Harry no quiso insistir, y menos con las arañas que se acercaban cada vez
más por todos lados. Aragog parecía cansada de hablar. Iba retrocediendo
despacio hacia su tela, pero las demás arañas seguían acercándose, poco a
poco, a Harry y Ron.
—En ese caso, ya nos vamos —dijo Harry desesperadamente a Aragog, al
oír los crujidos muy cerca.
—¿Iros? —dijo Aragog despacio—. Creo que no...
—Pero, pero...
—Mis hijos e hijas no hacen daño a Hagrid, ésa es mi orden. Pero no
puedo negarles un poco de carne fresca cuando se nos pone delante
voluntariamente. Adiós, amigo de Hagrid.
Harry miró a todos lados. A muy poca distancia, mucho más alto que él,
había un frente de arañas, como un muro macizo, chascando sus pinzas y con
sus múltiples ojos brillando en las horribles cabezas negras.
Al coger su varita, Harry sabía que no le iba a servir, que había
demasiadas arañas, pero estaba decidido a hacerles frente, dispuesto a morir
luchando. Pero en aquel instante se oyó un ruido fuerte, y un destello de luz
iluminó la hondonada.
El coche del padre de Ron rugía bajando la hondonada, con los faros
encendidos, tocando la bocina, apartando a las arañas al chocar con ellas.
Algunas caían del revés y se quedaban agitando sus largas patas en el aire. El
coche se detuvo con un chirrido delante de Harry y Ron, y abrió las puertas.
—¡Coge a Fang! —gritó Harry, metiéndose por la puerta delantera.
Ron cogió al perro, que no paraba de aullar, por la barriga y lo metió en los
asientos de atrás. Las puertas se cerraron de un portazo. Ni Ron puso el pie en
el acelerador ni falta que hizo. El motor dio un rugido, y el coche salió
atropellando arañas. Subieron la cuesta a toda velocidad, salieron de la
hondonada y enseguida se internaron en el bosque chocando contra todo lo
que se les ponía por delante, con las ramas golpeando las ventanillas, mientras
el coche se abría camino hábilmente a través de los espacios más amplios,
siguiendo un camino que obviamente conocía.
Harry miró a Ron. En la boca aún conservaba la mueca del grito mudo,
pero sus ojos ya no estaban desorbitados.
—¿Estás bien?
Ron miraba fijamente hacia delante, incapaz de hablar. Se abrieron camino
a través de la maleza, con Fang aullando sonoramente en el asiento de atrás.
Harry vio cómo al rozar un árbol arrancaba de cuajo el retrovisor exterior.
Después de diez minutos de ruido y tambaleo, el bosque se aclaró y Harry vio
de nuevo algunos trozos de cielo.
El coche frenó tan bruscamente que casi salen por el parabrisas. Habían
llegado al final del bosque. Fang se abalanzó contra la ventanilla en su
impaciencia por salir, y cuando Harry le abrió la puerta, corrió por entre los
árboles, con la cola entre las piernas, hasta la cabaña de Hagrid. Harry también
salió y, al cabo de un rato, Ron lo siguió, recuperado ya el movimiento en sus
miembros, pero aún con el cuello rígido y los ojos fijos. Harry dio al coche una
palmada de agradecimiento, y éste volvió a internarse en el bosque y
desapareció de la vista.
Harry entró en la cabaña de Hagrid a recoger la capa invisible. Fang se
había acurrucado en su cesta, temblando debajo de la manta. Cuando Harry
volvió a salir, vio a Ron vomitando en el bancal de las calabazas.
—Seguid a las arañas —dijo Ron sin fuerzas, limpiándose la boca con la
manga—. Nunca perdonaré a Hagrid. Estamos vivos de milagro.
—Apuesto a que no pensaba que Aragog pudiera hacer daño a sus amigos
—dijo Harry.
—¡Ése es exactamente el problema de Hagrid! —dijo Ron, aporreando la
pared de la cabaña—. ¡Siempre se cree que los monstruos no son tan malos
como parecen, y mira adónde lo ha llevado esa creencia: a una celda en
Azkaban!
—No podía dejar de temblar—. ¿Qué pretendía enviándonos allá? Me
gustaría saber qué es lo que hemos averiguado.
—Que Hagrid no abrió nunca la Cámara de los Secretos —contestó Harry,
echando la capa sobre Ron y empujándole por el brazo para hacerle andar—.
Es inocente.
Ron dio un fuerte resoplido. Evidentemente, criar a Aragog en un armario
no era su idea de la inocencia.
Al aproximarse al castillo, Harry enderezó la capa para asegurarse de que
no se les veían los pies, luego empujó despacio la puerta principal, para que no
chirriara, sólo hasta dejarla entreabierta. Cruzaron con cuidado el vestíbulo y
subieron la escalera de mármol, conteniendo la respiración al encontrarse con
los centinelas que vigilaban los corredores. Por fin llegaron a la sala común de
Gryffindor, donde el fuego se había convertido en cenizas y unas pocas brasas.
Al hallarse en lugar seguro, se desprendieron de la capa y ascendieron por la
escalera circular hasta el dormitorio.
Ron cayó en la cama sin preocuparse de desvestirse. Harry, por el
contrario, no tenía mucho sueño. Se sentó en el borde de la cama, pensando
en todo lo que había dicho Aragog.
La criatura que merodeaba por algún lugar del castillo, pensó, se parecía a
Voldemort, incluso en el hecho de que otros monstruos no quisieran mencionar
su nombre. Pero Ron y él no se encontraban más cerca de averiguar qué era
aquello ni cómo había petrificado a sus víctimas. Ni siquiera Hagrid había
sabido nunca qué se escondía en la cámara de los Secretos.
Harry subió las piernas a la cama y se reclinó contra las almohadas,
contemplando la luna que destellaba para él a través de la ventana de la torre.
No comprendía qué otra cosa podía hacer. Nada de lo que habían
intentado hasta el momento les había llevado a ninguna parte. Ryddle había
atrapado al que no era, el heredero de Slytherin había escapado y nadie sabía
si sería o no la misma persona que había vuelto a abrir la cámara. No quedaba
nadie a quien preguntar. Harry se tumbó, sin dejar de pensar en lo que había
dicho Aragog.
Estaba adormeciéndose cuando se le ocurrió algo que podía ser su última
esperanza, y se incorporó de repente.
—Ron —susurró en la oscuridad—, ¡Ron!
Ron despertó con un aullido como los de Fang, abrió unos ojos
desorbitados y miró a Harry.
—Ron: la chica que murió. Aragog dijo que fue hallada en unos aseos —
dijo Harry, sin hacer caso de los ronquidos de Neville que venían del rincón—.
¿Y si no hubiera abandonado nunca los aseos? ¿Y si todavía estuviera allí?
Bajo la luz de la luna, Ron se frotó los ojos y arrugó la frente. Y entonces
comprendió.
—¿No pensarás... en Myrtle la Llorona?
martes, 29 de agosto de 2017
Capitulo 14. Cornelius Fudge
Harry, Ron y Hermione siempre habían sabido que Hagrid sentía una
desgraciada afición por las criaturas grandes y monstruosas. Durante el curso
anterior en Hogwarts había intentado criar un dragón en su pequeña cabaña de
madera, y pasaría mucho tiempo antes de que pudieran olvidar al perro gigante
de tres cabezas al que había puesto por nombre Fluffy. Harry estaba seguro de
que si, de niño, Hagrid se enteró de que había un monstruo oculto en algún
lugar del castillo, hizo lo imposible por echarle un vistazo. Seguro que le
parecía inhumano haber tenido encerrado al monstruo tanto tiempo y debía de
pensar que el pobre tenía derecho a estirar un poco sus numerosas piernas.
Podía imaginarse perfectamente a Hagrid, con trece años, intentando ponerle
un collar y una correa. Pero también estaba seguro de que él nunca había
tenido intención de matar a nadie.
Harry casi habría preferido no haber averiguado el funcionamiento del
diario de Ryddle. Ron y Hermione le pedían constantemente que les contase
una y otra vez todo lo que había visto, hasta que se cansaba de tanto hablar y
de las largas conversaciones que seguían a su relato y que no conducían a
ninguna parte.
—A lo mejor Ryddle se equivocó de culpable —decía Hermione—. A lo
mejor el que atacaba a la gente era otro monstruo...
—¿Cuántos monstruos crees que puede albergar este castillo? —le
preguntó Ron, aburrido.
—Ya sabíamos que a Hagrid lo habían expulsado —dijo Harry, apenado—.
Y supongo que entonces los ataques cesaron. Si no hubiera sido así, a Ryddle
no le habrían dado ningún premio.
Ron intentó verlo de otro modo.
—Ryddle me recuerda a Percy. Pero ¿por qué tuvo que delatar a Hagrid?
—El monstruo había matado a una persona, Ron —contestó Hermione.
—Y Ryddle habría tenido que volver al orfanato muggle si hubieran cerrado
Hogwarts —dijo Harry—. No lo culpo por querer quedarse aquí.
Ron se mordió un labio y luego vaciló al decir:
—Tú te encontraste a Hagrid en el callejón Knockturn, ¿verdad, Harry?
—Dijo que había ido a comprar un repelente contra las babosas carnívoras
—dijo Harry con presteza.
Se quedaron en silencio. Tras una pausa prolongada, Hermione tuvo una
idea elemental.
—¿Por qué no vamos y le preguntamos a Hagrid?
—Sería una visita muy cortés —dijo Ron—. Hola, Hagrid, dinos, ¿has
estado últimamente dejando en libertad por el castillo a una cosa furiosa y
peluda?
Al final, decidieron no decir nada a Hagrid si no había otro ataque, y como
los días se sucedieron sin siquiera un susurro de la voz que no salía de ningún
sitio, albergaban la esperanza de no tener que hablar con él sobre el motivo de
su expulsión. Ya habían pasado casi cuatro meses desde que petrificaron a
Justin y a Nick Casi Decapitado, y parecía que todo el mundo creía que el
agresor, quienquiera que fuese, se había retirado, afortunadamente. Peeves se
había cansado por fin de su canción ¡Oh, Potter, eres un zote!; Ernie
Macmillan, un día, en la clase de Herbología, le pidió cortésmente a Harry que
le pasara un cubo de hongos saltarines, y en marzo algunas mandrágoras
montaron una escandalosa fiesta en el Invernadero 3. Esto puso muy contenta
a la profesora Sprout.
—En cuanto empiecen a querer cambiarse unas a las macetas de otras,
sabremos que han alcanzado la madurez —dijo a Harry—. Entonces podremos
revivir a esos pobrecillos de la enfermería.
Durante las vacaciones de Semana Santa, los de segundo tuvieron algo nuevo
en que pensar. Había llegado el momento de elegir optativas para el curso
siguiente, decisión que al menos Hermione se tomó muy en serio.
—Podría afectar a todo nuestro futuro —dijo a Harry y Ron, mientras
repasaban minuciosamente la lista de las nuevas materias, señalándolas.
—Lo único que quiero es no tener Pociones —dijo Harry.
—Imposible —dijo Ron con tristeza—. Seguiremos con todas las materias
que tenemos ahora. Si no, yo me libraría de Defensa Contra las Artes Oscuras.
—¡Pero si ésa es muy importante! —dijo Hermione, sorprendida.
—No tal como la imparte Lockhart —repuso Ron—. Lo único que me ha
enseñado es que no hay que dejar sueltos a los duendecillos.
Neville Longbottom había recibido carta de todos los magos y brujas de su
familia, y cada uno le aconsejaba materias distintas. Confundido y preocupado,
se sentó a leer la lista de las materias y les preguntaba a todos si pensaban
que Aritmancia era más difícil que Adivinación Antigua. Dean Thomas, que,
como Harry, se había criado con muggles, terminó cerrando los ojos y
apuntando a la lista con la varita mágica, y escogió las materias que había
tocado al azar. Hermione no siguió el consejo de nadie y las escogió todas.
Harry sonrió tristemente al imaginar lo que habrían dicho tío Vernon y tía
Petunia si les consultara sobre su futuro de mago. Pero alguien lo ayudó: Percy
Weasley se desvivía por hacerle partícipe de su experiencia.
—Depende de adónde quieras llegar, Harry —le dijo—. Nunca es
demasiado pronto para pensar en el futuro, así que yo te recomendaría
Adivinación. La gente dice que los estudios muggles son la salida más fácil,
pero personalmente creo que los magos deberíamos tener completos conocimientos
de la comunidad no mágica, especialmente si queremos trabajar en
estrecho contacto con ellos. Mira a mi padre, tiene que tratar todo el tiempo con
muggles. A mi hermano Charlie siempre le gustó el trabajo al aire libre, así que
escogió Cuidado de Criaturas Mágicas. Escoge aquello para lo que valgas,
Harry.
Pero lo único que a Harry le parecía que se le daba realmente bien era el
quidditch. Terminó eligiendo las mismas optativas que Ron, pensando que si
era muy malo en ellas, al menos contaría con alguien que podría ayudarle.
A Gryffindor le tocaba jugar el siguiente partido de quidditch contra Hufflepuff.
Wood los machacaba con entrenamientos en equipo cada noche después de
cenar, de forma que Harry no tenía tiempo para nada más que para el quidditch
y para hacer los deberes. Sin embargo, los entrenamientos iban mejor, y la
noche anterior al partido del sábado se fue a la cama pensando que Gryffindor
nunca había tenido más posibilidades de ganar la copa.
Pero su alegría no duró mucho. Al final de las escaleras que conducían al
dormitorio se encontró con Neville Longbottom, que lo miraba desesperado.
—Harry, no sé quién lo hizo. Yo me lo encontré...
Mirando a Harry aterrorizado, Neville abrió la puerta. El contenido del baúl
de Harry estaba esparcido por todas partes. Su capa estaba en el suelo,
rasgada. Le habían levantado las sábanas y las mantas de la cama, y habían
sacado el cajón de la mesita y el contenido estaba desparramado sobre el
colchón.
Harry fue hacia la cama, pisando algunas páginas sueltas de Recorridos
con los trols. No podía creer lo que había sucedido.
En el momento en que Neville y él hacían la cama, entraron Ron, Dean y
Seamus. Dean gritó:
—¿Qué ha sucedido, Harry?
—No tengo ni idea —contestó. Ron examinaba la túnica de Harry. Habían
dado la vuelta a todos los bolsillos.
—Alguien ha estado buscando algo —dijo Ron—. ¿Qué te falta?
Harry empezó a coger sus cosas y a dejarlas en el baúl. Hasta que hubo
separado el último libro de Lockhart, no se dio cuenta de qué era lo que faltaba.
—Se han llevado el diario de Ryddle —dijo a Ron en voz baja.
—¿Qué?
Harry señaló con la cabeza hacia la puerta del dormitorio, y Ron lo siguió.
Bajaron corriendo hasta la sala común de Gryffindor, que estaba medio vacía, y
encontraron a Hermione, sentada, sola, leyendo un libro titulado La adivinación
antigua al alcance de todos.
A Hermione la noticia la dejó aterrorizada.
—Pero... sólo puede haber sido alguien de Gryffindor. Nadie más conoce la
contraseña.
—En efecto —confirmó Harry.
Despertaron al día siguiente con un sol intenso y una brisa ligera y refrescante.
—¡Perfectas condiciones para jugar al quidditch! —dijo Wood emocionado
a los de la mesa de Gryffindor, llevando los platos con los huevos revueltos—.
¡Harry, levanta el ánimo, necesitas un buen desayuno!
Harry había estado observando la mesa abarrotada de Gryffindor,
preguntándose si tendría delante de las narices al nuevo poseedor del diario de
Ryddle. Hermione lo intentaba convencer de que notificara el robo, pero a
Harry no le gustaba la idea. Tendría que contar todo lo referente al diario a
algún profesor, ¿y cuánta gente sabía por qué habían expulsado a Hagrid
hacía cincuenta años? No quería ser él quien lo sacara de nuevo a la luz.
Al abandonar el Gran Comedor con Ron y Hermione para ir a recoger su
equipo de quidditch, otro motivo de preocupación se añadió a la creciente lista
de Harry. Acababa de poner los pies en la escalera de mármol cuando oyó de
nuevo aquella voz:
—Matar esta vez... Déjame desgarrar... Despedazar...
Harry dio un grito, y Ron y Hermione se separaron de él asustados.
—¡La voz! —dijo Harry, mirando a un lado—. Acabo de oírla de nuevo,
¿vosotros no?
Ron, con los ojos muy abiertos, negó con la cabeza. Hermione, sin
embargo, se llevó una mano a la frente.
—¡Harry, creo que acabo de comprender algo! ¡Tengo que ir a la
biblioteca!
Y se fue corriendo por las escaleras.
—¿Qué habrá comprendido? —dijo Harry distraídamente, mirando
alrededor, intentando averiguar de dónde podía provenir la voz.
—Muchas más cosas que yo —respondió Ron, negando con la cabeza.
—Pero ¿por qué habrá tenido que irse a la biblioteca?
—Porque eso es lo que Hermione hace siempre —contestó Ron,
encogiéndose de hombros—. Cuando le entra alguna duda, ¡a la biblioteca!
Harry se quedó indeciso, intentando volver a captar la voz, pero los
alumnos empezaron a salir del Gran Comedor hablando alto, hacia la puerta
principal. Iban al campo de quidditch.
—Será mejor que te muevas —dijo Ron—. Son casi las once..., el partido.
Harry subió a la carrera la torre de Gryffindor, cogió su Nimbus 2.000 y se
mezcló con la gente que se dirigía hacia el campo de juego. Pero su mente se
había quedado en el castillo, donde sonaba la voz que no salía de ningún sitio,
y mientras se ponía su túnica de juego en los vestuarios, su único consuelo era
saber que todos estaban allí para ver el partido.
Los equipos saltaron al campo de juego en medio del clamor del público.
Oliver Wood despegó para hacer un vuelo de calentamiento alrededor de los
postes, y la señora Hooch sacó las bolas. Los de Hufflepuff, que jugaban de color
amarillo canario, se habían reunido para repasar la táctica en el último
minuto.
Harry acababa de montarse en la escoba cuando la profesora McGonagall
llegó corriendo al campo, llevando consigo un megáfono de color púrpura.
—El partido acaba de ser suspendido —gritó por el megáfono la profesora,
dirigiéndose al estadio abarrotado. Hubo gritos y silbidos. Oliver Wood, con
aspecto desolado, aterrizó y fue corriendo a donde estaba la profesora
McGonagall sin desmontar de la escoba.
—¡Pero profesora! —gritó—. Tenemos que jugar... la Copa... Gryffindor...
La profesora McGonagall no le hizo caso y continuó gritando por el
megáfono:
—Todos los estudiantes tienen que volver a sus respectivas salas
comunes, donde les informarán los jefes de sus casas. ¡Id lo más deprisa que
podáis, por favor!
Luego bajó el megáfono e hizo una seña a Harry para que se acercara.
—Potter, creo que será mejor que vengas conmigo.
Preguntándose por qué sospecharía de él en aquella ocasión, Harry vio
que Ron se separaba de la multitud descontenta y se unía a ellos corriendo
para volver al castillo. Para sorpresa de Harry, la profesora McGonagall no se
opuso.
—Sí, quizá sea mejor que tú también vengas, Weasley. Algunos de los
estudiantes que había a su alrededor rezongaban por la suspensión del partido
y otros parecían preocupados. Harry y Ron siguieron a la profesora McGona
gall y, al llegar al castillo, subieron con ella la escalera de mármol. Pero esta
vez no se dirigían a ningún despacho.
—Esto os resultará un poco sorprendente —dijo la profesora McGonagall
con voz amable cuando se acercaban a la enfermería—. Ha habido otro
ataque... Un ataque doble.
A Harry le dio un brinco el corazón. La profesora McGonagall abrió la
puerta y entraron en la enfermería.
La señora Pomfrey atendía a una muchacha de quinto curso con el pelo
largo y rizado. Harry reconoció en ella a la chica de Ravenclaw a la que por
error habían preguntado cómo se iba a la sala común de Slytherin. Y en la
cama de al lado estaba...
—¡Hermione! —gimió Ron.
Hermione yacía completamente inmóvil, con los ojos abiertos y vidriosos.
—Las encontraron junto a la biblioteca —dijo la profesora McGonagall—.
Supongo que no podéis explicarlo. Esto estaba en el suelo, junto a ellas...
Levantó un pequeño espejo redondo.
Harry y Ron negaron con la cabeza, mirando a Hermione.
—Os acompañaré a la torre de Gryffindor —dijo con seriedad la profesora
McGonagall—. De cualquier manera, tengo que hablar a los estudiantes.
—Todos los alumnos estarán de vuelta en sus respectivas salas comunes a las
seis en punto de la tarde. Ningún alumno podrá dejar los dormitorios después
de esa hora. Un profesor os acompañará siempre al aula. Ningún alumno podrá
entrar en los servicios sin ir acompañado por un profesor. Se posponen todos
los partidos y entrenamientos de quidditch. No habrá más actividades
extraescolares.
Los alumnos de Gryffindor, que abarrotaban la sala común, escuchaban en
silencio a la profesora McGonagall, quien al final enrolló el pergamino que
había estado leyendo y dijo con la voz entrecortada por la impresión:
—No necesito añadir que rara vez me he sentido tan consternada. Es
probable que se cierre el colegio si no se captura al agresor. Si alguno de
vosotros sabe de alguien que pueda tener una pista, le ruego que lo diga.
La profesora salió por el agujero del retrato con cierta torpeza, e
inmediatamente los alumnos de Gryffindor rompieron el silencio.
—Han caído dos de Gryffindor, sin contar al fantasma, que también es de
Gryffindor, uno de Ravenclaw y otro de Hufflepuff —dijo Lee Jordan, el amigo
de los gemelos Weasley, contando con los dedos—. ¿No se ha dado cuenta
ningún profesor de que los de Slytherin parecen estar a salvo? ¿No es evidente
que todo esto proviene de Slytherin? El heredero de Slytherin, el monstruo de
Slytherin... ¿Por qué no expulsan a todos los de Slytherin? —preguntó con
fiereza. Hubo alumnos que asintieron y se oyeron algunos aplausos aislados.
Percy Weasley estaba sentado en una silla, detrás de Lee, pero por una
vez no parecía interesado en exponer sus puntos de vista. Estaba pálido y
parecía ausente.
—Percy está asustado —dijo George a Harry en voz baja—. Esa chica de
Ravenclaw.., Penélope Clearwater..., es prefecta. Supongo que Percy creía
que el monstruo no se atrevería a atacar a un prefecto.
Pero Harry sólo escuchaba a medias. No parecía poder olvidar la imagen
de Hermione, inmóvil sobre la cama de la enfermería, como esculpida en
piedra. Y si no pillaban pronto al culpable, él tendría que pasar el resto de su
vida con los Dursley. Tom Ryddle había delatado a Hagrid ante la perspectiva
del orfanato muggle si se cerraba el colegio. Harry entendía perfectamente
cómo se había sentido.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Ron a Harry al oído—. ¿Crees que
sospechan de Hagrid?
—Tenemos que ir a hablar con él —dijo Harry, decidido—. No creo que
esta vez sea él, pero si fue el que lo liberó la última vez, también sabrá llegar
hasta la Cámara de los Secretos, y algo es algo.
—Pero McGonagall nos ha dicho que tenemos que permanecer en
nuestras torres cuando no estemos en clase...
—Creo —dijo Harry, en voz todavía más baja— que ha llegado ya el
momento de volver a sacar la vieja capa de mi padre.
Harry sólo había heredado una cosa de su padre: una capa larga y plateada
para hacerse invisible. Era su única posibilidad para salir a hurtadillas del
colegio y visitar a Hagrid sin que nadie se enterara. Fueron a la cama a la hora
habitual, esperaron a que Neville, Dean y Seamus hubieran dejado de hablar
sobre la Cámara de los Secretos y se durmieran, y entonces se levantaron,
volvieron a vestirse y se cubrieron con la capa.
El recorrido por los corredores oscuros del castillo no fue en absoluto
agradable. Harry, que ya en ocasiones anteriores había caminado por allí de
noche, no lo había visto nunca, después de la puesta del sol, tan lleno de
gente: profesores, prefectos y fantasmas circulaban por los corredores en
parejas, buscando cualquier detalle sospechoso. Como, a pesar de llevar la
capa invisible, hacían el mismo ruido de siempre, hubo un instante
especialmente tenso cuando Ron se dio un golpe en un dedo del pie, y estaban
muy cerca del lugar en que Snape montaba guardia. Afortunadamente, Snape
estornudó en el momento preciso en que Ron gritó. Cuando finalmente
alcanzaron la puerta principal de roble y la abrieron con cuidado, suspiraron
aliviados.
Era una noche clara y estrellada. Avanzaron con rapidez guiándose por la
luz de las ventanas de la cabaña de Hagrid, y no se desprendieron de la capa
hasta que hubieron llegado ante la puerta.
Unos segundos después de llamar, Hagrid les abrió. Les apuntaba con una
ballesta, y Fang, el perro jabalinero, ladraba furiosamente detrás de él.
—¡Ah! —dijo, bajando el arma y mirándolos—. ¿Qué hacéis aquí los dos?
—¿Para qué es eso? —preguntó Harry, señalando la ballesta al entrar.
—Nada, nada... —susurró Hagrid—. Estaba esperando... No importa...
Sentaos, prepararé té.
Parecía que apenas sabía lo que hacía. Casi apagó el fuego al derramar
agua de la tetera metálica, y luego rompió la de cerámica de puros nervios al
golpearla con la mano.
—¿Estás bien, Hagrid? —dijo Harry—. ¿Has oído lo de Hermione?
—¡Ah, sí, claro que lo he oído! —dijo Hagrid con la voz entrecortada.
Miró por la ventana, nervioso. Les sirvió sendas jarritas llenas sólo de agua
hirviendo (se le había olvidado poner las bolsitas de té). Cuando les estaba
poniendo en un plato un trozo de pastel de frutas, aporrearon la puerta.
Se le cayó el pastel. Harry y Ron intercambiaron miradas de pánico, se
echaron encima la capa para hacerse invisibles y se retiraron a un rincón
oculto. Tras asegurarse de que no se les veía, Hagrid cogió la ballesta y fue
otra vez a abrir la puerta.
—Buenas noches, Hagrid.
Era Dumbledore. Entró, muy serio, seguido por otro individuo de aspecto
muy raro.
El desconocido era un hombre bajo y corpulento, con el pelo gris
alborotado y expresión nerviosa. Llevaba una extraña combinación de ropas:
traje de raya diplomática, corbata roja, capa negra larga y botas púrpura
acabadas en punta. Sujetaba bajo el brazo un sombrero hongo verde lima.
—¡Es el jefe de mi padre! —musitó Ron—. ¡Cornelius Fudge, el ministro de
Magia!
Harry dio un codazo a Ron para que se callara.
Hagrid estaba pálido y sudoroso. Se dejó caer abatido en una de las sillas
y miró a Dumbledore y luego a Cornelius Fudge.
—¡Feo asunto, Hagrid! —dijo Fudge, telegráficamente—. Muy feo. He
tenido que venir. Cuatro ataques contra hijos de muggles. El Ministerio tiene
que intervenir.
—Yo nunca... —dijo Hagrid, mirando implorante a Dumbledore—. Usted
sabe que yo nunca, profesor Dumbledore, señor...
—Quiero que quede claro, Cornelius, que Hagrid cuenta con mi plena
confianza —dijo Dumbledore, mirando a Fudge con el entrecejo fruncido.
—Mira, Albus —dijo Fudge, incómodo—. Hagrid tiene antecedentes. El
Ministerio tiene que hacer algo... El consejo escolar se ha puesto en contacto...
—Aun así, Cornelius, insisto en que echar a Hagrid no va a solucionar
nada —dijo Dumbledore. Los ojos azules le brillaban de una manera que Harry
no había visto nunca.
—Míralo desde mi punto de vista —dijo Fudge, cogiendo el sombrero y
haciéndolo girar entre las manos—. Me están presionando. Tengo que
acreditar que hacemos algo. Si se demuestra que no fue Hagrid, regresará y no
habrá más que decir. Pero tengo que llevármelo. Tengo que hacerlo. Si no, no
estaría cumpliendo con mi deber...
—¿Llevarme? —dijo Hagrid, temblando—. ¿Llevarme adónde?
—Sólo por poco tiempo —dijo Fudge, evitando los ojos de Hagrid—. No se
trata de un castigo, Hagrid, sino más bien de una precaución. Si atrapamos al
culpable, a usted se le dejará salir con una disculpa en toda regla.
—¿No será a Azkaban? —preguntó Hagrid con voz ronca.
Antes de que Fudge pudiera responder, llamaron con fuerza a la puerta.
Abrió Dumbledore. Ahora fue Harry quien recibió un codazo en las
costillas, porque había dejado escapar un grito ahogado bien audible.
El señor Lucius Malfoy entró en la cabaña de Hagrid con paso decidido,
envuelto en una capa de viaje negra y con una gélida sonrisa de satisfacción.
Fang se puso a aullar.
—¡Ah, ya está aquí, Fudge! —dijo complacido al entrar—. Bien, bien...
—¿Qué hace usted aquí? —le dijo Hagrid furioso—. ¡Salga de mi casa!
—Créame, buen hombre, que no me produce ningún placer entrar en
esta... ¿la ha llamado casa? —repuso Lucius Malfoy contemplando la cabaña
con desprecio—. Simplemente, he ido al colegio y me han dicho que el director
estaba aquí.
—¿Y qué es lo que quiere de mí, exactamente, Lucius? —dijo Dumbledore.
Hablaba cortésmente, pero aún tenía los ojos azules llenos de furia.
—Es lamentable, Dumbledore —dijo perezosamente el señor Malfoy,
sacando un rollo de pergamino—, pero el consejo escolar ha pensado que es
hora de que usted abandone. Aquí traigo una orden de cese, y aquí están las
doce firmas. Me temo que este asunto se le ha escapado de las manos.
¿Cuántos ataques ha habido ya? Otros dos esta tarde, ¿no es cierto? A este
ritmo, no quedarán en Hogwarts alumnos de familia muggle, y todos sabemos
el gran perjuicio que ello supondría para el colegio.
—¿Qué? ¡Vaya, Lucius! —dijo Fudge, alarmado—, Dumbledore cesado...
No, no..., lo último que querría, precisamente ahora...
—El nombramiento y el cese del director son competencia del consejo
escolar, Fudge —dijo con suavidad el señor Malfoy—. Y como Dumbledore no
ha logrado detener las agresiones...
—Pero, Lucius, si Dumbledore no ha logrado detenerlas —dijo Fudge, que
tenía el labio superior empapado en sudor—, ¿quién va a poder?
—Ya se verá —respondió el señor Malfoy con una desagradable sonrisa—.
Pero como los doce hemos votado...
Hagrid se levantó de un salto, y su enredada cabellera negra rozó el techo.
—¿Y a cuántos ha tenido que amenazar y chantajear para que accedieran,
eh, Malfoy? —preguntó.
—Muchacho, muchacho, por Dios, este temperamento suyo le dará un
disgusto un día de éstos —dijo Malfoy—. Me permito aconsejarle que no grite
de esta manera a los carceleros de Azkaban. No creo que se lo tomen a bien.
—¡Puede quitar a Dumbledore! —chilló Hagrid, y Fang, el perro jabalinero,
se encogió y gimoteó en su cesta—. ¡Lléveselo, y los alumnos de familia
muggle no tendrán ni una oportunidad! ¡Y habrá más asesinatos!
—Cálmate, Hagrid —le dijo bruscamente Dumbledore. Luego se dirigió a
Lucius Malfoy—. Si el consejo escolar quiere mi renuncia, Lucius, me iré.
—Pero... —tartamudeó Fudge.
—¡No! —gimió Hagrid.
Dumbledore no había apartado sus vivos ojos azules de los ojos fríos y
grises de Malfoy.
—Sin embargo —dijo Dumbledore, hablando muy claro y despacio, para
que todos entendieran cada una de sus palabras—, sólo abandonaré de verdad
el colegio cuando no me quede nadie fiel. Y Hogwarts siempre ayudará al que
lo pida.
Durante un instante, Harry estuvo convencido de que Dumbledore les
había guiñado un ojo, mirando hacia el rincón donde Ron y él estaban ocultos.
—Admirables sentimientos —dijo Malfoy, haciendo una inclinación—.
Todos echaremos de menos su personalísima forma de dirigir el centro, Albus,
y sólo espero que su sucesor consiga evitar los... asesinatos.
Se dirigió con paso decidido a la puerta de la cabaña, la abrió, saludó a
Dumbledore con una inclinación y le indicó que saliera. Fudge esperaba, sin
dejar de manosear su sombrero, a que Hagrid pasara delante, pero Hagrid no
se movió, sino que respiró hondo y dijo pausadamente:
—Si alguien quisiera desentrañar este embrollo, lo único que tendría que
hacer es seguir a las arañas. Ellas lo conducirían. Eso es todo lo que tengo que
decir. —Fudge lo miró extrañado—. De acuerdo, ya voy —añadió, poniéndose
el abrigo de piel de topo. Cuando estaba a punto de seguir a Fudge por la
puerta, se detuvo y dijo en voz alta—: Y alguien tendrá que darle de comer a
Fang mientras estoy fuera.
La puerta se cerró de un golpe y Ron se quitó la capa invisible.
—En menudo embrollo estamos metidos —dijo con voz ronca—. Sin
Dumbledore. Podrían cerrar el colegio esta misma noche. Sin él, habrá un
ataque cada día.
Fang se puso a aullar, arañando la puerta.
desgraciada afición por las criaturas grandes y monstruosas. Durante el curso
anterior en Hogwarts había intentado criar un dragón en su pequeña cabaña de
madera, y pasaría mucho tiempo antes de que pudieran olvidar al perro gigante
de tres cabezas al que había puesto por nombre Fluffy. Harry estaba seguro de
que si, de niño, Hagrid se enteró de que había un monstruo oculto en algún
lugar del castillo, hizo lo imposible por echarle un vistazo. Seguro que le
parecía inhumano haber tenido encerrado al monstruo tanto tiempo y debía de
pensar que el pobre tenía derecho a estirar un poco sus numerosas piernas.
Podía imaginarse perfectamente a Hagrid, con trece años, intentando ponerle
un collar y una correa. Pero también estaba seguro de que él nunca había
tenido intención de matar a nadie.
Harry casi habría preferido no haber averiguado el funcionamiento del
diario de Ryddle. Ron y Hermione le pedían constantemente que les contase
una y otra vez todo lo que había visto, hasta que se cansaba de tanto hablar y
de las largas conversaciones que seguían a su relato y que no conducían a
ninguna parte.
—A lo mejor Ryddle se equivocó de culpable —decía Hermione—. A lo
mejor el que atacaba a la gente era otro monstruo...
—¿Cuántos monstruos crees que puede albergar este castillo? —le
preguntó Ron, aburrido.
—Ya sabíamos que a Hagrid lo habían expulsado —dijo Harry, apenado—.
Y supongo que entonces los ataques cesaron. Si no hubiera sido así, a Ryddle
no le habrían dado ningún premio.
Ron intentó verlo de otro modo.
—Ryddle me recuerda a Percy. Pero ¿por qué tuvo que delatar a Hagrid?
—El monstruo había matado a una persona, Ron —contestó Hermione.
—Y Ryddle habría tenido que volver al orfanato muggle si hubieran cerrado
Hogwarts —dijo Harry—. No lo culpo por querer quedarse aquí.
Ron se mordió un labio y luego vaciló al decir:
—Tú te encontraste a Hagrid en el callejón Knockturn, ¿verdad, Harry?
—Dijo que había ido a comprar un repelente contra las babosas carnívoras
—dijo Harry con presteza.
Se quedaron en silencio. Tras una pausa prolongada, Hermione tuvo una
idea elemental.
—¿Por qué no vamos y le preguntamos a Hagrid?
—Sería una visita muy cortés —dijo Ron—. Hola, Hagrid, dinos, ¿has
estado últimamente dejando en libertad por el castillo a una cosa furiosa y
peluda?
Al final, decidieron no decir nada a Hagrid si no había otro ataque, y como
los días se sucedieron sin siquiera un susurro de la voz que no salía de ningún
sitio, albergaban la esperanza de no tener que hablar con él sobre el motivo de
su expulsión. Ya habían pasado casi cuatro meses desde que petrificaron a
Justin y a Nick Casi Decapitado, y parecía que todo el mundo creía que el
agresor, quienquiera que fuese, se había retirado, afortunadamente. Peeves se
había cansado por fin de su canción ¡Oh, Potter, eres un zote!; Ernie
Macmillan, un día, en la clase de Herbología, le pidió cortésmente a Harry que
le pasara un cubo de hongos saltarines, y en marzo algunas mandrágoras
montaron una escandalosa fiesta en el Invernadero 3. Esto puso muy contenta
a la profesora Sprout.
—En cuanto empiecen a querer cambiarse unas a las macetas de otras,
sabremos que han alcanzado la madurez —dijo a Harry—. Entonces podremos
revivir a esos pobrecillos de la enfermería.
Durante las vacaciones de Semana Santa, los de segundo tuvieron algo nuevo
en que pensar. Había llegado el momento de elegir optativas para el curso
siguiente, decisión que al menos Hermione se tomó muy en serio.
—Podría afectar a todo nuestro futuro —dijo a Harry y Ron, mientras
repasaban minuciosamente la lista de las nuevas materias, señalándolas.
—Lo único que quiero es no tener Pociones —dijo Harry.
—Imposible —dijo Ron con tristeza—. Seguiremos con todas las materias
que tenemos ahora. Si no, yo me libraría de Defensa Contra las Artes Oscuras.
—¡Pero si ésa es muy importante! —dijo Hermione, sorprendida.
—No tal como la imparte Lockhart —repuso Ron—. Lo único que me ha
enseñado es que no hay que dejar sueltos a los duendecillos.
Neville Longbottom había recibido carta de todos los magos y brujas de su
familia, y cada uno le aconsejaba materias distintas. Confundido y preocupado,
se sentó a leer la lista de las materias y les preguntaba a todos si pensaban
que Aritmancia era más difícil que Adivinación Antigua. Dean Thomas, que,
como Harry, se había criado con muggles, terminó cerrando los ojos y
apuntando a la lista con la varita mágica, y escogió las materias que había
tocado al azar. Hermione no siguió el consejo de nadie y las escogió todas.
Harry sonrió tristemente al imaginar lo que habrían dicho tío Vernon y tía
Petunia si les consultara sobre su futuro de mago. Pero alguien lo ayudó: Percy
Weasley se desvivía por hacerle partícipe de su experiencia.
—Depende de adónde quieras llegar, Harry —le dijo—. Nunca es
demasiado pronto para pensar en el futuro, así que yo te recomendaría
Adivinación. La gente dice que los estudios muggles son la salida más fácil,
pero personalmente creo que los magos deberíamos tener completos conocimientos
de la comunidad no mágica, especialmente si queremos trabajar en
estrecho contacto con ellos. Mira a mi padre, tiene que tratar todo el tiempo con
muggles. A mi hermano Charlie siempre le gustó el trabajo al aire libre, así que
escogió Cuidado de Criaturas Mágicas. Escoge aquello para lo que valgas,
Harry.
Pero lo único que a Harry le parecía que se le daba realmente bien era el
quidditch. Terminó eligiendo las mismas optativas que Ron, pensando que si
era muy malo en ellas, al menos contaría con alguien que podría ayudarle.
A Gryffindor le tocaba jugar el siguiente partido de quidditch contra Hufflepuff.
Wood los machacaba con entrenamientos en equipo cada noche después de
cenar, de forma que Harry no tenía tiempo para nada más que para el quidditch
y para hacer los deberes. Sin embargo, los entrenamientos iban mejor, y la
noche anterior al partido del sábado se fue a la cama pensando que Gryffindor
nunca había tenido más posibilidades de ganar la copa.
Pero su alegría no duró mucho. Al final de las escaleras que conducían al
dormitorio se encontró con Neville Longbottom, que lo miraba desesperado.
—Harry, no sé quién lo hizo. Yo me lo encontré...
Mirando a Harry aterrorizado, Neville abrió la puerta. El contenido del baúl
de Harry estaba esparcido por todas partes. Su capa estaba en el suelo,
rasgada. Le habían levantado las sábanas y las mantas de la cama, y habían
sacado el cajón de la mesita y el contenido estaba desparramado sobre el
colchón.
Harry fue hacia la cama, pisando algunas páginas sueltas de Recorridos
con los trols. No podía creer lo que había sucedido.
En el momento en que Neville y él hacían la cama, entraron Ron, Dean y
Seamus. Dean gritó:
—¿Qué ha sucedido, Harry?
—No tengo ni idea —contestó. Ron examinaba la túnica de Harry. Habían
dado la vuelta a todos los bolsillos.
—Alguien ha estado buscando algo —dijo Ron—. ¿Qué te falta?
Harry empezó a coger sus cosas y a dejarlas en el baúl. Hasta que hubo
separado el último libro de Lockhart, no se dio cuenta de qué era lo que faltaba.
—Se han llevado el diario de Ryddle —dijo a Ron en voz baja.
—¿Qué?
Harry señaló con la cabeza hacia la puerta del dormitorio, y Ron lo siguió.
Bajaron corriendo hasta la sala común de Gryffindor, que estaba medio vacía, y
encontraron a Hermione, sentada, sola, leyendo un libro titulado La adivinación
antigua al alcance de todos.
A Hermione la noticia la dejó aterrorizada.
—Pero... sólo puede haber sido alguien de Gryffindor. Nadie más conoce la
contraseña.
—En efecto —confirmó Harry.
Despertaron al día siguiente con un sol intenso y una brisa ligera y refrescante.
—¡Perfectas condiciones para jugar al quidditch! —dijo Wood emocionado
a los de la mesa de Gryffindor, llevando los platos con los huevos revueltos—.
¡Harry, levanta el ánimo, necesitas un buen desayuno!
Harry había estado observando la mesa abarrotada de Gryffindor,
preguntándose si tendría delante de las narices al nuevo poseedor del diario de
Ryddle. Hermione lo intentaba convencer de que notificara el robo, pero a
Harry no le gustaba la idea. Tendría que contar todo lo referente al diario a
algún profesor, ¿y cuánta gente sabía por qué habían expulsado a Hagrid
hacía cincuenta años? No quería ser él quien lo sacara de nuevo a la luz.
Al abandonar el Gran Comedor con Ron y Hermione para ir a recoger su
equipo de quidditch, otro motivo de preocupación se añadió a la creciente lista
de Harry. Acababa de poner los pies en la escalera de mármol cuando oyó de
nuevo aquella voz:
—Matar esta vez... Déjame desgarrar... Despedazar...
Harry dio un grito, y Ron y Hermione se separaron de él asustados.
—¡La voz! —dijo Harry, mirando a un lado—. Acabo de oírla de nuevo,
¿vosotros no?
Ron, con los ojos muy abiertos, negó con la cabeza. Hermione, sin
embargo, se llevó una mano a la frente.
—¡Harry, creo que acabo de comprender algo! ¡Tengo que ir a la
biblioteca!
Y se fue corriendo por las escaleras.
—¿Qué habrá comprendido? —dijo Harry distraídamente, mirando
alrededor, intentando averiguar de dónde podía provenir la voz.
—Muchas más cosas que yo —respondió Ron, negando con la cabeza.
—Pero ¿por qué habrá tenido que irse a la biblioteca?
—Porque eso es lo que Hermione hace siempre —contestó Ron,
encogiéndose de hombros—. Cuando le entra alguna duda, ¡a la biblioteca!
Harry se quedó indeciso, intentando volver a captar la voz, pero los
alumnos empezaron a salir del Gran Comedor hablando alto, hacia la puerta
principal. Iban al campo de quidditch.
—Será mejor que te muevas —dijo Ron—. Son casi las once..., el partido.
Harry subió a la carrera la torre de Gryffindor, cogió su Nimbus 2.000 y se
mezcló con la gente que se dirigía hacia el campo de juego. Pero su mente se
había quedado en el castillo, donde sonaba la voz que no salía de ningún sitio,
y mientras se ponía su túnica de juego en los vestuarios, su único consuelo era
saber que todos estaban allí para ver el partido.
Los equipos saltaron al campo de juego en medio del clamor del público.
Oliver Wood despegó para hacer un vuelo de calentamiento alrededor de los
postes, y la señora Hooch sacó las bolas. Los de Hufflepuff, que jugaban de color
amarillo canario, se habían reunido para repasar la táctica en el último
minuto.
Harry acababa de montarse en la escoba cuando la profesora McGonagall
llegó corriendo al campo, llevando consigo un megáfono de color púrpura.
—El partido acaba de ser suspendido —gritó por el megáfono la profesora,
dirigiéndose al estadio abarrotado. Hubo gritos y silbidos. Oliver Wood, con
aspecto desolado, aterrizó y fue corriendo a donde estaba la profesora
McGonagall sin desmontar de la escoba.
—¡Pero profesora! —gritó—. Tenemos que jugar... la Copa... Gryffindor...
La profesora McGonagall no le hizo caso y continuó gritando por el
megáfono:
—Todos los estudiantes tienen que volver a sus respectivas salas
comunes, donde les informarán los jefes de sus casas. ¡Id lo más deprisa que
podáis, por favor!
Luego bajó el megáfono e hizo una seña a Harry para que se acercara.
—Potter, creo que será mejor que vengas conmigo.
Preguntándose por qué sospecharía de él en aquella ocasión, Harry vio
que Ron se separaba de la multitud descontenta y se unía a ellos corriendo
para volver al castillo. Para sorpresa de Harry, la profesora McGonagall no se
opuso.
—Sí, quizá sea mejor que tú también vengas, Weasley. Algunos de los
estudiantes que había a su alrededor rezongaban por la suspensión del partido
y otros parecían preocupados. Harry y Ron siguieron a la profesora McGona
gall y, al llegar al castillo, subieron con ella la escalera de mármol. Pero esta
vez no se dirigían a ningún despacho.
—Esto os resultará un poco sorprendente —dijo la profesora McGonagall
con voz amable cuando se acercaban a la enfermería—. Ha habido otro
ataque... Un ataque doble.
A Harry le dio un brinco el corazón. La profesora McGonagall abrió la
puerta y entraron en la enfermería.
La señora Pomfrey atendía a una muchacha de quinto curso con el pelo
largo y rizado. Harry reconoció en ella a la chica de Ravenclaw a la que por
error habían preguntado cómo se iba a la sala común de Slytherin. Y en la
cama de al lado estaba...
—¡Hermione! —gimió Ron.
Hermione yacía completamente inmóvil, con los ojos abiertos y vidriosos.
—Las encontraron junto a la biblioteca —dijo la profesora McGonagall—.
Supongo que no podéis explicarlo. Esto estaba en el suelo, junto a ellas...
Levantó un pequeño espejo redondo.
Harry y Ron negaron con la cabeza, mirando a Hermione.
—Os acompañaré a la torre de Gryffindor —dijo con seriedad la profesora
McGonagall—. De cualquier manera, tengo que hablar a los estudiantes.
—Todos los alumnos estarán de vuelta en sus respectivas salas comunes a las
seis en punto de la tarde. Ningún alumno podrá dejar los dormitorios después
de esa hora. Un profesor os acompañará siempre al aula. Ningún alumno podrá
entrar en los servicios sin ir acompañado por un profesor. Se posponen todos
los partidos y entrenamientos de quidditch. No habrá más actividades
extraescolares.
Los alumnos de Gryffindor, que abarrotaban la sala común, escuchaban en
silencio a la profesora McGonagall, quien al final enrolló el pergamino que
había estado leyendo y dijo con la voz entrecortada por la impresión:
—No necesito añadir que rara vez me he sentido tan consternada. Es
probable que se cierre el colegio si no se captura al agresor. Si alguno de
vosotros sabe de alguien que pueda tener una pista, le ruego que lo diga.
La profesora salió por el agujero del retrato con cierta torpeza, e
inmediatamente los alumnos de Gryffindor rompieron el silencio.
—Han caído dos de Gryffindor, sin contar al fantasma, que también es de
Gryffindor, uno de Ravenclaw y otro de Hufflepuff —dijo Lee Jordan, el amigo
de los gemelos Weasley, contando con los dedos—. ¿No se ha dado cuenta
ningún profesor de que los de Slytherin parecen estar a salvo? ¿No es evidente
que todo esto proviene de Slytherin? El heredero de Slytherin, el monstruo de
Slytherin... ¿Por qué no expulsan a todos los de Slytherin? —preguntó con
fiereza. Hubo alumnos que asintieron y se oyeron algunos aplausos aislados.
Percy Weasley estaba sentado en una silla, detrás de Lee, pero por una
vez no parecía interesado en exponer sus puntos de vista. Estaba pálido y
parecía ausente.
—Percy está asustado —dijo George a Harry en voz baja—. Esa chica de
Ravenclaw.., Penélope Clearwater..., es prefecta. Supongo que Percy creía
que el monstruo no se atrevería a atacar a un prefecto.
Pero Harry sólo escuchaba a medias. No parecía poder olvidar la imagen
de Hermione, inmóvil sobre la cama de la enfermería, como esculpida en
piedra. Y si no pillaban pronto al culpable, él tendría que pasar el resto de su
vida con los Dursley. Tom Ryddle había delatado a Hagrid ante la perspectiva
del orfanato muggle si se cerraba el colegio. Harry entendía perfectamente
cómo se había sentido.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Ron a Harry al oído—. ¿Crees que
sospechan de Hagrid?
—Tenemos que ir a hablar con él —dijo Harry, decidido—. No creo que
esta vez sea él, pero si fue el que lo liberó la última vez, también sabrá llegar
hasta la Cámara de los Secretos, y algo es algo.
—Pero McGonagall nos ha dicho que tenemos que permanecer en
nuestras torres cuando no estemos en clase...
—Creo —dijo Harry, en voz todavía más baja— que ha llegado ya el
momento de volver a sacar la vieja capa de mi padre.
Harry sólo había heredado una cosa de su padre: una capa larga y plateada
para hacerse invisible. Era su única posibilidad para salir a hurtadillas del
colegio y visitar a Hagrid sin que nadie se enterara. Fueron a la cama a la hora
habitual, esperaron a que Neville, Dean y Seamus hubieran dejado de hablar
sobre la Cámara de los Secretos y se durmieran, y entonces se levantaron,
volvieron a vestirse y se cubrieron con la capa.
El recorrido por los corredores oscuros del castillo no fue en absoluto
agradable. Harry, que ya en ocasiones anteriores había caminado por allí de
noche, no lo había visto nunca, después de la puesta del sol, tan lleno de
gente: profesores, prefectos y fantasmas circulaban por los corredores en
parejas, buscando cualquier detalle sospechoso. Como, a pesar de llevar la
capa invisible, hacían el mismo ruido de siempre, hubo un instante
especialmente tenso cuando Ron se dio un golpe en un dedo del pie, y estaban
muy cerca del lugar en que Snape montaba guardia. Afortunadamente, Snape
estornudó en el momento preciso en que Ron gritó. Cuando finalmente
alcanzaron la puerta principal de roble y la abrieron con cuidado, suspiraron
aliviados.
Era una noche clara y estrellada. Avanzaron con rapidez guiándose por la
luz de las ventanas de la cabaña de Hagrid, y no se desprendieron de la capa
hasta que hubieron llegado ante la puerta.
Unos segundos después de llamar, Hagrid les abrió. Les apuntaba con una
ballesta, y Fang, el perro jabalinero, ladraba furiosamente detrás de él.
—¡Ah! —dijo, bajando el arma y mirándolos—. ¿Qué hacéis aquí los dos?
—¿Para qué es eso? —preguntó Harry, señalando la ballesta al entrar.
—Nada, nada... —susurró Hagrid—. Estaba esperando... No importa...
Sentaos, prepararé té.
Parecía que apenas sabía lo que hacía. Casi apagó el fuego al derramar
agua de la tetera metálica, y luego rompió la de cerámica de puros nervios al
golpearla con la mano.
—¿Estás bien, Hagrid? —dijo Harry—. ¿Has oído lo de Hermione?
—¡Ah, sí, claro que lo he oído! —dijo Hagrid con la voz entrecortada.
Miró por la ventana, nervioso. Les sirvió sendas jarritas llenas sólo de agua
hirviendo (se le había olvidado poner las bolsitas de té). Cuando les estaba
poniendo en un plato un trozo de pastel de frutas, aporrearon la puerta.
Se le cayó el pastel. Harry y Ron intercambiaron miradas de pánico, se
echaron encima la capa para hacerse invisibles y se retiraron a un rincón
oculto. Tras asegurarse de que no se les veía, Hagrid cogió la ballesta y fue
otra vez a abrir la puerta.
—Buenas noches, Hagrid.
Era Dumbledore. Entró, muy serio, seguido por otro individuo de aspecto
muy raro.
El desconocido era un hombre bajo y corpulento, con el pelo gris
alborotado y expresión nerviosa. Llevaba una extraña combinación de ropas:
traje de raya diplomática, corbata roja, capa negra larga y botas púrpura
acabadas en punta. Sujetaba bajo el brazo un sombrero hongo verde lima.
—¡Es el jefe de mi padre! —musitó Ron—. ¡Cornelius Fudge, el ministro de
Magia!
Harry dio un codazo a Ron para que se callara.
Hagrid estaba pálido y sudoroso. Se dejó caer abatido en una de las sillas
y miró a Dumbledore y luego a Cornelius Fudge.
—¡Feo asunto, Hagrid! —dijo Fudge, telegráficamente—. Muy feo. He
tenido que venir. Cuatro ataques contra hijos de muggles. El Ministerio tiene
que intervenir.
—Yo nunca... —dijo Hagrid, mirando implorante a Dumbledore—. Usted
sabe que yo nunca, profesor Dumbledore, señor...
—Quiero que quede claro, Cornelius, que Hagrid cuenta con mi plena
confianza —dijo Dumbledore, mirando a Fudge con el entrecejo fruncido.
—Mira, Albus —dijo Fudge, incómodo—. Hagrid tiene antecedentes. El
Ministerio tiene que hacer algo... El consejo escolar se ha puesto en contacto...
—Aun así, Cornelius, insisto en que echar a Hagrid no va a solucionar
nada —dijo Dumbledore. Los ojos azules le brillaban de una manera que Harry
no había visto nunca.
—Míralo desde mi punto de vista —dijo Fudge, cogiendo el sombrero y
haciéndolo girar entre las manos—. Me están presionando. Tengo que
acreditar que hacemos algo. Si se demuestra que no fue Hagrid, regresará y no
habrá más que decir. Pero tengo que llevármelo. Tengo que hacerlo. Si no, no
estaría cumpliendo con mi deber...
—¿Llevarme? —dijo Hagrid, temblando—. ¿Llevarme adónde?
—Sólo por poco tiempo —dijo Fudge, evitando los ojos de Hagrid—. No se
trata de un castigo, Hagrid, sino más bien de una precaución. Si atrapamos al
culpable, a usted se le dejará salir con una disculpa en toda regla.
—¿No será a Azkaban? —preguntó Hagrid con voz ronca.
Antes de que Fudge pudiera responder, llamaron con fuerza a la puerta.
Abrió Dumbledore. Ahora fue Harry quien recibió un codazo en las
costillas, porque había dejado escapar un grito ahogado bien audible.
El señor Lucius Malfoy entró en la cabaña de Hagrid con paso decidido,
envuelto en una capa de viaje negra y con una gélida sonrisa de satisfacción.
Fang se puso a aullar.
—¡Ah, ya está aquí, Fudge! —dijo complacido al entrar—. Bien, bien...
—¿Qué hace usted aquí? —le dijo Hagrid furioso—. ¡Salga de mi casa!
—Créame, buen hombre, que no me produce ningún placer entrar en
esta... ¿la ha llamado casa? —repuso Lucius Malfoy contemplando la cabaña
con desprecio—. Simplemente, he ido al colegio y me han dicho que el director
estaba aquí.
—¿Y qué es lo que quiere de mí, exactamente, Lucius? —dijo Dumbledore.
Hablaba cortésmente, pero aún tenía los ojos azules llenos de furia.
—Es lamentable, Dumbledore —dijo perezosamente el señor Malfoy,
sacando un rollo de pergamino—, pero el consejo escolar ha pensado que es
hora de que usted abandone. Aquí traigo una orden de cese, y aquí están las
doce firmas. Me temo que este asunto se le ha escapado de las manos.
¿Cuántos ataques ha habido ya? Otros dos esta tarde, ¿no es cierto? A este
ritmo, no quedarán en Hogwarts alumnos de familia muggle, y todos sabemos
el gran perjuicio que ello supondría para el colegio.
—¿Qué? ¡Vaya, Lucius! —dijo Fudge, alarmado—, Dumbledore cesado...
No, no..., lo último que querría, precisamente ahora...
—El nombramiento y el cese del director son competencia del consejo
escolar, Fudge —dijo con suavidad el señor Malfoy—. Y como Dumbledore no
ha logrado detener las agresiones...
—Pero, Lucius, si Dumbledore no ha logrado detenerlas —dijo Fudge, que
tenía el labio superior empapado en sudor—, ¿quién va a poder?
—Ya se verá —respondió el señor Malfoy con una desagradable sonrisa—.
Pero como los doce hemos votado...
Hagrid se levantó de un salto, y su enredada cabellera negra rozó el techo.
—¿Y a cuántos ha tenido que amenazar y chantajear para que accedieran,
eh, Malfoy? —preguntó.
—Muchacho, muchacho, por Dios, este temperamento suyo le dará un
disgusto un día de éstos —dijo Malfoy—. Me permito aconsejarle que no grite
de esta manera a los carceleros de Azkaban. No creo que se lo tomen a bien.
—¡Puede quitar a Dumbledore! —chilló Hagrid, y Fang, el perro jabalinero,
se encogió y gimoteó en su cesta—. ¡Lléveselo, y los alumnos de familia
muggle no tendrán ni una oportunidad! ¡Y habrá más asesinatos!
—Cálmate, Hagrid —le dijo bruscamente Dumbledore. Luego se dirigió a
Lucius Malfoy—. Si el consejo escolar quiere mi renuncia, Lucius, me iré.
—Pero... —tartamudeó Fudge.
—¡No! —gimió Hagrid.
Dumbledore no había apartado sus vivos ojos azules de los ojos fríos y
grises de Malfoy.
—Sin embargo —dijo Dumbledore, hablando muy claro y despacio, para
que todos entendieran cada una de sus palabras—, sólo abandonaré de verdad
el colegio cuando no me quede nadie fiel. Y Hogwarts siempre ayudará al que
lo pida.
Durante un instante, Harry estuvo convencido de que Dumbledore les
había guiñado un ojo, mirando hacia el rincón donde Ron y él estaban ocultos.
—Admirables sentimientos —dijo Malfoy, haciendo una inclinación—.
Todos echaremos de menos su personalísima forma de dirigir el centro, Albus,
y sólo espero que su sucesor consiga evitar los... asesinatos.
Se dirigió con paso decidido a la puerta de la cabaña, la abrió, saludó a
Dumbledore con una inclinación y le indicó que saliera. Fudge esperaba, sin
dejar de manosear su sombrero, a que Hagrid pasara delante, pero Hagrid no
se movió, sino que respiró hondo y dijo pausadamente:
—Si alguien quisiera desentrañar este embrollo, lo único que tendría que
hacer es seguir a las arañas. Ellas lo conducirían. Eso es todo lo que tengo que
decir. —Fudge lo miró extrañado—. De acuerdo, ya voy —añadió, poniéndose
el abrigo de piel de topo. Cuando estaba a punto de seguir a Fudge por la
puerta, se detuvo y dijo en voz alta—: Y alguien tendrá que darle de comer a
Fang mientras estoy fuera.
La puerta se cerró de un golpe y Ron se quitó la capa invisible.
—En menudo embrollo estamos metidos —dijo con voz ronca—. Sin
Dumbledore. Podrían cerrar el colegio esta misma noche. Sin él, habrá un
ataque cada día.
Fang se puso a aullar, arañando la puerta.
Capitulo 13. El diario secretisimo
Hermione pasó varias semanas en la enfermería. Corrieron rumores sobre su
desaparición cuando el resto del colegio regresó a Hogwarts al final de las
vacaciones de Navidad, porque naturalmente todos creyeron que la habían
atacado. Eran tantos los alumnos que se daban una vuelta por la enfermería
tratando de echarle la vista encima, que la señora Pomfrey quitó las cortinas de
su propia cama y las puso en la de Hermione para ahorrarle la vergüenza de
que la vieran con la cara peluda.
Harry y Ron iban a visitarla todas las noches. Cuando comenzó el nuevo
trimestre, le llevaban cada día los deberes.
—Si a mí me hubieran salido bigotes de gato, aprovecharía para descansar
—le dijo Ron una noche, dejando un montón de libros en la mesita que tenía
Hermione junto a la cama.
—No seas tonto, Ron, tengo que mantenerme al día —replicó Hermione
rotundamente. Estaba de mucho mejor humor porque ya le había desaparecido
el pelo de la cara, y los ojos, poco a poco, recuperaban su habitual color marrón—.
¿Tenéis alguna pista nueva? —añadió en un susurro, para que la
señora Pomfrey no pudiera oírla.
—Nada —dijo Harry con tristeza.
—Estaba tan convencido de que era Malfoy... —dijo Ron por centésima
vez.
—¿Qué es eso? —preguntó Harry, señalando algo dorado que sobresalía
debajo de la almohada de Hermione.
—Nada, una tarjeta para desearme que me ponga bien
—dijo Hermione a toda prisa, intentando esconderla, pero Ron fue más
rápido que ella. La sacó, la abrió y leyó en voz alta:
A la señorita Granger deseándole que se recupere muy pronto, de su
preocupado profesor Gilderoy Lockhart, Caballero de tercera clase de
la Orden de Merlín, Miembro Honorario de la Liga para la Defensa
Contra las Fuerzas Oscuras y cinco veces ganador del Premio a la
Sonrisa más Encantadora, otorgado por la revista «Corazón de Bruja».
Ron miró a Hermione con disgusto.
—¿Duermes con esto debajo de la almohada?
Pero Hermione no necesitó responder, porque la señora Pomfrey llegó con
la medicina de la noche.
—¿A que Lockhart es el tío más pelota que has conocido en tu vida? —dijo
Ron a Harry al abandonar la enfermería y empezar a subir hacia la torre de
Gryffindor. Snape les había mandado tantos deberes, que a Harry le parecía
que no los terminaría antes de llegar al sexto curso. Precisamente Ron estaba
diciendo que tenía que haber preguntado a Hermione cuántas colas de rata
había que echar a una poción crecepelo, cuando llegó hasta sus oídos un
arranque de cólera que provenía del piso superior.
—Es Filch —susurró Harry, y subieron deprisa las escaleras y se
detuvieron a escuchar donde no podía verlos.
—Espero que no hayan atacado a nadie más —dijo Ron, alarmado.
Se quedaron inmóviles, con la cabeza inclinada hacia la voz de Filch, que
parecía completamente histérico.
—... aun más trabajo para mí. ¡Fregar toda la noche, como si no tuviera
otra cosa que hacer! No, ésta es la gota que colma el vaso, me voy a ver a
Dumbledore.
Sus pasos se fueron distanciando, y oyeron un portazo a lo lejos.
Asomaron la cabeza por la esquina. Evidentemente, Filch había estado
cubriendo su habitual puesto de vigía; se encontraban de nuevo en el punto en
que habían atacado a la Señora Norris. Buscaron lo que había motivado los
gritos de Filch. Un charco grande de agua cubría la mitad del corredor, y
parecía que continuaba saliendo agua de debajo de la puerta de los aseos de
Myrtle la Llorona. Ahora que los gritos de Filch habían cesado, podían oír los
gemidos de Myrtle resonando a través de las paredes de los aseos.
—¿Qué le pasará ahora? —preguntó Ron.
—Vamos a ver —propuso Harry, y levantándose la túnica por encima de
los tobillos, se metieron en el charco chapoteando, llegaron a la puerta que
exhibía el letrero de «No funciona» y, haciendo caso omiso de la advertencia,
como de costumbre, entraron.
Myrtle la Llorona estaba llorando, si cabía, con más ganas y más
sonoramente que nunca. Parecía estar metida en su retrete habitual. Los aseos
estaban a oscuras, porque las velas se habían apagado con la enorme
cantidad de agua que había dejado el suelo y las paredes empapados.
—¿Qué pasa, Myrtle? —inquirió Harry.
—¿Quién es? —preguntó Myrtle, con tristeza, como haciendo gorgoritos—.
¿Vienes a arrojarme alguna otra cosa?
Harry fue hacia el retrete y le preguntó:
—¿Por qué tendría que hacerlo?
—No sé —gritó Myrtle, provocando al salir del retrete una nueva oleada de
agua que cayó al suelo ya mojado—. Aquí estoy, intentando sobrellevar mis
propios problemas, y todavía hay quien piensa que es divertido arrojarme un
libro...
—Pero si alguien te arroja algo, a ti no te puede doler —razonó Harry—.
Quiero decir, que simplemente te atravesará, ¿no?
Acababa de meter la pata. Myrtle se sintió ofendida y chilló:
—¡Vamos a arrojarle libros a Myrtle, que no puede sentirlo! ¡Diez puntos al
que se lo cuele por el estómago! ¡Cincuenta puntos al que le traspase la
cabeza! ¡Bien, ja, ja, ja! ¡Qué juego tan divertido, pues para mí no lo es!
—Pero ¿quién te lo arrojó? —le preguntó Harry.
—No lo sé... Estaba sentada en el sifón, pensando en la muerte, y me dio
en la cabeza —dijo Myrtle, mirándoles—. Está ahí, empapado.
Harry y Ron miraron debajo del lavabo, donde señalaba Myrtle. Había allí
un libro pequeño y delgado. Tenía las tapas muy gastadas, de color negro, y
estaba tan humedecido como el resto de las cosas que había en los lavabos.
Harry se acercó para cogerlo, pero Ron lo detuvo con el brazo.
—¿Qué pasa? —preguntó Harry.
—¿Estás loco? —dijo Ron—. Podría resultar peligroso.
—¿Peligroso? —dijo Harry, riendo—. Venga, ¿cómo va a resultar
peligroso?
—Te sorprendería saber —dijo Ron, asustado, mirando el librito— que
entre los libros que el Ministerio ha confiscado había uno que les quemó los
ojos. Me lo ha dicho mi padre. Y todos los que han leído Sonetos del hechicero
han hablado en cuartetos y tercetos el resto de su vida. ¡Y una bruja vieja de
Bath tenía un libro que no se podía parar nunca de leer! Uno tenía que andar
por todas partes con el libro delante, intentando hacer las cosas con una sola
mano. Y...
—Vale, ya lo he entendido —dijo Harry. El librito seguía en el suelo,
empapado y misterioso—. Bueno, pero si no le echamos un vistazo, no lo
averiguaremos —dijo y, esquivando a Ron, lo recogió del suelo.
Harry vio al instante que se trataba de un diario, y la desvaída fecha de la
cubierta le indicó que tenía cincuenta años de antigüedad. Lo abrió intrigado.
En la primera página podía leerse, con tinta emborronada, «T.M. Ryddle».
—Espera —dijo Ron, que se había acercado con cuidado y miraba por
encima del hombro de Harry—, ese nombre me suena... T.M. Ryddle ganó un
premio hace cincuenta años por Servicios Especiales al Colegio.
—¿Y cómo sabes eso? —preguntó Harry sorprendido.
—Lo sé porque Filch me hizo limpiar su placa unas cincuenta veces
cuando nos castigaron —dijo Ron con resentimiento—. Precisamente fue
encima de esta placa donde vomité una babosa. Si te hubieras pasado una
hora limpiando un nombre, tú también te acordarías de él.
Harry separó las páginas humedecidas. Estaban en blanco. No había en
ellas el más leve resto de escritura, ni siquiera «cumpleaños de tía Mabel» o
«dentista, a las tres y media».
—No llegó a escribir nada —dijo Harry, decepcionado.
—Me pregunto por qué querría alguien tirarlo al retrete —dijo Ron con
curiosidad.
Harry volvió a mirar las tapas del cuaderno y vio impreso el nombre de un
quiosco de la calle Vauxhall, en Londres.
—Debió de ser de familia muggle —dijo Harry, especulando—, ya que
compró el diario en la calle Vauxhall...
—Bueno, eso da igual —dijo Ron. Luego añadió en voz muy baja—.
Cincuenta puntos si lo pasas por la nariz de Myrtle.
Harry, sin embargo, se lo guardó en el bolsillo.
Hermione salió de la enfermería, sin bigotes, sin cola y sin pelaje, a comienzos
de febrero. La primera noche que pasó en la torre de Gryffindor, Harry le
enseñó el diario de T.M. Ryddle y le contó la manera en que lo habían
encontrado.
—¡Aaah, podría tener poderes ocultos! —dijo con entusiasmo Hermione,
cogiendo el diario y mirándolo de cerca.
—Si los tiene, los oculta muy bien —repuso Ron—. A lo mejor es tímido.
No sé por qué lo guardas, Harry
—Lo que me gustaría saber es por qué alguien intentó tirarlo —dijo Harry—
. Y también me gustaría saber cómo consiguió Ryddle el Premio por Servicios
Especiales.
—Por cualquier cosa —dijo Ron—. A lo mejor acumuló treinta matrículas
de honor en Brujería o salvó a un profesor de los tentáculos de un calamar
gigante. Quizás asesinó a Myrtle, y todo el mundo lo consideró un gran
servicio...
Pero Harry estaba seguro, por la cara de interés que ponía Hermione, de
que ella estaba pensando lo mismo que él.
—¿Qué pasa? —dijo Ron, mirando a uno y a otro.
—Bueno, la Cámara de los Secretos se abrió hace cincuenta años, ¿no?
—explicó Harry—. Al menos, eso nos dijo Malfoy.
—Sí... —admitió Ron.
—Y este diario tiene cincuenta años —dijo Hermione, golpeándolo,
emocionada, con el dedo.
—¿Y?
—Venga, Ron, despierta ya —dijo Hermione bruscamente—. Sabemos que
la persona que abrió la cámara la última vez fue expulsada hace cincuenta
años. Sabemos que a T.M. Ryddle le dieron un premio hace cincuenta años por
Servicios Especiales al Colegio. Bueno, ¿y si a Ryddle le dieron el premio por
atrapar al heredero de Slytherin? En su diario seguramente estará todo
explicado: dónde está la cámara, cómo se abre y qué clase de criatura vive en
ella. La persona que haya cometido las agresiones en esta ocasión no querría
que el diario anduviera por ahí, ¿no?
—Es una teoría brillante, Hermione —dijo Ron—, pero tiene un pequeño
defecto: que no hay nada escrito en el diario.
Pero Hermione sacó su varita mágica de la bolsa.
—¡Podría ser tinta invisible! —susurró.
Y dio tres golpecitos al cuaderno, diciendo:
—¡Aparecium!
Pero no ocurrió nada. Impertérrita, volvió a meter la mano en la bolsa y
sacó lo que parecía una goma de borrar de color rojo.
—Es un revelador, lo compré en el callejón Diagon —dijo ella.
Frotó con fuerza donde ponía «1 de enero». Siguió sin pasar nada.
—Ya te lo decía yo; no hay nada que encontrar aquí —dijo Ron—.
Simplemente, a Ryddle le regalaron un diario por Navidad, pero no se molestó
en rellenarlo.
Harry no podría haber explicado, ni siquiera a sí mismo, por qué no tiraba a la
basura el diario de Ryddle. El caso es que aunque sabía que el diario estaba
en blanco, pasaba las páginas atrás y adelante, concentrado en ellas, como si
contaran una historia que quisiera acabar de leer. Y, aunque estaba seguro de
no haber oído antes el nombre de T.M. Ryddle, le parecía que ese nombre le
decía algo, como si se tratara de un amigo olvidado de la más remota infancia.
Pero era absurdo: no había tenido amigos antes de llegar a Hogwarts, Dudley
se había encargado de eso.
Sin embargo, Harry estaba determinado a averiguar algo más sobre
Ryddle, así que al día siguiente, en el recreo, se dirigió a la sala de trofeos para
examinar el premio especial de Ryddle, acompañado por una Hermione
rebosante de interés y un Ron muy reticente, que les decía que había visto el
premio lo suficiente para recordarlo toda la vida.
La placa de oro bruñido de Ryddle estaba guardada en un armario
esquinero. No decía nada de por qué se lo habían concedido.
—Menos mal —dijo Ron—, porque si lo dijera, la placa sería más grande, y
en el día de hoy aún no habría acabado de sacarle brillo.
Sin embargo, encontraron el nombre de Ryddle en una vieja Medalla al
Mérito Mágico y en una lista de antiguos alumnos que habían recibido el
Premio Anual.
—Me recuerda a Percy —dijo Ron, arrugando con disgusto la nariz—:
prefecto, Premio Anual..., supongo que sería el primero de la clase.
—Lo dices como si fuera algo vergonzoso —señaló Hermione, algo herida.
El sol había vuelto a brillar débilmente sobre Hogwarts. Dentro del castillo, la
gente parecía más optimista. No había vuelto a haber ataques después del
cometido contra Justin y Nick Casi Decapitado, y a la señora Pomfrey le
encantó anunciar que las mandrágoras se estaban volviendo taciturnas y
reservadas, lo que quería decir que rápidamente dejarían atrás la infancia. Una
tarde, Harry oyó que la señora Pomfrey decía a Filch amablemente:
—Cuando se les haya ido el acné, estarán listas para volver a ser
trasplantadas. Y entonces, las cortaremos y las coceremos inmediatamente.
Dentro de poco tendrá a la Señora Norris con usted otra vez.
Harry pensaba que tal vez el heredero de Slytherin se había acobardado.
Cada vez debía de resultar más arriesgado abrir la Cámara de los Secretos,
con el colegio tan alerta y todo el mundo tan receloso. Tal vez el monstruo,
fuera lo que fuera, se disponía a hibernar durante otros cincuenta años.
Ernie Macmillan, de Hufflepuff, no era tan optimista. Seguía convencido de
que Harry era el culpable y que se había delatado en el club de duelo. Peeves
no era precisamente una ayuda, pues iba por los abarrotados corredores
saltando y cantando: «¡Oh, Potter, eres un zote, estás podrido...!», pero ahora
además interpretando un baile al ritmo de la canción.
Gilderoy Lockhart estaba convencido de que era él quien había puesto
freno a los ataques. Harry le oyó exponerlo así ante la profesora McGonagall
mientras los de Gryffindor marchaban en hilera hacia la clase de Transfiguración.
—No creo que volvamos a tener problemas, Minerva —dijo, guiñando un
ojo y dándose golpecitos en la nariz con el dedo, con aire de experto—. Creo
que esta vez la cámara ha quedado bien cerrada. Los culpables se han dado
cuenta de que en cualquier momento yo podía pillarlos y han sido lo bastante
sensatos para detenerse ahora, antes de que cayera sobre ellos... Lo que
ahora necesita el colegio es una inyección de moral, ¡para barrer los recuerdos
del trimestre anterior! No te digo nada más, pero creo que sé qué es exactamente
lo que...
De nuevo se tocó la nariz en prueba de su buen olfato y se alejó con paso
decidido.
La idea que tenía Lockhart de una inyección de moral se hizo patente
durante el desayuno del día 14 de febrero. Harry no había dormido mucho a
causa del entrenamiento de quidditch de la noche anterior y llegó al Gran
Comedor corriendo, algo retrasado. Pensó, por un momento, que se había
equivocado de puerta.
Las paredes estaban cubiertas de flores grandes de un rosa chillón. Y, aún
peor, del techo de color azul pálido caían confetis en forma de corazones.
Harry se fue a la mesa de Gryffindor, en la que estaban Ron, con aire
asqueado, y Hermione, que se reía tontamente.
—¿Qué ocurre? —les preguntó Harry, sentándose y quitándose de encima
el confeti.
Ron, que parecía estar demasiado enojado para hablar, señaló la mesa de
los profesores. Lockhart, que llevaba una túnica de un vivo color rosa que
combinaba con la decoración, reclamaba silencio con las manos. Los
profesores que tenía a ambos lados lo miraban estupefactos. Desde su asiento,
Harry pudo ver a la profesora McGonagall con un tic en la mejilla. Snape tenía
el mismo aspecto que si se hubiera bebido un gran vaso de crecehuesos.
—¡Feliz día de San Valentín! —gritó Lockhart—. ¡Y quiero también dar las
gracias a las cuarenta y seis personas que me han enviado tarjetas! Sí, me he
tomado la libertad de preparar esta pequeña sorpresa para todos vosotros... ¡y
no acaba aquí la cosa!
Lockhart dio una palmada, y por la puerta del vestíbulo entraron una
docena de enanos de aspecto hosco. Pero no enanos así, tal cual; Lockbart les
había puesto alas doradas y además llevaban arpas.
—¡Mis amorosos cupidos portadores de tarjetas! —son—rió Lockhart—.
¡Durante todo el día de hoy recorrerán el colegio ofreciéndoos felicitaciones de
San Valentín! ¡Y la diversión no acaba aquí! Estoy seguro de que mis colegas
querrán compartir el espíritu de este día. ¿Por qué no pedís al profesor Snape
que os enseñe a preparar un filtro amoroso? ¡Aunque el profesor Flitwick, el
muy pícaro, sabe más sobre encantamientos de ese tipo que ningún otro mago
que haya conocido!
El profesor Flitwick se tapó la cara con las manos. Snape parecía
dispuesto a envenenar a la primera persona que se atreviera a pedirle un filtro
amoroso.
—Por favor, Hermione, dime que no has sido una de las cuarenta y seis —
le dijo Ron, cuando abandonaban el Gran Comedor para acudir a la primera
clase. Pero a Hermione de repente le entró la urgencia de buscar el horario en
la bolsa, y no respondió.
Los enanos se pasaron el día interrumpiendo las clases para repartir
tarjetas, ante la irritación de los profesores, y al final de la tarde, cuando los de
Gryffindor subían hacia el aula de Encantamientos, uno de ellos alcanzó a
Harry.
—¡Eh, tú! ¡Harry Potter! —gritó un enano de aspecto particularmente
malhumorado, abriéndose camino a codazos para llegar a donde estaba Harry.
Ruborizándose al pensar que le iba a ofrecer una felicitación de San
Valentín delante de una fila de alumnos de primero, entre los cuales estaba
Ginny Weasley, Harry intentó escabullirse. El enano, sin embargo, se abrió
camino a base de patadas en las espinillas y lo alcanzó antes de que diera dos
pasos.
—Tengo un mensaje musical para entregar a Harry Potter en persona —
dijo, rasgando el arpa de manera pavorosa.
—¡Aquí no! —dijo Harry enfadado, tratando de escapar.
—¡Párate! —gruñó el enano, aferrando a Harry por la bolsa para detenerlo.
—¡Suéltame! —gritó Harry, tirando fuerte.
Tanto tiraron que la bolsa se partió en dos. Los libros, la varita mágica, el
pergamino y la pluma se desparramaron por el suelo, y la botellita de tinta se
rompió encima de todas las demás cosas.
Harry intentó recogerlo todo antes de que el enano comenzara a cantar
ocasionando un atasco en el corredor.
—¿Qué pasa ahí? —Era la voz fría de Draco Malfoy, que hablaba
arrastrando las palabras. Harry intentó febrilmente meterlo todo en la bolsa
rota, desesperado por alejarse antes de que Malfoy pudiera oír su felicitación
musical de San Valentín.
—¿Por qué toda esta conmoción? —dijo otra voz familiar, la de Percy
Weasley, que se acercaba.
A la desesperada, Harry intentó escapar corriendo, pero el enano se le
echó a las rodillas y lo derribó.
—Bien —dijo, sentándose sobre los tobillos de Harry—, ésta es tu canción
de San Valentín:
Tiene los ojos verdes como un sapo en escabeche
y el pelo negro como una pizarra cuando anochece.
Quisiera que fuera mío, porque es glorioso,
el héroe que venció al Señor Tenebroso.
Harry habría dado todo el oro de Gringotts por desvanecerse en aquel
momento. Intentando reírse con todos los demás, se levantó, con los pies
entumecidos por el peso del enano, mientras Percy Weasley hacía lo que podía
para dispersar al montón de chavales, algunos de los cuales estaban llorando
de risa.
—¡Fuera de aquí, fuera! La campana ha sonado hace cinco minutos, a
clase todos ahora mismo —decía, empujando a algunos de los más
pequeños—. Tú también, Malfoy.
Harry vio que Malfoy se agachaba y cogía algo, y con una mirada burlona
se lo enseñaba a Crabbe y Goyle. Harry comprendió que lo que había recogido
era el diario de Ryddle.
—¡Devuélveme eso! —le dijo Harry en voz baja.
—¿Qué habrá escrito aquí Potter? —dijo Malfoy, que obviamente no había
visto la fecha en la cubierta y pensaba que era el diario del propio Harry. Los
espectadores se quedaron en silencio. Ginny miraba alternativamente a Harry y
al diario, aterrorizada.
—Devuélvelo, Malfoy —dijo Percy con severidad.
—Cuando le haya echado un vistazo —dijo Malfoy, burlándose de Harry.
Percy dijo:
—Como prefecto del colegio...
Pero Harry estaba fuera de sus casillas. Sacó su varita mágica y gritó:
—¡Expelliarmus!
Y tal como Snape había desarmado a Lockhart, así Malfoy vio que el diario
se le escapaba a Malfoy de las manos y salía volando. Ron, sonriendo, lo
atrapó.
—¡Harry! —dijo Percy en voz alta—. No se puede hacer magia en los
pasillos. ¡Tendré que informar de esto!
Pero Harry no se preocupó. Le había ganado una a Malfoy, y eso bien
valía cinco puntos de Gryffindor. Malfoy estaba furioso, y cuando Ginny pasó
por su lado para entrar en el aula, le gritó despechado:
—¡Me parece que a Potter no le gustó mucho tu felicitación de San
Valentín!
Ginny se tapé la cara con las manos y entró en clase corriendo. Dando un
gruñido, Ron sacó también su varita mágica, pero Harry se la quitó de un tirón.
Ron no tenía necesidad de pasarse la clase de Encantamientos vomitando
babosas.
Harry no se dio cuenta de que algo raro había ocurrido en el diario de
Ryddle hasta que llegaron a la clase del profesor Flitwick. Todos los demás
libros estaban empapados de tinta roja. El diario, sin embargo, estaba tan
limpio como antes de que la botellita de tinta se hubiera roto. Intentó hacérselo
ver a Ron, pero éste volvía a tener problemas con su varita mágica: de la punta
salían pompas de color púrpura, y él no prestaba atención a nada más.
Aquella noche, Harry fue el primero de su dormitorio en irse a dormir. En parte
fue porque no creía poder soportar a Fred y George cantando: «Tiene los ojos
verdes como un sapo en escabeche» una vez más, y en parte, porque quería
examinar de nuevo el diario de Ryddle, y sabía que Ron opinaba que eso era
una pérdida de tiempo.
Se sentó en la cama y hojeó las páginas en blanco; ninguna tenía la más
ligera mancha de tinta roja. Luego sacó una nueva botellita de tinta del cajón de
la mesita, mojó en ella su pluma y dejó caer una gota en la primera página del
diario.
La tinta brilló intensamente sobre el papel durante un segundo y luego,
como si la hubieran absorbido desde el interior de la página, se desvaneció.
Emocionado, Harry mojó de nuevo la pluma y escribió:
«Mi nombre es Harry Potter.»
Las palabras brillaron un instante en la página y desaparecieron también
sin dejar huella. Entonces ocurrió algo.
Rezumando de la página, en la misma tinta que había utilizado él,
aparecieron unas palabras que Harry no había escrito:
«Hola, Harry Potter. Mi nombre es Tom Ryddle. ¿Cómo ha llegado a tus
manos mi diario?»
Estas palabras también se desvanecieron, pero no antes de que Harry
comenzara de nuevo a escribir:
«Alguien intentó tirarlo por el retrete.»
Aguardó con impaciencia la respuesta de Ryddle.
«Menos mal que registré mis memorias en algo más duradero que la tinta.
Siempre supe que habría gente que no querría que mi diario fuera leído.»
«¿Qué quieres decir?», escribió Harry, emborronando la página debido a
los nervios.
«Quiero decir que este diario da fe de cosas horribles; cosas que fueron
ocultadas; cosas que sucedieron en el Colegio Hogwarts de Magia y
Hechicería.»
«Es donde estoy yo ahora», escribió Harry apresuradamente. «Estoy en
Hogwarts, y también suceden cosas horribles. ¿Sabes algo sobre la Cámara de
los Secretos?»
El corazón le latía violentamente. La réplica de Ryddle no se hizo esperar,
pero la letra se volvió menos clara, como si tuviera prisa por consignar todo
cuanto sabía.
«¡Por supuesto que sé algo sobre la Cámara de los Secretos! En mi época,
nos decían que era sólo una leyenda, que no existía realmente. Pero no era
cierto. Cuando yo estaba en quinto, la cámara se abrió y el monstruo atacó a
varios estudiantes y mató a uno. Yo atrapé a la persona que había abierto la
cámara, y lo expulsaron. Pero el director, el profesor Dippet, avergonzado de
que hubiera sucedido tal cosa en Hogwarts, me prohibió decir la verdad.
Inventaron la historia de que la muchacha había muerto en un espantoso accidente.
A mí me entregaron por mi actuación un trofeo muy bonito y muy
brillante, con unas palabras grabadas, y me recomendaron que mantuviera la
boca cerrada. Pero yo sabía que podía volver a ocurrir. El monstruo sobrevivió,
y el que pudo liberarlo no fue encarcelado.»
En su precipitación por escribir, Harry casi vuelca la botellita de la tinta.
«Ha vuelto a suceder. Ha habido tres ataques y nadie parece saber quién
está detrás. ¿Quién fue en aquella ocasión?»
«Te lo puedo mostrar, si quieres», contestó Ryddle. «No necesitas leer mis
palabras. Podrás ver dentro de mi memoria lo que ocurrió la noche en que lo
capturé.»
Harry dudó, y la pluma se detuvo encima del diario. ¿Qué quería decir
Ryddle? ¿Cómo podía alguien introducirse en la memoria de otro? Miró
asustado la puerta del dormitorio; iba oscureciendo. Cuando retornó la vista al
diario, vio que aparecían unas palabras nuevas:
«Deja que te lo enseñe.»
Harry meditó durante una fracción de segundo, y luego escribió una sola
palabra:
«Vale.»
Las páginas del diario comenzaron a pasar, como si estuviera soplando un
fuerte viento, y se detuvieron a mediados del mes de junio. Con la boca abierta,
Harry vio que el pequeño cuadrado asignado al día 13 de junio se convertía en
algo parecido a una minúscula pantalla de televisión. Las manos le temblaban
ligeramente. Levantó el cuaderno para acercar uno de sus ojos a la ventanita, y
antes de que comprendiera lo que sucedía, se estaba inclinando hacia delante.
La ventana se ensanchaba, y sintió que su cuerpo dejaba la cama y era
absorbido por la abertura de la página en un remolino de colores y sombras.
Notó que pisaba tierra firme y se quedó temblando, mientras las formas
borrosas que lo rodeaban se iban definiendo rápidamente.
Enseguida se dio cuenta de dónde estaba. Aquella sala circular con los
retratos de gente dormida era el despacho de Dumbledore, pero no era
Dumbledore quien estaba sentado detrás del escritorio. Un mago de aspecto
delicado, con muchas arrugas y calvo, excepto por algunos pelos blancos, leía
una carta a la luz de una vela. Harry no había visto nunca a aquel hombre.
—Lo siento —dijo con voz trémula—. No quería molestarle...
Pero el mago no levantó la vista. Siguió leyendo, frunciendo el entrecejo
levemente. Harry se acercó más al escritorio y balbució:
—¿Me-me voy?
El mago siguió sin prestarle atención. Ni siquiera parecía que le hubiera
oído. Pensando que tal vez estuviera sordo, Harry levantó la voz.
—Lamento molestarle, me iré ahora mismo —dijo casi a gritos.
Con un suspiro, el mago dobló la carta, se levantó, pasó por delante de
Harry sin mirarlo y fue hasta la ventana a descorrer las cortinas.
El cielo, al otro lado de la ventana, estaba de un color rojo rubí; parecía el
atardecer. El mago volvió al escritorio, se sentó y, mirando a la puerta, se puso
a juguetear con los pulgares.
Harry contempló el despacho. No estaba Fawkes, el fénix, ni los artilugios
metálicos que hacían ruiditos. Aquello era Hogwarts tal como debía ser en los
tiempos de Ryddle, y aquel mago desconocido tenía que ser el director de
entonces, no Dumbledore, y él, Harry, era una especie de fantasma,
completamente invisible para la gente de hacía cincuenta años.
Llamaron a la puerta.
—Entre —dijo el viejo mago con una voz débil.
Un muchacho de unos dieciséis años entró quitándose el sombrero
puntiagudo. En el pecho le brillaba una insignia plateada de prefecto. Era
mucho más alto que Harry pero tenía, como él, el pelo de un negro azabache.
—Ah, Ryddle —dijo el director.
—¿Quería verme, profesor Dippet? —preguntó Ryddle. Parecía azorado.
—Siéntese —indicó Dippet—. Acabo de leer la carta que me envió.
—¡Ah! —exclamó Ryddle, y se sentó, cogiéndose las manos fuertemente.
—Muchacho —dijo Dippet con aire bondadoso—, me temo que no puedo
permitirle quedarse en el colegio durante el verano. Supongo que querrá ir a
casa para pasar las vacaciones...
—No —respondió Ryddle enseguida—, preferiría quedarme en Hogwarts a
regresar a ese..., a ese...
—Según creo, pasa las vacaciones en un orfanato muggle, ¿verdad? —
preguntó Dippet con curiosidad.
—Sí, señor —respondió Ryddle, ruborizándose ligeramente.
—¿Es usted de familia muggle?
—A medias, señor —respondió Ryddle—. De padre muggle y de madre
bruja.
—¿Y tanto uno como otro están...?
—Mi madre murió nada más nacer yo, señor. En el orfanato me dijeron que
había vivido sólo lo suficiente para ponerme nombre: Tom por mi padre, y
Sorvolo por mi abuelo.
Dippet chasqueó la lengua en señal de compasión.
—La cuestión es, Tom —suspiró—, que se podría haber hecho con usted
una excepción, pero en las actuales circunstancias...
—¿Se refiere a los ataques, señor? —dijo Ryddle, y a Harry el corazón le
dio un brinco. Se acercó, porque no quería perderse ni una sílaba de lo que allí
se dijera.
—Exactamente —dijo el director—. Muchacho, tiene que darse cuenta de
lo irresponsable que sería que yo le permitiera quedarse en el castillo al
término del trimestre. Especialmente después de la tragedia..., la muerte de
esa pobre muchacha... Usted estará muchísimo más seguro en el orfanato. De
hecho, el Ministerio de Magia se está planteando cerrar el colegio. No creo que
vayamos a poder localizar al..., descubrir el origen de todos estos sucesos tan
desagradables...
Ryddle abrió más los ojos.
—Señor, si esa persona fuera capturada... Si todo terminara...
—¿Qué quiere decir? —preguntó Dippet, soltando un gallo. Se incorporó
en el asiento—. ¿Ryddle, sabe usted algo sobre esas agresiones?
—No, señor —respondió Ryddle con presteza.
Pero Harry estaba seguro de que aquel «no» era del mismo tipo que el que
él mismo había dado a Dumbledore.
Dippet volvió a hundirse en el asiento, ligeramente decepcionado.
—Puede irse, Tom.
Ryddle se levantó del asiento y salió de la habitación pisando fuerte. Harry
fue tras él.
Bajaron por la escalera de caracol que se movía sola, y salieron al
corredor, que ya iba quedando en penumbra, junto a la gárgola. Ryddle se
detuvo y Harry hizo lo mismo, mirándolo. Le pareció que Ryddle estaba
concentrado: se mordía los labios y tenía la frente fruncida.
Luego, como si hubiera tomado una decisión repentina, salió
precipitadamente, y Harry lo siguió en silencio. No vieron a nadie hasta llegar al
vestíbulo, cuando un mago de gran estatura, con el cabello largo y ondulado de
color castaño rojizo y con barba, llamó a Ryddle desde la escalera de mármol.
—¿Qué hace paseando por aquí tan tarde, Tom?
Harry miró sorprendido al mago. No era otro que Dumbledore, con
cincuenta años menos.
—Tenía que ver al director, señor —respondió Ryddle.
—Bien, pues váyase enseguida a la cama —le dijo Dumbledore,
dirigiéndole a Ryddle la misma mirada penetrante que Harry conocía tan bien—
. Es mejor no andar por los pasillos durante estos días, desde que...
Suspiró hondo, dio las buenas noches a Ryddle y se marchó con paso
decidido. Ryddle esperó que se fuera y a continuación, con rapidez, tomó el
camino de las escaleras de piedra que bajaban a las mazmorras, seguido por
Harry.
Pero, para su decepción, Ryddle no lo condujo a un pasadizo oculto ni a un
túnel secreto, sino a la misma mazmorra en que Snape les daba clase. Como
las antorchas no estaban encendidas y Ryddle había cerrado casi
completamente la puerta, lo único que Harry veía era a Ryddle, que, inmóvil
tras la puerta, vigilaba el corredor que había al otro lado.
A Harry le pareció que permanecían allí al menos una hora. Seguía viendo
únicamente la figura de Ryddle en la puerta, mirando por la rendija,
aguardando inmóvil. Y cuando Harry dejó de sentirse expectante y tenso, y
empezaron a entrarle ganas de volver al presente, oyó que se movía alga al
otro lado de la puerta.
Alguien caminaba por el corredor sigilosamente. Quienquiera que fuese,
pasó ante la mazmorra en la que estaban ocultos él y Ryddle. Éste, silencioso
como una sombra, cruzó la puerta y lo siguió, con Harry detrás, que se ponía
de puntillas, sin recordar que no le podían oír.
Persiguieron los pasos del desconocido durante unos cinco minutos,
cuando de improviso Ryddle se detuvo, inclinando la cabeza hacia el lugar del
que provenían unos ruidos. Harry oyó el chirrido de una puerta y luego a
alguien que hablaba en un ronco susurro.
—Vamos..., te voy a sacar de aquí ahora..., a la caja...
Algo le resultaba conocido en aquella voz.
De repente, Ryddle dobló la esquina de un salto. Harry lo siguió y pudo ver
la silueta de un muchacho alto como un gigante que estaba en cuclillas delante
de una puerta abierta, junto a una caja muy grande.
—Hola, Rubeus —dijo Ryddle con voz seria.
El muchacho cerró la puerta de golpe y se levantó.
—¿Qué haces aquí, Tom?
Ryddle se le acercó.
—Todo ha terminado —dijo—. Voy a tener que entregarte, Rubeus. Dicen
que cerrarán Hogwarts si los ataques no cesan.
—¿Que vas a...?
—No creo que quisieras matar a nadie. Pero los monstruos no son buenas
mascotas. Me imagino que lo dejaste salir para que le diera el aire y...
—¡No ha matado a nadie! —interrumpió el muchachote, retrocediendo
contra la puerta cerrada. Harry oía unos curiosos chasquidos y crujidos
procedentes del otro lado de la puerta.
—Vamos, Rubeus —dijo Ryddle, acercándose aún más—. Los padres de
la chica muerta llegarán mañana. Lo menos que puede hacer Hogwarts es
asegurarse de que lo que mató a su hija sea sacrificado...
—¡No fue él! —gritó el muchacho. Su voz resonaba en el oscuro
corredor—. ¡No sería capaz! ¡Nunca!
—Hazte a un lado —dijo Ryddle, sacando su varita mágica.
Su conjuro iluminó el corredor con un resplandor repentino. La puerta que había detrás del muchacho se abrió con tal fuerza que golpeó contra el muro que había enfrente. Por el hueco salió algo que hizo a Harry proferir un grito que nadie sino él pudo oír.
Un cuerpo grande, peludo, casi a ras de suelo, y una maraña de patas negras, varios ojos resplandecientes y unas pinzas afiladas como navajas... Ryddle levantó de nuevo la varita, pero fue demasiado tarde. El monstruo lo derribó al escabullirse, enfilando a toda velocidad por el corredor y perdiéndose de vista. Ryddle se incorporó, buscando la varita. Consiguió cogerla, pero el muchachón se lanzó sobre él, se la arrancó de las manos y lo tiró de espaldas contra el suelo, al tiempo que gritaba: ¡NOOOOOOOO!
Todo empezó a dar vueltas y la oscuridad se hizo completa. Harry sintió que caía y aterrizó de golpe con los brazos y las piernas extendidos sobre su cama en el dormitorio de Gryffindor, y con el diario de Ryddle abierto sobre el abdomen.
Antes de que pudiera recuperar el aliento, se abrió la puerta del dormitorio y entró Ron.
—¡Estás aquí! —dijo.
Harry se sentó. Estaba sudoroso y temblaba.
—¿Qué pasa? —dijo Ron, preocupado.
—Fue Hagrid, Ron. Hagrid abrió la Cámara de los Secretos hace cincuenta años.
desaparición cuando el resto del colegio regresó a Hogwarts al final de las
vacaciones de Navidad, porque naturalmente todos creyeron que la habían
atacado. Eran tantos los alumnos que se daban una vuelta por la enfermería
tratando de echarle la vista encima, que la señora Pomfrey quitó las cortinas de
su propia cama y las puso en la de Hermione para ahorrarle la vergüenza de
que la vieran con la cara peluda.
Harry y Ron iban a visitarla todas las noches. Cuando comenzó el nuevo
trimestre, le llevaban cada día los deberes.
—Si a mí me hubieran salido bigotes de gato, aprovecharía para descansar
—le dijo Ron una noche, dejando un montón de libros en la mesita que tenía
Hermione junto a la cama.
—No seas tonto, Ron, tengo que mantenerme al día —replicó Hermione
rotundamente. Estaba de mucho mejor humor porque ya le había desaparecido
el pelo de la cara, y los ojos, poco a poco, recuperaban su habitual color marrón—.
¿Tenéis alguna pista nueva? —añadió en un susurro, para que la
señora Pomfrey no pudiera oírla.
—Nada —dijo Harry con tristeza.
—Estaba tan convencido de que era Malfoy... —dijo Ron por centésima
vez.
—¿Qué es eso? —preguntó Harry, señalando algo dorado que sobresalía
debajo de la almohada de Hermione.
—Nada, una tarjeta para desearme que me ponga bien
—dijo Hermione a toda prisa, intentando esconderla, pero Ron fue más
rápido que ella. La sacó, la abrió y leyó en voz alta:
A la señorita Granger deseándole que se recupere muy pronto, de su
preocupado profesor Gilderoy Lockhart, Caballero de tercera clase de
la Orden de Merlín, Miembro Honorario de la Liga para la Defensa
Contra las Fuerzas Oscuras y cinco veces ganador del Premio a la
Sonrisa más Encantadora, otorgado por la revista «Corazón de Bruja».
Ron miró a Hermione con disgusto.
—¿Duermes con esto debajo de la almohada?
Pero Hermione no necesitó responder, porque la señora Pomfrey llegó con
la medicina de la noche.
—¿A que Lockhart es el tío más pelota que has conocido en tu vida? —dijo
Ron a Harry al abandonar la enfermería y empezar a subir hacia la torre de
Gryffindor. Snape les había mandado tantos deberes, que a Harry le parecía
que no los terminaría antes de llegar al sexto curso. Precisamente Ron estaba
diciendo que tenía que haber preguntado a Hermione cuántas colas de rata
había que echar a una poción crecepelo, cuando llegó hasta sus oídos un
arranque de cólera que provenía del piso superior.
—Es Filch —susurró Harry, y subieron deprisa las escaleras y se
detuvieron a escuchar donde no podía verlos.
—Espero que no hayan atacado a nadie más —dijo Ron, alarmado.
Se quedaron inmóviles, con la cabeza inclinada hacia la voz de Filch, que
parecía completamente histérico.
—... aun más trabajo para mí. ¡Fregar toda la noche, como si no tuviera
otra cosa que hacer! No, ésta es la gota que colma el vaso, me voy a ver a
Dumbledore.
Sus pasos se fueron distanciando, y oyeron un portazo a lo lejos.
Asomaron la cabeza por la esquina. Evidentemente, Filch había estado
cubriendo su habitual puesto de vigía; se encontraban de nuevo en el punto en
que habían atacado a la Señora Norris. Buscaron lo que había motivado los
gritos de Filch. Un charco grande de agua cubría la mitad del corredor, y
parecía que continuaba saliendo agua de debajo de la puerta de los aseos de
Myrtle la Llorona. Ahora que los gritos de Filch habían cesado, podían oír los
gemidos de Myrtle resonando a través de las paredes de los aseos.
—¿Qué le pasará ahora? —preguntó Ron.
—Vamos a ver —propuso Harry, y levantándose la túnica por encima de
los tobillos, se metieron en el charco chapoteando, llegaron a la puerta que
exhibía el letrero de «No funciona» y, haciendo caso omiso de la advertencia,
como de costumbre, entraron.
Myrtle la Llorona estaba llorando, si cabía, con más ganas y más
sonoramente que nunca. Parecía estar metida en su retrete habitual. Los aseos
estaban a oscuras, porque las velas se habían apagado con la enorme
cantidad de agua que había dejado el suelo y las paredes empapados.
—¿Qué pasa, Myrtle? —inquirió Harry.
—¿Quién es? —preguntó Myrtle, con tristeza, como haciendo gorgoritos—.
¿Vienes a arrojarme alguna otra cosa?
Harry fue hacia el retrete y le preguntó:
—¿Por qué tendría que hacerlo?
—No sé —gritó Myrtle, provocando al salir del retrete una nueva oleada de
agua que cayó al suelo ya mojado—. Aquí estoy, intentando sobrellevar mis
propios problemas, y todavía hay quien piensa que es divertido arrojarme un
libro...
—Pero si alguien te arroja algo, a ti no te puede doler —razonó Harry—.
Quiero decir, que simplemente te atravesará, ¿no?
Acababa de meter la pata. Myrtle se sintió ofendida y chilló:
—¡Vamos a arrojarle libros a Myrtle, que no puede sentirlo! ¡Diez puntos al
que se lo cuele por el estómago! ¡Cincuenta puntos al que le traspase la
cabeza! ¡Bien, ja, ja, ja! ¡Qué juego tan divertido, pues para mí no lo es!
—Pero ¿quién te lo arrojó? —le preguntó Harry.
—No lo sé... Estaba sentada en el sifón, pensando en la muerte, y me dio
en la cabeza —dijo Myrtle, mirándoles—. Está ahí, empapado.
Harry y Ron miraron debajo del lavabo, donde señalaba Myrtle. Había allí
un libro pequeño y delgado. Tenía las tapas muy gastadas, de color negro, y
estaba tan humedecido como el resto de las cosas que había en los lavabos.
Harry se acercó para cogerlo, pero Ron lo detuvo con el brazo.
—¿Qué pasa? —preguntó Harry.
—¿Estás loco? —dijo Ron—. Podría resultar peligroso.
—¿Peligroso? —dijo Harry, riendo—. Venga, ¿cómo va a resultar
peligroso?
—Te sorprendería saber —dijo Ron, asustado, mirando el librito— que
entre los libros que el Ministerio ha confiscado había uno que les quemó los
ojos. Me lo ha dicho mi padre. Y todos los que han leído Sonetos del hechicero
han hablado en cuartetos y tercetos el resto de su vida. ¡Y una bruja vieja de
Bath tenía un libro que no se podía parar nunca de leer! Uno tenía que andar
por todas partes con el libro delante, intentando hacer las cosas con una sola
mano. Y...
—Vale, ya lo he entendido —dijo Harry. El librito seguía en el suelo,
empapado y misterioso—. Bueno, pero si no le echamos un vistazo, no lo
averiguaremos —dijo y, esquivando a Ron, lo recogió del suelo.
Harry vio al instante que se trataba de un diario, y la desvaída fecha de la
cubierta le indicó que tenía cincuenta años de antigüedad. Lo abrió intrigado.
En la primera página podía leerse, con tinta emborronada, «T.M. Ryddle».
—Espera —dijo Ron, que se había acercado con cuidado y miraba por
encima del hombro de Harry—, ese nombre me suena... T.M. Ryddle ganó un
premio hace cincuenta años por Servicios Especiales al Colegio.
—¿Y cómo sabes eso? —preguntó Harry sorprendido.
—Lo sé porque Filch me hizo limpiar su placa unas cincuenta veces
cuando nos castigaron —dijo Ron con resentimiento—. Precisamente fue
encima de esta placa donde vomité una babosa. Si te hubieras pasado una
hora limpiando un nombre, tú también te acordarías de él.
Harry separó las páginas humedecidas. Estaban en blanco. No había en
ellas el más leve resto de escritura, ni siquiera «cumpleaños de tía Mabel» o
«dentista, a las tres y media».
—No llegó a escribir nada —dijo Harry, decepcionado.
—Me pregunto por qué querría alguien tirarlo al retrete —dijo Ron con
curiosidad.
Harry volvió a mirar las tapas del cuaderno y vio impreso el nombre de un
quiosco de la calle Vauxhall, en Londres.
—Debió de ser de familia muggle —dijo Harry, especulando—, ya que
compró el diario en la calle Vauxhall...
—Bueno, eso da igual —dijo Ron. Luego añadió en voz muy baja—.
Cincuenta puntos si lo pasas por la nariz de Myrtle.
Harry, sin embargo, se lo guardó en el bolsillo.
Hermione salió de la enfermería, sin bigotes, sin cola y sin pelaje, a comienzos
de febrero. La primera noche que pasó en la torre de Gryffindor, Harry le
enseñó el diario de T.M. Ryddle y le contó la manera en que lo habían
encontrado.
—¡Aaah, podría tener poderes ocultos! —dijo con entusiasmo Hermione,
cogiendo el diario y mirándolo de cerca.
—Si los tiene, los oculta muy bien —repuso Ron—. A lo mejor es tímido.
No sé por qué lo guardas, Harry
—Lo que me gustaría saber es por qué alguien intentó tirarlo —dijo Harry—
. Y también me gustaría saber cómo consiguió Ryddle el Premio por Servicios
Especiales.
—Por cualquier cosa —dijo Ron—. A lo mejor acumuló treinta matrículas
de honor en Brujería o salvó a un profesor de los tentáculos de un calamar
gigante. Quizás asesinó a Myrtle, y todo el mundo lo consideró un gran
servicio...
Pero Harry estaba seguro, por la cara de interés que ponía Hermione, de
que ella estaba pensando lo mismo que él.
—¿Qué pasa? —dijo Ron, mirando a uno y a otro.
—Bueno, la Cámara de los Secretos se abrió hace cincuenta años, ¿no?
—explicó Harry—. Al menos, eso nos dijo Malfoy.
—Sí... —admitió Ron.
—Y este diario tiene cincuenta años —dijo Hermione, golpeándolo,
emocionada, con el dedo.
—¿Y?
—Venga, Ron, despierta ya —dijo Hermione bruscamente—. Sabemos que
la persona que abrió la cámara la última vez fue expulsada hace cincuenta
años. Sabemos que a T.M. Ryddle le dieron un premio hace cincuenta años por
Servicios Especiales al Colegio. Bueno, ¿y si a Ryddle le dieron el premio por
atrapar al heredero de Slytherin? En su diario seguramente estará todo
explicado: dónde está la cámara, cómo se abre y qué clase de criatura vive en
ella. La persona que haya cometido las agresiones en esta ocasión no querría
que el diario anduviera por ahí, ¿no?
—Es una teoría brillante, Hermione —dijo Ron—, pero tiene un pequeño
defecto: que no hay nada escrito en el diario.
Pero Hermione sacó su varita mágica de la bolsa.
—¡Podría ser tinta invisible! —susurró.
Y dio tres golpecitos al cuaderno, diciendo:
—¡Aparecium!
Pero no ocurrió nada. Impertérrita, volvió a meter la mano en la bolsa y
sacó lo que parecía una goma de borrar de color rojo.
—Es un revelador, lo compré en el callejón Diagon —dijo ella.
Frotó con fuerza donde ponía «1 de enero». Siguió sin pasar nada.
—Ya te lo decía yo; no hay nada que encontrar aquí —dijo Ron—.
Simplemente, a Ryddle le regalaron un diario por Navidad, pero no se molestó
en rellenarlo.
Harry no podría haber explicado, ni siquiera a sí mismo, por qué no tiraba a la
basura el diario de Ryddle. El caso es que aunque sabía que el diario estaba
en blanco, pasaba las páginas atrás y adelante, concentrado en ellas, como si
contaran una historia que quisiera acabar de leer. Y, aunque estaba seguro de
no haber oído antes el nombre de T.M. Ryddle, le parecía que ese nombre le
decía algo, como si se tratara de un amigo olvidado de la más remota infancia.
Pero era absurdo: no había tenido amigos antes de llegar a Hogwarts, Dudley
se había encargado de eso.
Sin embargo, Harry estaba determinado a averiguar algo más sobre
Ryddle, así que al día siguiente, en el recreo, se dirigió a la sala de trofeos para
examinar el premio especial de Ryddle, acompañado por una Hermione
rebosante de interés y un Ron muy reticente, que les decía que había visto el
premio lo suficiente para recordarlo toda la vida.
La placa de oro bruñido de Ryddle estaba guardada en un armario
esquinero. No decía nada de por qué se lo habían concedido.
—Menos mal —dijo Ron—, porque si lo dijera, la placa sería más grande, y
en el día de hoy aún no habría acabado de sacarle brillo.
Sin embargo, encontraron el nombre de Ryddle en una vieja Medalla al
Mérito Mágico y en una lista de antiguos alumnos que habían recibido el
Premio Anual.
—Me recuerda a Percy —dijo Ron, arrugando con disgusto la nariz—:
prefecto, Premio Anual..., supongo que sería el primero de la clase.
—Lo dices como si fuera algo vergonzoso —señaló Hermione, algo herida.
El sol había vuelto a brillar débilmente sobre Hogwarts. Dentro del castillo, la
gente parecía más optimista. No había vuelto a haber ataques después del
cometido contra Justin y Nick Casi Decapitado, y a la señora Pomfrey le
encantó anunciar que las mandrágoras se estaban volviendo taciturnas y
reservadas, lo que quería decir que rápidamente dejarían atrás la infancia. Una
tarde, Harry oyó que la señora Pomfrey decía a Filch amablemente:
—Cuando se les haya ido el acné, estarán listas para volver a ser
trasplantadas. Y entonces, las cortaremos y las coceremos inmediatamente.
Dentro de poco tendrá a la Señora Norris con usted otra vez.
Harry pensaba que tal vez el heredero de Slytherin se había acobardado.
Cada vez debía de resultar más arriesgado abrir la Cámara de los Secretos,
con el colegio tan alerta y todo el mundo tan receloso. Tal vez el monstruo,
fuera lo que fuera, se disponía a hibernar durante otros cincuenta años.
Ernie Macmillan, de Hufflepuff, no era tan optimista. Seguía convencido de
que Harry era el culpable y que se había delatado en el club de duelo. Peeves
no era precisamente una ayuda, pues iba por los abarrotados corredores
saltando y cantando: «¡Oh, Potter, eres un zote, estás podrido...!», pero ahora
además interpretando un baile al ritmo de la canción.
Gilderoy Lockhart estaba convencido de que era él quien había puesto
freno a los ataques. Harry le oyó exponerlo así ante la profesora McGonagall
mientras los de Gryffindor marchaban en hilera hacia la clase de Transfiguración.
—No creo que volvamos a tener problemas, Minerva —dijo, guiñando un
ojo y dándose golpecitos en la nariz con el dedo, con aire de experto—. Creo
que esta vez la cámara ha quedado bien cerrada. Los culpables se han dado
cuenta de que en cualquier momento yo podía pillarlos y han sido lo bastante
sensatos para detenerse ahora, antes de que cayera sobre ellos... Lo que
ahora necesita el colegio es una inyección de moral, ¡para barrer los recuerdos
del trimestre anterior! No te digo nada más, pero creo que sé qué es exactamente
lo que...
De nuevo se tocó la nariz en prueba de su buen olfato y se alejó con paso
decidido.
La idea que tenía Lockhart de una inyección de moral se hizo patente
durante el desayuno del día 14 de febrero. Harry no había dormido mucho a
causa del entrenamiento de quidditch de la noche anterior y llegó al Gran
Comedor corriendo, algo retrasado. Pensó, por un momento, que se había
equivocado de puerta.
Las paredes estaban cubiertas de flores grandes de un rosa chillón. Y, aún
peor, del techo de color azul pálido caían confetis en forma de corazones.
Harry se fue a la mesa de Gryffindor, en la que estaban Ron, con aire
asqueado, y Hermione, que se reía tontamente.
—¿Qué ocurre? —les preguntó Harry, sentándose y quitándose de encima
el confeti.
Ron, que parecía estar demasiado enojado para hablar, señaló la mesa de
los profesores. Lockhart, que llevaba una túnica de un vivo color rosa que
combinaba con la decoración, reclamaba silencio con las manos. Los
profesores que tenía a ambos lados lo miraban estupefactos. Desde su asiento,
Harry pudo ver a la profesora McGonagall con un tic en la mejilla. Snape tenía
el mismo aspecto que si se hubiera bebido un gran vaso de crecehuesos.
—¡Feliz día de San Valentín! —gritó Lockhart—. ¡Y quiero también dar las
gracias a las cuarenta y seis personas que me han enviado tarjetas! Sí, me he
tomado la libertad de preparar esta pequeña sorpresa para todos vosotros... ¡y
no acaba aquí la cosa!
Lockhart dio una palmada, y por la puerta del vestíbulo entraron una
docena de enanos de aspecto hosco. Pero no enanos así, tal cual; Lockbart les
había puesto alas doradas y además llevaban arpas.
—¡Mis amorosos cupidos portadores de tarjetas! —son—rió Lockhart—.
¡Durante todo el día de hoy recorrerán el colegio ofreciéndoos felicitaciones de
San Valentín! ¡Y la diversión no acaba aquí! Estoy seguro de que mis colegas
querrán compartir el espíritu de este día. ¿Por qué no pedís al profesor Snape
que os enseñe a preparar un filtro amoroso? ¡Aunque el profesor Flitwick, el
muy pícaro, sabe más sobre encantamientos de ese tipo que ningún otro mago
que haya conocido!
El profesor Flitwick se tapó la cara con las manos. Snape parecía
dispuesto a envenenar a la primera persona que se atreviera a pedirle un filtro
amoroso.
—Por favor, Hermione, dime que no has sido una de las cuarenta y seis —
le dijo Ron, cuando abandonaban el Gran Comedor para acudir a la primera
clase. Pero a Hermione de repente le entró la urgencia de buscar el horario en
la bolsa, y no respondió.
Los enanos se pasaron el día interrumpiendo las clases para repartir
tarjetas, ante la irritación de los profesores, y al final de la tarde, cuando los de
Gryffindor subían hacia el aula de Encantamientos, uno de ellos alcanzó a
Harry.
—¡Eh, tú! ¡Harry Potter! —gritó un enano de aspecto particularmente
malhumorado, abriéndose camino a codazos para llegar a donde estaba Harry.
Ruborizándose al pensar que le iba a ofrecer una felicitación de San
Valentín delante de una fila de alumnos de primero, entre los cuales estaba
Ginny Weasley, Harry intentó escabullirse. El enano, sin embargo, se abrió
camino a base de patadas en las espinillas y lo alcanzó antes de que diera dos
pasos.
—Tengo un mensaje musical para entregar a Harry Potter en persona —
dijo, rasgando el arpa de manera pavorosa.
—¡Aquí no! —dijo Harry enfadado, tratando de escapar.
—¡Párate! —gruñó el enano, aferrando a Harry por la bolsa para detenerlo.
—¡Suéltame! —gritó Harry, tirando fuerte.
Tanto tiraron que la bolsa se partió en dos. Los libros, la varita mágica, el
pergamino y la pluma se desparramaron por el suelo, y la botellita de tinta se
rompió encima de todas las demás cosas.
Harry intentó recogerlo todo antes de que el enano comenzara a cantar
ocasionando un atasco en el corredor.
—¿Qué pasa ahí? —Era la voz fría de Draco Malfoy, que hablaba
arrastrando las palabras. Harry intentó febrilmente meterlo todo en la bolsa
rota, desesperado por alejarse antes de que Malfoy pudiera oír su felicitación
musical de San Valentín.
—¿Por qué toda esta conmoción? —dijo otra voz familiar, la de Percy
Weasley, que se acercaba.
A la desesperada, Harry intentó escapar corriendo, pero el enano se le
echó a las rodillas y lo derribó.
—Bien —dijo, sentándose sobre los tobillos de Harry—, ésta es tu canción
de San Valentín:
Tiene los ojos verdes como un sapo en escabeche
y el pelo negro como una pizarra cuando anochece.
Quisiera que fuera mío, porque es glorioso,
el héroe que venció al Señor Tenebroso.
Harry habría dado todo el oro de Gringotts por desvanecerse en aquel
momento. Intentando reírse con todos los demás, se levantó, con los pies
entumecidos por el peso del enano, mientras Percy Weasley hacía lo que podía
para dispersar al montón de chavales, algunos de los cuales estaban llorando
de risa.
—¡Fuera de aquí, fuera! La campana ha sonado hace cinco minutos, a
clase todos ahora mismo —decía, empujando a algunos de los más
pequeños—. Tú también, Malfoy.
Harry vio que Malfoy se agachaba y cogía algo, y con una mirada burlona
se lo enseñaba a Crabbe y Goyle. Harry comprendió que lo que había recogido
era el diario de Ryddle.
—¡Devuélveme eso! —le dijo Harry en voz baja.
—¿Qué habrá escrito aquí Potter? —dijo Malfoy, que obviamente no había
visto la fecha en la cubierta y pensaba que era el diario del propio Harry. Los
espectadores se quedaron en silencio. Ginny miraba alternativamente a Harry y
al diario, aterrorizada.
—Devuélvelo, Malfoy —dijo Percy con severidad.
—Cuando le haya echado un vistazo —dijo Malfoy, burlándose de Harry.
Percy dijo:
—Como prefecto del colegio...
Pero Harry estaba fuera de sus casillas. Sacó su varita mágica y gritó:
—¡Expelliarmus!
Y tal como Snape había desarmado a Lockhart, así Malfoy vio que el diario
se le escapaba a Malfoy de las manos y salía volando. Ron, sonriendo, lo
atrapó.
—¡Harry! —dijo Percy en voz alta—. No se puede hacer magia en los
pasillos. ¡Tendré que informar de esto!
Pero Harry no se preocupó. Le había ganado una a Malfoy, y eso bien
valía cinco puntos de Gryffindor. Malfoy estaba furioso, y cuando Ginny pasó
por su lado para entrar en el aula, le gritó despechado:
—¡Me parece que a Potter no le gustó mucho tu felicitación de San
Valentín!
Ginny se tapé la cara con las manos y entró en clase corriendo. Dando un
gruñido, Ron sacó también su varita mágica, pero Harry se la quitó de un tirón.
Ron no tenía necesidad de pasarse la clase de Encantamientos vomitando
babosas.
Harry no se dio cuenta de que algo raro había ocurrido en el diario de
Ryddle hasta que llegaron a la clase del profesor Flitwick. Todos los demás
libros estaban empapados de tinta roja. El diario, sin embargo, estaba tan
limpio como antes de que la botellita de tinta se hubiera roto. Intentó hacérselo
ver a Ron, pero éste volvía a tener problemas con su varita mágica: de la punta
salían pompas de color púrpura, y él no prestaba atención a nada más.
Aquella noche, Harry fue el primero de su dormitorio en irse a dormir. En parte
fue porque no creía poder soportar a Fred y George cantando: «Tiene los ojos
verdes como un sapo en escabeche» una vez más, y en parte, porque quería
examinar de nuevo el diario de Ryddle, y sabía que Ron opinaba que eso era
una pérdida de tiempo.
Se sentó en la cama y hojeó las páginas en blanco; ninguna tenía la más
ligera mancha de tinta roja. Luego sacó una nueva botellita de tinta del cajón de
la mesita, mojó en ella su pluma y dejó caer una gota en la primera página del
diario.
La tinta brilló intensamente sobre el papel durante un segundo y luego,
como si la hubieran absorbido desde el interior de la página, se desvaneció.
Emocionado, Harry mojó de nuevo la pluma y escribió:
«Mi nombre es Harry Potter.»
Las palabras brillaron un instante en la página y desaparecieron también
sin dejar huella. Entonces ocurrió algo.
Rezumando de la página, en la misma tinta que había utilizado él,
aparecieron unas palabras que Harry no había escrito:
«Hola, Harry Potter. Mi nombre es Tom Ryddle. ¿Cómo ha llegado a tus
manos mi diario?»
Estas palabras también se desvanecieron, pero no antes de que Harry
comenzara de nuevo a escribir:
«Alguien intentó tirarlo por el retrete.»
Aguardó con impaciencia la respuesta de Ryddle.
«Menos mal que registré mis memorias en algo más duradero que la tinta.
Siempre supe que habría gente que no querría que mi diario fuera leído.»
«¿Qué quieres decir?», escribió Harry, emborronando la página debido a
los nervios.
«Quiero decir que este diario da fe de cosas horribles; cosas que fueron
ocultadas; cosas que sucedieron en el Colegio Hogwarts de Magia y
Hechicería.»
«Es donde estoy yo ahora», escribió Harry apresuradamente. «Estoy en
Hogwarts, y también suceden cosas horribles. ¿Sabes algo sobre la Cámara de
los Secretos?»
El corazón le latía violentamente. La réplica de Ryddle no se hizo esperar,
pero la letra se volvió menos clara, como si tuviera prisa por consignar todo
cuanto sabía.
«¡Por supuesto que sé algo sobre la Cámara de los Secretos! En mi época,
nos decían que era sólo una leyenda, que no existía realmente. Pero no era
cierto. Cuando yo estaba en quinto, la cámara se abrió y el monstruo atacó a
varios estudiantes y mató a uno. Yo atrapé a la persona que había abierto la
cámara, y lo expulsaron. Pero el director, el profesor Dippet, avergonzado de
que hubiera sucedido tal cosa en Hogwarts, me prohibió decir la verdad.
Inventaron la historia de que la muchacha había muerto en un espantoso accidente.
A mí me entregaron por mi actuación un trofeo muy bonito y muy
brillante, con unas palabras grabadas, y me recomendaron que mantuviera la
boca cerrada. Pero yo sabía que podía volver a ocurrir. El monstruo sobrevivió,
y el que pudo liberarlo no fue encarcelado.»
En su precipitación por escribir, Harry casi vuelca la botellita de la tinta.
«Ha vuelto a suceder. Ha habido tres ataques y nadie parece saber quién
está detrás. ¿Quién fue en aquella ocasión?»
«Te lo puedo mostrar, si quieres», contestó Ryddle. «No necesitas leer mis
palabras. Podrás ver dentro de mi memoria lo que ocurrió la noche en que lo
capturé.»
Harry dudó, y la pluma se detuvo encima del diario. ¿Qué quería decir
Ryddle? ¿Cómo podía alguien introducirse en la memoria de otro? Miró
asustado la puerta del dormitorio; iba oscureciendo. Cuando retornó la vista al
diario, vio que aparecían unas palabras nuevas:
«Deja que te lo enseñe.»
Harry meditó durante una fracción de segundo, y luego escribió una sola
palabra:
«Vale.»
Las páginas del diario comenzaron a pasar, como si estuviera soplando un
fuerte viento, y se detuvieron a mediados del mes de junio. Con la boca abierta,
Harry vio que el pequeño cuadrado asignado al día 13 de junio se convertía en
algo parecido a una minúscula pantalla de televisión. Las manos le temblaban
ligeramente. Levantó el cuaderno para acercar uno de sus ojos a la ventanita, y
antes de que comprendiera lo que sucedía, se estaba inclinando hacia delante.
La ventana se ensanchaba, y sintió que su cuerpo dejaba la cama y era
absorbido por la abertura de la página en un remolino de colores y sombras.
Notó que pisaba tierra firme y se quedó temblando, mientras las formas
borrosas que lo rodeaban se iban definiendo rápidamente.
Enseguida se dio cuenta de dónde estaba. Aquella sala circular con los
retratos de gente dormida era el despacho de Dumbledore, pero no era
Dumbledore quien estaba sentado detrás del escritorio. Un mago de aspecto
delicado, con muchas arrugas y calvo, excepto por algunos pelos blancos, leía
una carta a la luz de una vela. Harry no había visto nunca a aquel hombre.
—Lo siento —dijo con voz trémula—. No quería molestarle...
Pero el mago no levantó la vista. Siguió leyendo, frunciendo el entrecejo
levemente. Harry se acercó más al escritorio y balbució:
—¿Me-me voy?
El mago siguió sin prestarle atención. Ni siquiera parecía que le hubiera
oído. Pensando que tal vez estuviera sordo, Harry levantó la voz.
—Lamento molestarle, me iré ahora mismo —dijo casi a gritos.
Con un suspiro, el mago dobló la carta, se levantó, pasó por delante de
Harry sin mirarlo y fue hasta la ventana a descorrer las cortinas.
El cielo, al otro lado de la ventana, estaba de un color rojo rubí; parecía el
atardecer. El mago volvió al escritorio, se sentó y, mirando a la puerta, se puso
a juguetear con los pulgares.
Harry contempló el despacho. No estaba Fawkes, el fénix, ni los artilugios
metálicos que hacían ruiditos. Aquello era Hogwarts tal como debía ser en los
tiempos de Ryddle, y aquel mago desconocido tenía que ser el director de
entonces, no Dumbledore, y él, Harry, era una especie de fantasma,
completamente invisible para la gente de hacía cincuenta años.
Llamaron a la puerta.
—Entre —dijo el viejo mago con una voz débil.
Un muchacho de unos dieciséis años entró quitándose el sombrero
puntiagudo. En el pecho le brillaba una insignia plateada de prefecto. Era
mucho más alto que Harry pero tenía, como él, el pelo de un negro azabache.
—Ah, Ryddle —dijo el director.
—¿Quería verme, profesor Dippet? —preguntó Ryddle. Parecía azorado.
—Siéntese —indicó Dippet—. Acabo de leer la carta que me envió.
—¡Ah! —exclamó Ryddle, y se sentó, cogiéndose las manos fuertemente.
—Muchacho —dijo Dippet con aire bondadoso—, me temo que no puedo
permitirle quedarse en el colegio durante el verano. Supongo que querrá ir a
casa para pasar las vacaciones...
—No —respondió Ryddle enseguida—, preferiría quedarme en Hogwarts a
regresar a ese..., a ese...
—Según creo, pasa las vacaciones en un orfanato muggle, ¿verdad? —
preguntó Dippet con curiosidad.
—Sí, señor —respondió Ryddle, ruborizándose ligeramente.
—¿Es usted de familia muggle?
—A medias, señor —respondió Ryddle—. De padre muggle y de madre
bruja.
—¿Y tanto uno como otro están...?
—Mi madre murió nada más nacer yo, señor. En el orfanato me dijeron que
había vivido sólo lo suficiente para ponerme nombre: Tom por mi padre, y
Sorvolo por mi abuelo.
Dippet chasqueó la lengua en señal de compasión.
—La cuestión es, Tom —suspiró—, que se podría haber hecho con usted
una excepción, pero en las actuales circunstancias...
—¿Se refiere a los ataques, señor? —dijo Ryddle, y a Harry el corazón le
dio un brinco. Se acercó, porque no quería perderse ni una sílaba de lo que allí
se dijera.
—Exactamente —dijo el director—. Muchacho, tiene que darse cuenta de
lo irresponsable que sería que yo le permitiera quedarse en el castillo al
término del trimestre. Especialmente después de la tragedia..., la muerte de
esa pobre muchacha... Usted estará muchísimo más seguro en el orfanato. De
hecho, el Ministerio de Magia se está planteando cerrar el colegio. No creo que
vayamos a poder localizar al..., descubrir el origen de todos estos sucesos tan
desagradables...
Ryddle abrió más los ojos.
—Señor, si esa persona fuera capturada... Si todo terminara...
—¿Qué quiere decir? —preguntó Dippet, soltando un gallo. Se incorporó
en el asiento—. ¿Ryddle, sabe usted algo sobre esas agresiones?
—No, señor —respondió Ryddle con presteza.
Pero Harry estaba seguro de que aquel «no» era del mismo tipo que el que
él mismo había dado a Dumbledore.
Dippet volvió a hundirse en el asiento, ligeramente decepcionado.
—Puede irse, Tom.
Ryddle se levantó del asiento y salió de la habitación pisando fuerte. Harry
fue tras él.
Bajaron por la escalera de caracol que se movía sola, y salieron al
corredor, que ya iba quedando en penumbra, junto a la gárgola. Ryddle se
detuvo y Harry hizo lo mismo, mirándolo. Le pareció que Ryddle estaba
concentrado: se mordía los labios y tenía la frente fruncida.
Luego, como si hubiera tomado una decisión repentina, salió
precipitadamente, y Harry lo siguió en silencio. No vieron a nadie hasta llegar al
vestíbulo, cuando un mago de gran estatura, con el cabello largo y ondulado de
color castaño rojizo y con barba, llamó a Ryddle desde la escalera de mármol.
—¿Qué hace paseando por aquí tan tarde, Tom?
Harry miró sorprendido al mago. No era otro que Dumbledore, con
cincuenta años menos.
—Tenía que ver al director, señor —respondió Ryddle.
—Bien, pues váyase enseguida a la cama —le dijo Dumbledore,
dirigiéndole a Ryddle la misma mirada penetrante que Harry conocía tan bien—
. Es mejor no andar por los pasillos durante estos días, desde que...
Suspiró hondo, dio las buenas noches a Ryddle y se marchó con paso
decidido. Ryddle esperó que se fuera y a continuación, con rapidez, tomó el
camino de las escaleras de piedra que bajaban a las mazmorras, seguido por
Harry.
Pero, para su decepción, Ryddle no lo condujo a un pasadizo oculto ni a un
túnel secreto, sino a la misma mazmorra en que Snape les daba clase. Como
las antorchas no estaban encendidas y Ryddle había cerrado casi
completamente la puerta, lo único que Harry veía era a Ryddle, que, inmóvil
tras la puerta, vigilaba el corredor que había al otro lado.
A Harry le pareció que permanecían allí al menos una hora. Seguía viendo
únicamente la figura de Ryddle en la puerta, mirando por la rendija,
aguardando inmóvil. Y cuando Harry dejó de sentirse expectante y tenso, y
empezaron a entrarle ganas de volver al presente, oyó que se movía alga al
otro lado de la puerta.
Alguien caminaba por el corredor sigilosamente. Quienquiera que fuese,
pasó ante la mazmorra en la que estaban ocultos él y Ryddle. Éste, silencioso
como una sombra, cruzó la puerta y lo siguió, con Harry detrás, que se ponía
de puntillas, sin recordar que no le podían oír.
Persiguieron los pasos del desconocido durante unos cinco minutos,
cuando de improviso Ryddle se detuvo, inclinando la cabeza hacia el lugar del
que provenían unos ruidos. Harry oyó el chirrido de una puerta y luego a
alguien que hablaba en un ronco susurro.
—Vamos..., te voy a sacar de aquí ahora..., a la caja...
Algo le resultaba conocido en aquella voz.
De repente, Ryddle dobló la esquina de un salto. Harry lo siguió y pudo ver
la silueta de un muchacho alto como un gigante que estaba en cuclillas delante
de una puerta abierta, junto a una caja muy grande.
—Hola, Rubeus —dijo Ryddle con voz seria.
El muchacho cerró la puerta de golpe y se levantó.
—¿Qué haces aquí, Tom?
Ryddle se le acercó.
—Todo ha terminado —dijo—. Voy a tener que entregarte, Rubeus. Dicen
que cerrarán Hogwarts si los ataques no cesan.
—¿Que vas a...?
—No creo que quisieras matar a nadie. Pero los monstruos no son buenas
mascotas. Me imagino que lo dejaste salir para que le diera el aire y...
—¡No ha matado a nadie! —interrumpió el muchachote, retrocediendo
contra la puerta cerrada. Harry oía unos curiosos chasquidos y crujidos
procedentes del otro lado de la puerta.
—Vamos, Rubeus —dijo Ryddle, acercándose aún más—. Los padres de
la chica muerta llegarán mañana. Lo menos que puede hacer Hogwarts es
asegurarse de que lo que mató a su hija sea sacrificado...
—¡No fue él! —gritó el muchacho. Su voz resonaba en el oscuro
corredor—. ¡No sería capaz! ¡Nunca!
—Hazte a un lado —dijo Ryddle, sacando su varita mágica.
Su conjuro iluminó el corredor con un resplandor repentino. La puerta que había detrás del muchacho se abrió con tal fuerza que golpeó contra el muro que había enfrente. Por el hueco salió algo que hizo a Harry proferir un grito que nadie sino él pudo oír.
Un cuerpo grande, peludo, casi a ras de suelo, y una maraña de patas negras, varios ojos resplandecientes y unas pinzas afiladas como navajas... Ryddle levantó de nuevo la varita, pero fue demasiado tarde. El monstruo lo derribó al escabullirse, enfilando a toda velocidad por el corredor y perdiéndose de vista. Ryddle se incorporó, buscando la varita. Consiguió cogerla, pero el muchachón se lanzó sobre él, se la arrancó de las manos y lo tiró de espaldas contra el suelo, al tiempo que gritaba: ¡NOOOOOOOO!
Todo empezó a dar vueltas y la oscuridad se hizo completa. Harry sintió que caía y aterrizó de golpe con los brazos y las piernas extendidos sobre su cama en el dormitorio de Gryffindor, y con el diario de Ryddle abierto sobre el abdomen.
Antes de que pudiera recuperar el aliento, se abrió la puerta del dormitorio y entró Ron.
—¡Estás aquí! —dijo.
Harry se sentó. Estaba sudoroso y temblaba.
—¿Qué pasa? —dijo Ron, preocupado.
—Fue Hagrid, Ron. Hagrid abrió la Cámara de los Secretos hace cincuenta años.
Capitulo 12. La poción «multijugos»
Dejaron la escalera de piedra y la profesora McGonagall llamó a la puerta. Ésta
se abrió silenciosamente y entraron. La profesora McGonagall pidió a Harry
que esperara y lo dejó solo.
Harry miró a su alrededor. Una cosa era segura: de todos los despachos
de profesores que había visitado aquel año, el de Dumbledore era, con mucho,
el más interesante. Si no hubiera tenido tanto miedo a ser expulsado del
colegio, habría disfrutado observando todo aquello.
Era una sala circular, grande y hermosa, en la que se oía multitud de leves
y curiosos sonidos. Sobre las mesas de patas largas y finísimas había chismes
muy extraños que hacían ruiditos y echaban pequeñas bocanadas de humo.
Las paredes aparecían cubiertas de retratos de antiguos directores, hombres y
mujeres, que dormitaban encerrados en los marcos. Había también un gran
escritorio con pies en forma de zarpas, y detrás de él, en un estante, un
sombrero de mago ajado y roto: era el Sombrero Seleccionador.
Harry dudó. Echó un cauteloso vistazo a los magos y brujas que había en
las paredes. Seguramente no haría ningún mal poniéndoselo de nuevo. Sólo
para ver si..., sólo para asegurarse de que lo había colocado en la casa
correcta.
Se acercó sigilosamente al escritorio, cogió el sombrero del estante y se lo
puso despacio en la cabeza. Era demasiado grande y se le caía sobre los ojos,
igual que en la anterior ocasión en que se lo había puesto. Harry esperó pero
no pasó nada. Luego, una sutil voz le dijo al oído:
—¿No te lo puedes quitar de la cabeza, eh, Harry Potter?
—Mmm, no —respondió Harry—. Esto..., lamento molestarte, pero quería
preguntarte...
—Te has estado preguntando si yo te había mandado a la casa acertada
—dijo acertadamente el sombrero—. Sí..., tú fuiste bastante difícil de colocar.
Pero mantengo lo que dije... aunque —Harry contuvo la respiración— podrías
haber ido a Slytherin.
El corazón le dio un vuelco. Cogió el sombrero por la punta y se lo quitó.
Quedó colgando de su mano, mugriento y ajado. Algo mareado, lo dejó de
nuevo en el estante.
—Te equivocas —dijo en voz alta al inmóvil y silencioso sombrero. Éste no
se movió. Harry se separó un poco, sin dejar de mirarlo. Entonces, un ruido
como de arcadas le hizo volverse completamente.
No estaba solo. Sobre una percha dorada detrás de la puerta, había un
pájaro de aspecto decrépito que parecía un pavo medio desplumado. Harry lo
miró, y el pájaro le devolvió una mirada torva, emitiendo de nuevo su particular
ruido. Parecía muy enfermo. Tenía los ojos apagados y, mientras Harry lo
miraba, se le cayeron otras dos plumas de la cola.
Estaba pensando en que lo único que le faltaba es que el pájaro de
Dumbledore se muriera mientras estaba con él a solas en el despacho, cuando
el pájaro comenzó a arder.
Harry profirió un grito de horror y retrocedió hasta el escritorio. Buscó por si
hubiera cerca un vaso con agua, pero no vio ninguno. El pájaro, mientras tanto,
se había convertido en una bola de fuego; emitió un fuerte chillido, y un instante
después no quedaba de él más que un montoncito humeante de cenizas en el
suelo.
La puerta del despacho se abrió. Entró Dumbledore, con aspecto sombrío.
—Profesor —dijo Harry nervioso—, su pájaro..., no pude hacer nada...,
acaba de arder...
Para sorpresa de Harry, Dumbledore sonrió.
—Ya era hora —dijo—. Hace días que tenía un aspecto horroroso. Yo le
decía que se diera prisa.
Se rió de la cara atónita que ponía Harry.
—Fawkes es un fénix, Harry. Los fénix se prenden fuego cuando les llega
el momento de morir, y luego renacen de sus cenizas. Mira...
Harry dirigió la vista hacia la percha a tiempo de ver un pollito diminuto y
arrugado que asomaba la cabeza por entre las cenizas. Era igual de feo que el
antiguo.
—Es una pena que lo hayas tenido que ver el día en que ha ardido —dijo
Dumbledore, sentándose detrás del escritorio—. La mayor parte del tiempo es
realmente precioso, con sus plumas rojas y doradas. Fascinantes criaturas, los
fénix. Pueden transportar cargas muy pesadas, sus lágrimas tienen poderes
curativos y son mascotas muy fieles.
Con el susto del incendio de Fawkes, Harry se había olvidado del motivo
por el que se encontraba allí, pero lo recordó en cuanto Dumbledore se sentó
en su silla de respaldo alto, detrás del escritorio, y fijó en él sus ojos
penetrantes, de color azul claro.
Sin embargo, antes de que el director pudiera decir otra palabra, la puerta
se abrió de improviso e irrumpió Hagrid en el despacho con expresión
desesperada, el pasamontañas mal colocado sobre su pelo negro, y el gallo
muerto sujeto aún en una mano.
—¡No fue Harry, profesor Dumbledore! —dijo Hagrid deprisa—. Yo hablaba
con él segundos antes de que hallaran al muchacho, señor, él no tuvo tiempo...
Dumbledore trató de decir algo, pero Hagrid seguía hablando, agitando el
gallo en su desesperación y esparciendo las plumas por todas partes.
—... No puede haber sido él, lo juraré ante el ministro de Magia si es
necesario...
—Hagrid, yo...
—Usted se confunde de chico, yo sé que Harry nunca...
—¡Hagrid! —dijo Dumbledore con voz potente—, yo no creo que Harry
atacara a esas personas.
—¿Ah, no? —dijo Hagrid, y el gallo dejó de balancearse a su lado—.
Bueno, en ese caso, esperaré fuera, señor director.
Y, con cierto embarazo, salió del despacho.
—¿Usted no cree que fui yo, profesor? —repitió Harry esperanzado,
mientras Dumbledore limpiaba la mesa de plumas.
—No, Harry —dijo Dumbledore, aunque su rostro volvía a
ensombrecerse—. Pero aun así quiero hablar contigo.
Harry aguardó con ansia mientras Dumbledore lo miraba, juntando las
yemas de sus largos dedos.
—Quiero preguntarte, Harry, si hay algo que te gustaría contarme —dijo
con amabilidad—. Lo que sea.
Harry no supo qué decir. Pensó en Malfoy gritando: «¡Los próximos seréis
los sangre sucia!», y en la poción multijugos, que hervía a fuego lento en los
aseos de Myrtle la Llorona. Luego pensó en la voz que no salía de ningún sitio,
oída en dos ocasiones, y recordó lo que Ron le había dicho: «Oír voces que
nadie más puede oír no es buena señal, ni siquiera en el mundo de los
magos.» Pensó, también, en lo que todo el mundo comentaba sobre él, y en su
creciente temor a estar de alguna manera relacionado con Salazar Slytherin...
—No —respondió Harry—, no tengo nada que contarle.
La doble agresión contra Justin y Nick Casi Decapitado convirtió en auténtico
pánico lo que hasta aquel momento había sido inquietud. Curiosamente, resultó
ser el destino de Nick Casi Decapitado lo que preocupaba más a la gente. Se
preguntaban unos a otros qué era lo que podía hacer aquello a un fantasma;
qué terrible poder podía afectar a alguien que ya estaba muerto. La gente se
apresuró a reservar sitio en el expreso de Hogwarts para volver a casa en
Navidad.
—Si sigue así la cosa, sólo nos quedaremos nosotros —dijo Ron a Harry y
Hermione—. Nosotros, Malfoy, Crabbe y Goyle. Serán unas vacaciones
deliciosas.
Crabbe y Goyle, que siempre hacían lo mismo que Malfoy, habían firmado
también para quedarse en vacaciones. Pero Harry estaba contento de que la
mayor parte de la gente se fuera. Estaba harto de que se hicieran a un lado
cuando circulaba por los pasillos, como si fueran a salirle colmillos o a escupir
veneno; harto de que a su paso los demás murmuraran, le señalaran y
hablaran en voz baja.
Fred y George, sin embargo, encontraban todo aquello muy divertido. Le
salían al paso y marchaban delante de él por los corredores gritando:
—Abran paso al heredero de Slytherin, aquí llega el brujo malvado de
veras...
Percy desaprobaba tajantemente este comportamiento.
—No es asunto de risa —decía con frialdad.
—Quítate del camino, Percy —decía Fred—. Harry tiene prisa.
—Sí, va a la Cámara de los Secretos a tomar el té con su colmilludo
sirviente —decía George, riéndose.
Ginny tampoco lo encontraba divertido.
—¡Ah, no! —gemía cada vez que Fred preguntaba a Harry a quién
planeaba atacar a continuación, o cuando, al encontrarse con Harry, George
hacía como que se protegía de Harry con un gran diente de ajo.
A Harry no le importaba; incluso le aliviaba que Fred y George pensaran
que la idea del heredero de Slytherin era para tomársela a guasa. Pero sus
payasadas parecían enervar a Draco Malfoy, que se amargaba más cada vez
que los veía con aquel pitorreo.
—Eso es porque está rabiando de ganas de decir que es él —dijo Ron
sentenciosamente—. Ya sabéis cómo aborrece que se le gane en cualquier
cosa, y tú te estás llevando toda la gloria de su sucio trabajo.
—No durante mucho tiempo —dijo Hermione en tono satisfecho—. La
poción multijugos ya está casi lista. Cualquier día revelaremos la verdad sobre
él.
Por fin concluyó el trimestre, y sobre el colegio cayó un silencio tan vasto como
la nieve en los campos. Más que lúgubre, a Harry le pareció tranquilizador, y se
alegró de que él, Hermione y los Weasley pudieran gobernar la torre de
Gryffindor, lo que quería decir que podían jugar al snap explosivo dando voces
y sin molestar a nadie, o podían batirse en privado. Fred, George y Ginny
habían preferido quedarse en el colegio a ir a visitar a Bill a Egipto con sus
padres. Percy, que desaprobaba lo que llamaba su infantil comportamiento, no
pasaba mucho tiempo en la sala común de Gryffindor. Ya les había dicho en
tono presuntuoso que se quedaba en Navidad porque era el deber de un
prefecto ayudar a los profesores durante los períodos difíciles.
Amaneció el día de Navidad, frío y blanco. Hermione despertó temprano a
Harry y Ron, los únicos que quedaban en aquel dormitorio. Iba ya vestida y
llevaba regalos para ambos.
—¡Despertad! —dijo en voz alta, abriendo las cortinas de la ventana.
—Hermione..., sabes que no puedes entrar aquí —dijo Ron, protegiéndose
los ojos de la luz.
—Feliz Navidad a ti también —le dijo Hermione, arrojándole su regalo—.
Me he levantado hace casi una hora, para añadir más crisopos a la poción. Ya
está lista.
Harry se sentó en la cama, despertando por completo de repente.
—¿Estás segura?
—Del todo —dijo Hermione, apartando a la rata Scabbers para poder
sentarse a los pies de la cama—. Si nos decidimos a hacerlo, creo que tendría
que ser esta noche.
En aquel momento, Hedwig aterrizó en el dormitorio, llevando en el pico un
paquete muy pequeño.
—Hola —dijo contento Harry, cuando la lechuza se posó en su cama—,
¿me hablas de nuevo?
La lechuza le picó en la oreja de manera afectuosa, gesto que resultó ser
mucho mejor regalo que el que le llevaba, que era de los Dursley. Éstos le
enviaban un mondadientes y una nota en la que le pedían que averiguara si
podría quedarse en Hogwarts también durante las vacaciones de verano.
El resto de los regalos de Navidad de Harry fueron bastante más
generosos. Hagrid le enviaba un bote grande de caramelos de café con leche
que Harry decidió ablandar al fuego antes de comérselos; Ron le regaló un libro
titulado Volando con los Cannons, que trataba de hechos interesantes de su
equipo favorito de quidditch; y Hermione le había comprado una lujosa pluma
de águila para escribir. Harry abrió el último regalo y encontró un jersey nuevo,
tejido a mano por la señora Weasley, y un plumcake. Cogió la tarjeta con un
renovado sentimiento de culpa, acordándose del coche del señor Weasley, que
no habían vuelto a ver desde la colisión con el sauce boxeador, y de la
cantidad de infracciones que habían planeado para el futuro inmediato.
Nadie podía dejar de asistir a la comida de Navidad en Hogwarts, aunque
estuviera atemorizado por tener que tomar luego la poción multijugos.
El Gran Comedor relucía por todas partes. No sólo había una docena de
árboles de Navidad cubiertos de escarcha, y gruesas serpentinas de acebo y
muérdago que se entrecruzaban en el techo, sino que de lo alto caía nieve
mágica, cálida y seca. Cantaron villancicos, y Dumbledore los dirigió en
algunos de sus favoritos. Hagrid gritaba más fuerte a cada copa de ponche que
tomaba. Percy, que no se había dado cuenta de que Fred le había encantado
su insignia de prefecto, en la que ahora podía leerse «Cabeza de Chorlito», no
paraba de preguntar a todos de qué se reían. Harry ni siquiera se preocupaba
por los insidiosos comentarios que desde la mesa de Slytherin hacía Draco
Malfoy, en voz alta, sobre su nuevo jersey. Con un poco de suerte, Malfoy
recibiría su merecido unas horas después.
Harry y Ron apenas habían terminado su tercer trozo de tarta de Navidad,
cuando Hermione les hizo salir del salón con ella para ultimar los planes para la
noche.
—Aún nos falta conseguir algo de las personas en que os vais a convertir
—dijo Hermione sin darle importancia, como si los enviara al supermercado a
comprar detergente—. Y, desde luego, lo mejor será que podáis conseguir algo
de Crabbe y de Goyle; como son los mejores amigos de Malfoy, él les contaría
cualquier cosa. Y también tenemos que asegurarnos de que los verdaderos
Crabbe y Goyle no aparecen mientras lo interrogamos.
»Lo tengo todo solucionado —siguió ella tranquilamente y sin hacer caso
de las caras atónitas de Harry y Ron. Les enseñó dos pasteles redondos de
chocolate—. Los he rellenado con una simple pócima para dormir. Todo lo que
tenéis que hacer es aseguraros de que Crabbe y Goyle los encuentran. Ya
sabéis lo glotones que son; seguro que se los tragan. Cuando estén dormidos,
los esconderemos en uno de los armarios de la limpieza y les arrancaremos
unos pelos.
Harry y Ron se miraron incrédulos.
—Hermione, no creo...
—Podría salir muy mal...
Pero Hermione los miró con expresión severa, como la que habían visto a
veces adoptar a la profesora McGonagall.
—La poción no nos servirá de nada si no tenemos unos pelos de Crabbe y
Goyle —dijo con severidad—. Queréis interrogar a Malfoy, ¿no?
—De acuerdo, de acuerdo —dijo Harry—. Pero ¿y tú? ¿A quién se lo vas a
arrancar tú?
—¡Yo ya tengo el mío! —dijo Hermione alegre, sacando una botellita
diminuta de un bolsillo y enseñándoles un único pelo que había dentro de
ella—. ¿Os acordáis de que me batí con Millicent Bulstrode en el club de
duelo? ¡Al estrangularme se dejó esto en mi túnica! Y se ha ido a su casa a
pasar las Navidades. Así que lo único que tengo que decirles a los de Slytherin
es que he decidido volver.
Al marcharse Hermione corriendo para ver cómo iba la poción multijugos,
Ron se volvió hacia Harry con una expresión fatídica.
—¿Habías oído alguna vez un plan en el que pudieran salir mal tantas
cosas?
Pero, para sorpresa de Harry y de Ron, la primera fase de la operación resultó
tan sencilla como Hermione había supuesto. Se escondieron en el vacío
vestíbulo después de la merienda de Navidad, esperando a Crabbe y a Goyle,
que se habían quedado solos en la mesa de Slytherin, acometiendo cuatro
porciones de bizcocho. Harry había dejado los pasteles de chocolate en el
extremo del pasamanos. Al ver a Crabbe y Goyle salir del Gran Comedor,
Harry y Ron se ocultaron rápidamente detrás de una armadura, junto a la
puerta principal.
—¿Cuánto puede llegar uno a engordar? —susurró Ron entusiasmado al
ver que Crabbe, lleno de alegría, señalaba a Goyle los pasteles y los cogía.
Sonriendo de forma estúpida, se metieron los pasteles enteros en la boca. Los
masticaron glotonamente durante un momento, poniendo cara de triunfo.
Luego, sin el más leve cambio en la expresión, se desplomaron de espaldas en
el suelo.
Lo más difícil fue arrastrarlos hasta el armario, al otro lado del vestíbulo. En
cuanto los tuvieron bien escondidos entre las fregonas y los calderos, Harry
arrancó un par de pelos como cerdas, de los que Goyle tenía bien avanzada la
frente, y Ron arrancó a Crabbe también algunos. Les cogieron asimismo los
zapatos, porque los suyos eran demasiado pequeños para el tamaño de los
pies de Crabbe y Goyle. Luego, todavía aturdidos por lo que acababan de
hacer, corrieron hasta los aseos de Myrtle la Llorona.
Apenas podían ver nada a través del espeso humo negro que salía del
retrete en que Hermione estaba removiendo el caldero. Subiéndose las túnicas
para taparse la cara, Harry y Ron llamaron suavemente a la puerta.
—¿Hermione?
Se oyó el chirrido del cerrojo y salió Hermione, con la cara sudorosa y una
mirada inquieta. Tras ella se oía el gluglu de la poción que hervía, espesa como
melaza. Sobre la taza del retrete había tres vasos de cristal ya preparados.
Harry sacó el pelo de Goyle.
—Bien. Y yo he cogido estas túnicas de la lavandería —dijo Hermione,
enseñándoles una pequeña bolsa—. Necesitaréis tallas mayores cuando os
hayáis convertido en Crabbe y Goyle.
Los tres miraron el caldero. Vista de cerca, la poción parecía barro espeso
y oscuro que borboteaba lentamente.
—Estoy segura de que lo he hecho todo bien —dijo Hermione, releyendo
nerviosamente la manchada página de Moste Potente Potions—. Parece que
es tal como dice el libro... En cuanto la hayamos bebido, dispondremos de una
hora antes de volver a convertirnos en nosotros mismos.
—¿Qué se hace ahora? —murmuró Ron.
—La separamos en los tres vasos y echamos los pelos. Hermione sirvió en
cada vaso una cantidad considerable de poción. Luego, con mano temblorosa,
trasladó el pelo de Millicent Bulstrode de la botella al primero de los vasos.
La poción emitió un potente silbido, como el de una olla a presión, y
empezó a salir muchísima espuma. Al cabo de un segundo, se había vuelto de
un amarillo asqueroso.
—Aggg..., esencia de Millicent Bulstrode —dijo Ron, mirándolo con
aversión—. Apuesto a que tiene un sabor repugnante.
—Echad los vuestros, venga —les dijo Hermione.
Harry metió el pelo de Goyle en el vaso del medio, y Ron, el pelo de
Crabbe en el último. Una y otra poción silbaron y echaron espuma, la de Goyle
se volvió del color caqui de los mocos, y la de Crabbe, de un marrón oscuro y
turbio.
—Esperad —dijo Harry, cuando Ron y Hermione cogieron sus vasos—.
Será mejor que no los bebamos aquí juntos los tres: al convertirnos en Crabbe
y Goyle ya no estaremos delgados. Y Millicent Bulstrode tampoco es una
sílfide.
—Bien pensado —dijo Ron, abriendo la puerta—. Vayamos a retretes
separados.
Con mucho cuidado para no derramar una gota de poción multijugos, Harry
pasó al del medio.
—¿Listos? —preguntó.
—Listos —le contestaron las voces de Ron y Hermione.
—A la una, a las dos, a las tres...
Tapándose la nariz, Harry se bebió la poción en dos grandes tragos. Sabía
a col muy cocida.
Inmediatamente, se le empezaron a retorcer las tripas como si acabara de
tragarse serpientes vivas. Se encogió y temió ponerse malo. Luego, un ardor
surgido del estómago se le extendió rápidamente hasta las puntas de los dedos
de manos y pies. Jadeando, se puso a cuatro patas y tuvo la horrible sensación
de estarse derritiendo al notar que la piel de todo el cuerpo le quemaba como
cera caliente, y antes de que los ojos y las manos le empezaran a crecer, los
dedos se le hincharon, las uñas se le ensancharon y los nudillos se le abultaron
como tuercas. Los hombros se le separaron dolorosamente, y un picor en la
frente le indicó que el pelo se le caía sobre las cejas. Se le rasgó la túnica al
ensanchársele el pecho como un barril que reventara los cinchos. Los pies le
dolían dentro de unos zapatos cuatro números menos de su medida...
Todo concluyó tan repentinamente como había comenzado. Harry se
encontró tendido boca abajo, sobre el frío suelo de piedra, oyendo a Myrtle
sollozar de tristeza al fondo de los aseos. Con dificultad, se desprendió de los
zapatos y se puso de pie. O sea que así se sentía uno siendo Goyle. Con una
gran mano temblorosa se desprendió de su antigua túnica, que le quedaba a
un palmo de los tobillos, se puso la otra y se abrochó los zapatos de Goyle, que
eran como barcas. Se llevó una mano a la frente para retirarse el pelo de los
ojos, y se encontró sólo con unos pelos cortos, como cerdas, que le nacían en
la misma frente. Entonces comprendió que las gafas le nublaban la vista,
porque obviamente Goyle no las necesitaba. Se las quitó y preguntó:
—¿Estáis bien? —De su boca surgió la voz baja y áspera de Goyle.
—Sí —contestó, proveniente de su derecha, el gruñido de Crabbe.
Harry abrió su puerta y se acercó al espejo quebrado. Goyle le devolvió la
mirada con ojos apagados y hundidos en las cuencas. Harry se rascó una
oreja, tal como hacía Goyle.
Se abrió la puerta de Ron. Se miraron. Salvo por estar pálido y asustado,
Ron era idéntico a Crabbe en todo, desde el pelo cortado con tazón hasta los
largos brazos de gorila.
—Es increíble —dijo Ron, acercándose al espejo y pinchando con el dedo
la nariz chata de Crabbe—. Increíble.
—Mejor que nos vayamos —dijo Harry, aflojándose el reloj que oprimía la
gruesa muñeca de Goyle—. Aún tenemos que averiguar dónde se encuentra la
sala común de Slytherin. Espero que demos con alguien a quien podamos
seguir hasta allí.
Ron dijo, contemplando a Harry:
—No sabes lo raro que se me hace ver a Goyle pensando.
Golpeó en la puerta de Hermione.
—Vamos, tenemos que irnos... Una voz aguda le contestó:
—Me... me temo que no voy a poder ir. Id vosotros sin mí.
—Hermione, ya sabemos que Millicent Bulstrode es fea, nadie va a saber
que eres tú.
—No, de verdad... no puedo ir. Daos prisa vosotros, no perdáis tiempo.
Harry miró a Ron, desconcertado.
—Pareces Goyle —dijo Ron—. Siempre pone esta cara cuando un
profesor pregunta.
—Hermione, ¿estás bien? —preguntó Harry a través de la puerta.
—Sí, estoy bien... Marchaos.
Harry miró el reloj. Ya habían transcurrido cinco de sus preciosos sesenta
minutos.
—Espera aquí hasta que volvamos, ¿vale? —dijo él.
Harry y Ron abrieron con cuidado la puerta de los lavabos, comprobaron
que no había nadie a la vista y salieron.
—No muevas así los brazos —susurró Harry a Ron.
—¿Eh?
—Crabbe los mantiene rígidos...
—¿Así?
—Sí, mucho mejor.
Bajaron por la escalera de mármol. Lo que necesitaban en aquel momento
era a alguien de Slytherin a quien pudieran seguir hasta la sala común, pero no
había nadie por allí.
—¿Tienes alguna idea? —susurró Harry.
—Cuando los de Slytherin bajan a desayunar, creo que vienen de por allí
—dijo Ron, señalando con un gesto de la cabeza la entrada de las mazmorras.
Apenas lo había terminado de decir, cuando una chica de pelo largo rizado
salió de la entrada.
—Perdona —le dijo Ron, yendo deprisa hacia ella—, se nos ha olvidado
por dónde se va a nuestra sala común.
—Me parece que no os entiendo —dijo la chica muy tiesa—. ¿Nuestra sala
común? Yo soy de Ravenclaw.
Y se alejó, volviendo recelosa la vista hacia ellos.
Harry y Ron bajaron corriendo los escalones de piedra y se internaron en la
oscuridad. Sus pasos resonaban muy fuerte cuando los grandes pies de
Crabbe y Goyle golpeaban contra el suelo, pero temían que la cosa no
resultara tan fácil como se habían imaginado.
Los laberínticos corredores estaban desiertos. Fueron bajando más y más
pisos, mirando constantemente sus relojes para comprobar el tiempo que les
quedaba. Después de un cuarto de hora, cuando ya estaban empezando a
desesperarse, oyeron un ruido delante.
—¡Eh! —exclamó Ron, emocionado—. ¡Uno de ellos!
La figura salía de una sala lateral. Sin embargo, después de acercarse a
toda prisa, se les cayó el alma a los pies: no se trataba de nadie de Slytherin,
era Percy.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Ron, con sorpresa. Percy lo miró
ofendido.
—Eso —contestó fríamente— no es asunto de tu incumbencia. Tú eres
Crabbe, ¿no?
—Eh... sí —respondió Ron.
—Bueno, id a vuestros dormitorios —dijo Percy con severidad—. En estos
días no es muy prudente merodear por los corredores.
—Pues tú lo haces —señaló Ron.
—Yo —dijo Percy, dándose importancia— soy un prefecto. Nadie va a
atacarme.
Repentinamente, resonó una voz detrás de Harry y Ron. Draco Malfoy
caminaba hacia ellos, y por primera vez en su vida, a Harry le encantó verlo.
—Estáis ahí —dijo él, mirándolos—. ¿Os habéis pasado todo el tiempo en
el Gran Comedor, poniéndoos como cerdos? Os estaba buscando, quería
enseñaros algo realmente divertido.
Malfoy echó una mirada fulminante a Percy.
—¿Y qué haces tú aquí, Weasley? —le preguntó con aire despectivo.
Percy se ofendió aún más.
—¡Tendrías que mostrar un poco más de respeto a un prefecto! —dijo—.
¡No me gusta ese tono!
Malfoy lo miró despectivamente e indicó a Harry y a Ron que lo siguieran.
A Harry casi se le escapa disculparse ante Percy, pero se dio cuenta justo atiempo. Él y Ron salieron a toda prisa detrás de Malfoy, que les decía, mientras
tomaban el siguiente corredor:
—Ese Peter Weasley...
—Percy —le corrigió automáticamente Ron.
—Como sea —dijo Malfoy—. He notado que últimamente entra y sale
mucho por aquí, a hurtadillas. Y apuesto a que sé qué es lo que pasa. Cree
que va a pillar al heredero de Slytherin él solito.
Lanzó una risotada breve y burlona. Harry y Ron se cambiaron miradas de
emoción.
Malfoy se detuvo ante un trecho de muro descubierto y lleno de humedad.
—¿Cuál es la nueva contraseña? —preguntó a Harry.
—Eh... —dijo éste.
—¡Ah, ya! «¡Sangre limpia!» —dijo Malfoy, sin escuchar, y se abrió una
puerta de piedra disimulada en la pared. Malfoy la cruzó y Harry y Ron lo
siguieron.
La sala común de Slytherin era una sala larga, semisubterránea, con los
muros y el techo de piedra basta. Varias lámparas de color verdoso colgaban
del techo mediante cadenas. Enfrente de ellos, debajo de la repisa labrada de
la chimenea, crepitaba la hoguera, y contra ella se recortaban las siluetas de
algunos miembros de la casa Slytherin, acomodados en sillas de estilo muy
recargado.
—Esperad aquí —dijo Malfoy a Harry y Ron, indicándoles un par de sillas
vacías separadas del fuego—. Voy a traerlo. Mi padre me lo acaba de enviar.
Preguntándose qué era lo que Malfoy iba a enseñarles, Harry y Ron se
sentaron, intentando aparentar que se encontraban en su casa.
Malfoy volvió al cabo de un minuto, con lo que parecía un recorte de
periódico. Se lo puso a Ron debajo de la nariz.
—Te vas a reír con esto —dijo.
Harry vio que Ron abría los ojos, asustado. Leyó deprisa el recorte, rió muy
forzadamente y pasó el papel a Harry.
Era de El Profeta, y decía:
INVESTIGACIÓN EN EL MINISTERIO DE MAGIA
Arthur Weasley, director del Departamento Contra el Uso Indebido de
la Magia, ha sido multado hoy con cincuenta galeones por embrujar un
automóvil muggle.
El señor Lucius Malfoy, miembro del Consejo Escolar del Colegio
Hogwarts de Magia, en donde el citado coche embrujado se estrelló a
comienzos del presente curso, ha pedido hoy la dimisión del señor
Weasley.
«Weasley ha manchado la reputación del Ministerio», declaró el
señor Malfoy a nuestro enviado. «Es evidente que no es la persona
adecuada para redactar nuestras leyes, y su ridícula Ley de defensa
de los muggles debería ser retirada inmediatamente.»
El señor Weasley no ha querido hacer declaraciones, si bien su
esposa amenazó a los periodistas diciéndoles que si no se marchaban,
les arrojaría el fantasma de la familia.
—¿Y bien? —dijo Malfoy impaciente, cuando Harry le devolvió el recorte—.
¿No os parece divertido?
—Ja, ja —rió Harry lúgubremente.
—Arthur Weasley tiene tanto cariño a los muggles que debería romper su
varita mágica e irse con ellos —dijo Malfoy desdeñosamente—. Por la manera
en que se comportan, nadie diría que los Weasley son de sangre limpia.
A Ron (o, más bien, a Crabbe) se le contorsionaba la cara de la rabia.
—¿Qué te pasa, Crabbe? —dijo Malfoy bruscamente.
—Me duele el estómago —gruñó Ron.
—Bueno, pues id a la enfermería y dadles a todos esos sangre sucia una
patada de mi parte —dijo Malfoy, riéndose—. ¿Sabéis qué? Me sorprende que
El Profeta aún no haya dicho nada de todos esos ataques —continuó diciendo
pensativamente—. Supongo que Dumbledore está tapándolo todo. Si no para
la cosa pronto, tendrá que dimitir. Mi padre dice siempre que la dirección de
Dumbledore es lo peor que le ha ocurrido nunca a este colegio. Le gustan los
que vienen de familia muggle. Un director decente no habría admitido nunca
una basura como el Creevey ése.
Malfoy empezó a sacar fotos con una cámara imaginaria, imitando a Colin,
cruel pero acertadamente.
—Potter, ¿puedo sacarte una foto, Potter? ¿Me concedes un autógrafo?
¿Puedo lamerte los zapatos, Potter, por favor?
Bajó las manos y se quedó mirando a Harry y a Ron.
—¿Qué os pasa a vosotros dos?
Demasiado tarde, Harry y Ron se rieron a la fuerza; sin embargo, Malfoy
pareció satisfecho. Quizá Crabbe y Goyle fueran siempre lentos para
comprender las gracias.
—San Potter, el amigo de los sangre sucia —dijo Malfoy lentamente—. Ése
es otro de los que no tienen verdadero sentimiento de mago, de lo contrario no
iría por ahí con esa sangre sucia presuntuosa que es Granger. ¡Y se creen que
él es el heredero de Slytherin!
Harry y Ron estaban con el corazón en un puño; quizás a Malfoy le
faltaban unos segundos para decirles que el heredero era él. Pero en aquel
momento...
—Me gustaría saber quién es —dijo Malfoy, petulante—. Podría ayudarle.
A Ron se le quedó la boca abierta, de manera que la cara de Crabbe
parecía aún más idiota de lo usual. Afortunadamente, Malfoy no se dio cuenta,
y Harry, pensando rápido, dijo:
—Tienes que tener una idea de quién hay detrás de todo esto.
—Ya sabes que no, Goyle, ¿cuántas veces tengo que decírtelo? —dijo
Malfoy bruscamente—. Y mi padre tampoco quiere contarme nada sobre la
última vez que se abrió la Cámara de los Secretos. Aunque sucedió hace
cincuenta años, y por tanto antes de su época, él lo sabe todo sobre aquello,
pero dice que la cosa se mantuvo en secreto y asegura que resultaría
sospechoso si yo supiera demasiado. Pero sé algo: la última vez que se abrió
la Cámara de los Secretos, murió un sangre sucia. Así que supongo que sólo
es cuestión de tiempo que muera otro esta vez... Espero que sea Granger —
dijo con deleite.
Ron apretaba los grandes puños de Crabbe. Dándose cuenta de que todo
se echaría a perder si pegaba a Malfoy, Harry le dirigió una mirada de aviso y
dijo:
—¿Sabes si cogieron al que abrió la cámara la última vez?
—Sí... Quienquiera que fuera, lo expulsaron —dijo Malfoy—. Aún debe de
estar en Azkaban.
—¿En Azkaban? —preguntó Harry, sin entender.
—Claro, en Azkaban, la prisión mágica, Goyle —dijo Malfoy, mirándole, sin
dar crédito a su torpeza—. La verdad es que si fueras más lento irías para
atrás.
Se movió nervioso en su silla y dijo:
—Mi padre dice que tengo que mantenerme al margen y dejar que el
heredero de Slytherin haga su trabajo. Dice que el colegio tiene que librarse de
toda esa infecta sangre sucia, pero que yo no debo mezclarme. Naturalmente,
él ya tiene bastantes problemas por el momento. ¿Sabéis que el Ministerio de
Magia registró nuestra casa la semana pasada? —Harry intentó que la
inexpresiva cara de Goyle expresara algo de preocupación—. Sí... —dijo
Malfoy—. Por suerte, no encontraron gran cosa. Mi padre posee algunos
objetos de Artes Oscuras muy valiosos. Pero afortunadamente nosotros
también tenemos nuestra propia cámara secreta debajo del suelo del salón.
—¡Ah! —exclamó Ron.
Malfoy lo miró. Harry hizo lo mismo. Ron se puso rojo, incluso el pelo se le
volvió un poco rojo. También se le alargó la nariz. La hora de que disponían
llegaba a su fin, de forma que Ron estaba empezando a convertirse en sí
mismo, y a juzgar por la mirada de horror que dirigía a Harry, a éste le estaba
sucediendo lo mismo.
Se pusieron de pie de un salto.
—Necesito algo para el estómago —gruñó Ron, y sin más preámbulos
echaron a correr a lo largo de la sala común de Slytherin, lanzándose contra el
muro de piedra y metiéndose por el corredor, y deseando desesperadamente
que Malfoy no se hubiera dado cuenta de nada. Harry podía notarse los pies
sueltos dentro de los grandes zapatos de Goyle, y tuvo que levantarse los
bajos de la túnica al hacerse más pequeño. Subieron los escalones y llegaron
al oscuro vestíbulo de entrada, en que se oían los sordos golpes que llegaban
del armario en que habían encerrado a Crabbe y Goyle. Dejando los zapatos
junto a la puerta del armario, subieron corriendo en calcetines hasta los lavabos
de Myrtle la Llorona.
—Bueno, no ha sido completamente inútil —dijo Ron, cerrando tras ellos la
puerta de los aseos—. Ya sé que todavía no hemos averiguado quién ha
cometido las agresiones, pero mañana voy a escribir a mi padre para decirle
que miren debajo del salón de Malfoy.
Harry se miró la cara en el espejo roto. Volvía a la normalidad. Se puso las
gafas mientras Ron llamaba a la puerta del retrete de Hermione.
—Hermione, sal, tenemos muchas cosas que contarte.
—¡Marchaos! —chilló Hermione.
Harry y Ron se miraron el uno al otro.
—¿Qué pasa? —dijo Ron—. Tienes que estar a punto de volver a la
normalidad, nosotros ya...
Pero Myrtle la Llorona salió de repente atravesando la puerta del retrete.
Harry nunca la había visto tan contenta.
—¡Aaaaaaaah, ya la veréis! —dijo—. ¡Es horrible!
Oyeron descorrerse el cerrojo, y Hermione salió, sollozando, tapándose la
cara con la túnica.
—¿Qué pasa? —preguntó Ron, vacilante—. ¿Todavía te queda la nariz de
Millicent o algo así?
Hermione se descubrió la cara y Ron retrocedió hasta darse en los riñones
con un lavabo.
Tenía la cara cubierta de pelo negro. Los ojos se le habían puesto
amarillos y unas orejas puntiagudas le sobresalían de la cabeza.
—¡Era un pelo de gato! —maulló—. ¡Mi-Millicent Bulstrode debe de tener
un gato! ¡Y la poción no está pensada para transformarse en animal!
—¡Eh, vaya! —exclamó Ron.
—Todos se van a reír de ti —dijo Myrtle, muy contenta.
—No te preocupes, Hermione —se apresuró a decir Harry—. Te
llevaremos a la enfermería. La señora Pomfrey no hace nunca demasiadas
preguntas...
Les costó mucho trabajo convencer a Hermione de que saliera de los
aseos. Myrtle la Llorona los siguió riéndose con ganas.
—¡Pues ya verás cuando todos se enteren de que tienes cola!
se abrió silenciosamente y entraron. La profesora McGonagall pidió a Harry
que esperara y lo dejó solo.
Harry miró a su alrededor. Una cosa era segura: de todos los despachos
de profesores que había visitado aquel año, el de Dumbledore era, con mucho,
el más interesante. Si no hubiera tenido tanto miedo a ser expulsado del
colegio, habría disfrutado observando todo aquello.
Era una sala circular, grande y hermosa, en la que se oía multitud de leves
y curiosos sonidos. Sobre las mesas de patas largas y finísimas había chismes
muy extraños que hacían ruiditos y echaban pequeñas bocanadas de humo.
Las paredes aparecían cubiertas de retratos de antiguos directores, hombres y
mujeres, que dormitaban encerrados en los marcos. Había también un gran
escritorio con pies en forma de zarpas, y detrás de él, en un estante, un
sombrero de mago ajado y roto: era el Sombrero Seleccionador.
Harry dudó. Echó un cauteloso vistazo a los magos y brujas que había en
las paredes. Seguramente no haría ningún mal poniéndoselo de nuevo. Sólo
para ver si..., sólo para asegurarse de que lo había colocado en la casa
correcta.
Se acercó sigilosamente al escritorio, cogió el sombrero del estante y se lo
puso despacio en la cabeza. Era demasiado grande y se le caía sobre los ojos,
igual que en la anterior ocasión en que se lo había puesto. Harry esperó pero
no pasó nada. Luego, una sutil voz le dijo al oído:
—¿No te lo puedes quitar de la cabeza, eh, Harry Potter?
—Mmm, no —respondió Harry—. Esto..., lamento molestarte, pero quería
preguntarte...
—Te has estado preguntando si yo te había mandado a la casa acertada
—dijo acertadamente el sombrero—. Sí..., tú fuiste bastante difícil de colocar.
Pero mantengo lo que dije... aunque —Harry contuvo la respiración— podrías
haber ido a Slytherin.
El corazón le dio un vuelco. Cogió el sombrero por la punta y se lo quitó.
Quedó colgando de su mano, mugriento y ajado. Algo mareado, lo dejó de
nuevo en el estante.
—Te equivocas —dijo en voz alta al inmóvil y silencioso sombrero. Éste no
se movió. Harry se separó un poco, sin dejar de mirarlo. Entonces, un ruido
como de arcadas le hizo volverse completamente.
No estaba solo. Sobre una percha dorada detrás de la puerta, había un
pájaro de aspecto decrépito que parecía un pavo medio desplumado. Harry lo
miró, y el pájaro le devolvió una mirada torva, emitiendo de nuevo su particular
ruido. Parecía muy enfermo. Tenía los ojos apagados y, mientras Harry lo
miraba, se le cayeron otras dos plumas de la cola.
Estaba pensando en que lo único que le faltaba es que el pájaro de
Dumbledore se muriera mientras estaba con él a solas en el despacho, cuando
el pájaro comenzó a arder.
Harry profirió un grito de horror y retrocedió hasta el escritorio. Buscó por si
hubiera cerca un vaso con agua, pero no vio ninguno. El pájaro, mientras tanto,
se había convertido en una bola de fuego; emitió un fuerte chillido, y un instante
después no quedaba de él más que un montoncito humeante de cenizas en el
suelo.
La puerta del despacho se abrió. Entró Dumbledore, con aspecto sombrío.
—Profesor —dijo Harry nervioso—, su pájaro..., no pude hacer nada...,
acaba de arder...
Para sorpresa de Harry, Dumbledore sonrió.
—Ya era hora —dijo—. Hace días que tenía un aspecto horroroso. Yo le
decía que se diera prisa.
Se rió de la cara atónita que ponía Harry.
—Fawkes es un fénix, Harry. Los fénix se prenden fuego cuando les llega
el momento de morir, y luego renacen de sus cenizas. Mira...
Harry dirigió la vista hacia la percha a tiempo de ver un pollito diminuto y
arrugado que asomaba la cabeza por entre las cenizas. Era igual de feo que el
antiguo.
—Es una pena que lo hayas tenido que ver el día en que ha ardido —dijo
Dumbledore, sentándose detrás del escritorio—. La mayor parte del tiempo es
realmente precioso, con sus plumas rojas y doradas. Fascinantes criaturas, los
fénix. Pueden transportar cargas muy pesadas, sus lágrimas tienen poderes
curativos y son mascotas muy fieles.
Con el susto del incendio de Fawkes, Harry se había olvidado del motivo
por el que se encontraba allí, pero lo recordó en cuanto Dumbledore se sentó
en su silla de respaldo alto, detrás del escritorio, y fijó en él sus ojos
penetrantes, de color azul claro.
Sin embargo, antes de que el director pudiera decir otra palabra, la puerta
se abrió de improviso e irrumpió Hagrid en el despacho con expresión
desesperada, el pasamontañas mal colocado sobre su pelo negro, y el gallo
muerto sujeto aún en una mano.
—¡No fue Harry, profesor Dumbledore! —dijo Hagrid deprisa—. Yo hablaba
con él segundos antes de que hallaran al muchacho, señor, él no tuvo tiempo...
Dumbledore trató de decir algo, pero Hagrid seguía hablando, agitando el
gallo en su desesperación y esparciendo las plumas por todas partes.
—... No puede haber sido él, lo juraré ante el ministro de Magia si es
necesario...
—Hagrid, yo...
—Usted se confunde de chico, yo sé que Harry nunca...
—¡Hagrid! —dijo Dumbledore con voz potente—, yo no creo que Harry
atacara a esas personas.
—¿Ah, no? —dijo Hagrid, y el gallo dejó de balancearse a su lado—.
Bueno, en ese caso, esperaré fuera, señor director.
Y, con cierto embarazo, salió del despacho.
—¿Usted no cree que fui yo, profesor? —repitió Harry esperanzado,
mientras Dumbledore limpiaba la mesa de plumas.
—No, Harry —dijo Dumbledore, aunque su rostro volvía a
ensombrecerse—. Pero aun así quiero hablar contigo.
Harry aguardó con ansia mientras Dumbledore lo miraba, juntando las
yemas de sus largos dedos.
—Quiero preguntarte, Harry, si hay algo que te gustaría contarme —dijo
con amabilidad—. Lo que sea.
Harry no supo qué decir. Pensó en Malfoy gritando: «¡Los próximos seréis
los sangre sucia!», y en la poción multijugos, que hervía a fuego lento en los
aseos de Myrtle la Llorona. Luego pensó en la voz que no salía de ningún sitio,
oída en dos ocasiones, y recordó lo que Ron le había dicho: «Oír voces que
nadie más puede oír no es buena señal, ni siquiera en el mundo de los
magos.» Pensó, también, en lo que todo el mundo comentaba sobre él, y en su
creciente temor a estar de alguna manera relacionado con Salazar Slytherin...
—No —respondió Harry—, no tengo nada que contarle.
La doble agresión contra Justin y Nick Casi Decapitado convirtió en auténtico
pánico lo que hasta aquel momento había sido inquietud. Curiosamente, resultó
ser el destino de Nick Casi Decapitado lo que preocupaba más a la gente. Se
preguntaban unos a otros qué era lo que podía hacer aquello a un fantasma;
qué terrible poder podía afectar a alguien que ya estaba muerto. La gente se
apresuró a reservar sitio en el expreso de Hogwarts para volver a casa en
Navidad.
—Si sigue así la cosa, sólo nos quedaremos nosotros —dijo Ron a Harry y
Hermione—. Nosotros, Malfoy, Crabbe y Goyle. Serán unas vacaciones
deliciosas.
Crabbe y Goyle, que siempre hacían lo mismo que Malfoy, habían firmado
también para quedarse en vacaciones. Pero Harry estaba contento de que la
mayor parte de la gente se fuera. Estaba harto de que se hicieran a un lado
cuando circulaba por los pasillos, como si fueran a salirle colmillos o a escupir
veneno; harto de que a su paso los demás murmuraran, le señalaran y
hablaran en voz baja.
Fred y George, sin embargo, encontraban todo aquello muy divertido. Le
salían al paso y marchaban delante de él por los corredores gritando:
—Abran paso al heredero de Slytherin, aquí llega el brujo malvado de
veras...
Percy desaprobaba tajantemente este comportamiento.
—No es asunto de risa —decía con frialdad.
—Quítate del camino, Percy —decía Fred—. Harry tiene prisa.
—Sí, va a la Cámara de los Secretos a tomar el té con su colmilludo
sirviente —decía George, riéndose.
Ginny tampoco lo encontraba divertido.
—¡Ah, no! —gemía cada vez que Fred preguntaba a Harry a quién
planeaba atacar a continuación, o cuando, al encontrarse con Harry, George
hacía como que se protegía de Harry con un gran diente de ajo.
A Harry no le importaba; incluso le aliviaba que Fred y George pensaran
que la idea del heredero de Slytherin era para tomársela a guasa. Pero sus
payasadas parecían enervar a Draco Malfoy, que se amargaba más cada vez
que los veía con aquel pitorreo.
—Eso es porque está rabiando de ganas de decir que es él —dijo Ron
sentenciosamente—. Ya sabéis cómo aborrece que se le gane en cualquier
cosa, y tú te estás llevando toda la gloria de su sucio trabajo.
—No durante mucho tiempo —dijo Hermione en tono satisfecho—. La
poción multijugos ya está casi lista. Cualquier día revelaremos la verdad sobre
él.
Por fin concluyó el trimestre, y sobre el colegio cayó un silencio tan vasto como
la nieve en los campos. Más que lúgubre, a Harry le pareció tranquilizador, y se
alegró de que él, Hermione y los Weasley pudieran gobernar la torre de
Gryffindor, lo que quería decir que podían jugar al snap explosivo dando voces
y sin molestar a nadie, o podían batirse en privado. Fred, George y Ginny
habían preferido quedarse en el colegio a ir a visitar a Bill a Egipto con sus
padres. Percy, que desaprobaba lo que llamaba su infantil comportamiento, no
pasaba mucho tiempo en la sala común de Gryffindor. Ya les había dicho en
tono presuntuoso que se quedaba en Navidad porque era el deber de un
prefecto ayudar a los profesores durante los períodos difíciles.
Amaneció el día de Navidad, frío y blanco. Hermione despertó temprano a
Harry y Ron, los únicos que quedaban en aquel dormitorio. Iba ya vestida y
llevaba regalos para ambos.
—¡Despertad! —dijo en voz alta, abriendo las cortinas de la ventana.
—Hermione..., sabes que no puedes entrar aquí —dijo Ron, protegiéndose
los ojos de la luz.
—Feliz Navidad a ti también —le dijo Hermione, arrojándole su regalo—.
Me he levantado hace casi una hora, para añadir más crisopos a la poción. Ya
está lista.
Harry se sentó en la cama, despertando por completo de repente.
—¿Estás segura?
—Del todo —dijo Hermione, apartando a la rata Scabbers para poder
sentarse a los pies de la cama—. Si nos decidimos a hacerlo, creo que tendría
que ser esta noche.
En aquel momento, Hedwig aterrizó en el dormitorio, llevando en el pico un
paquete muy pequeño.
—Hola —dijo contento Harry, cuando la lechuza se posó en su cama—,
¿me hablas de nuevo?
La lechuza le picó en la oreja de manera afectuosa, gesto que resultó ser
mucho mejor regalo que el que le llevaba, que era de los Dursley. Éstos le
enviaban un mondadientes y una nota en la que le pedían que averiguara si
podría quedarse en Hogwarts también durante las vacaciones de verano.
El resto de los regalos de Navidad de Harry fueron bastante más
generosos. Hagrid le enviaba un bote grande de caramelos de café con leche
que Harry decidió ablandar al fuego antes de comérselos; Ron le regaló un libro
titulado Volando con los Cannons, que trataba de hechos interesantes de su
equipo favorito de quidditch; y Hermione le había comprado una lujosa pluma
de águila para escribir. Harry abrió el último regalo y encontró un jersey nuevo,
tejido a mano por la señora Weasley, y un plumcake. Cogió la tarjeta con un
renovado sentimiento de culpa, acordándose del coche del señor Weasley, que
no habían vuelto a ver desde la colisión con el sauce boxeador, y de la
cantidad de infracciones que habían planeado para el futuro inmediato.
Nadie podía dejar de asistir a la comida de Navidad en Hogwarts, aunque
estuviera atemorizado por tener que tomar luego la poción multijugos.
El Gran Comedor relucía por todas partes. No sólo había una docena de
árboles de Navidad cubiertos de escarcha, y gruesas serpentinas de acebo y
muérdago que se entrecruzaban en el techo, sino que de lo alto caía nieve
mágica, cálida y seca. Cantaron villancicos, y Dumbledore los dirigió en
algunos de sus favoritos. Hagrid gritaba más fuerte a cada copa de ponche que
tomaba. Percy, que no se había dado cuenta de que Fred le había encantado
su insignia de prefecto, en la que ahora podía leerse «Cabeza de Chorlito», no
paraba de preguntar a todos de qué se reían. Harry ni siquiera se preocupaba
por los insidiosos comentarios que desde la mesa de Slytherin hacía Draco
Malfoy, en voz alta, sobre su nuevo jersey. Con un poco de suerte, Malfoy
recibiría su merecido unas horas después.
Harry y Ron apenas habían terminado su tercer trozo de tarta de Navidad,
cuando Hermione les hizo salir del salón con ella para ultimar los planes para la
noche.
—Aún nos falta conseguir algo de las personas en que os vais a convertir
—dijo Hermione sin darle importancia, como si los enviara al supermercado a
comprar detergente—. Y, desde luego, lo mejor será que podáis conseguir algo
de Crabbe y de Goyle; como son los mejores amigos de Malfoy, él les contaría
cualquier cosa. Y también tenemos que asegurarnos de que los verdaderos
Crabbe y Goyle no aparecen mientras lo interrogamos.
»Lo tengo todo solucionado —siguió ella tranquilamente y sin hacer caso
de las caras atónitas de Harry y Ron. Les enseñó dos pasteles redondos de
chocolate—. Los he rellenado con una simple pócima para dormir. Todo lo que
tenéis que hacer es aseguraros de que Crabbe y Goyle los encuentran. Ya
sabéis lo glotones que son; seguro que se los tragan. Cuando estén dormidos,
los esconderemos en uno de los armarios de la limpieza y les arrancaremos
unos pelos.
Harry y Ron se miraron incrédulos.
—Hermione, no creo...
—Podría salir muy mal...
Pero Hermione los miró con expresión severa, como la que habían visto a
veces adoptar a la profesora McGonagall.
—La poción no nos servirá de nada si no tenemos unos pelos de Crabbe y
Goyle —dijo con severidad—. Queréis interrogar a Malfoy, ¿no?
—De acuerdo, de acuerdo —dijo Harry—. Pero ¿y tú? ¿A quién se lo vas a
arrancar tú?
—¡Yo ya tengo el mío! —dijo Hermione alegre, sacando una botellita
diminuta de un bolsillo y enseñándoles un único pelo que había dentro de
ella—. ¿Os acordáis de que me batí con Millicent Bulstrode en el club de
duelo? ¡Al estrangularme se dejó esto en mi túnica! Y se ha ido a su casa a
pasar las Navidades. Así que lo único que tengo que decirles a los de Slytherin
es que he decidido volver.
Al marcharse Hermione corriendo para ver cómo iba la poción multijugos,
Ron se volvió hacia Harry con una expresión fatídica.
—¿Habías oído alguna vez un plan en el que pudieran salir mal tantas
cosas?
Pero, para sorpresa de Harry y de Ron, la primera fase de la operación resultó
tan sencilla como Hermione había supuesto. Se escondieron en el vacío
vestíbulo después de la merienda de Navidad, esperando a Crabbe y a Goyle,
que se habían quedado solos en la mesa de Slytherin, acometiendo cuatro
porciones de bizcocho. Harry había dejado los pasteles de chocolate en el
extremo del pasamanos. Al ver a Crabbe y Goyle salir del Gran Comedor,
Harry y Ron se ocultaron rápidamente detrás de una armadura, junto a la
puerta principal.
—¿Cuánto puede llegar uno a engordar? —susurró Ron entusiasmado al
ver que Crabbe, lleno de alegría, señalaba a Goyle los pasteles y los cogía.
Sonriendo de forma estúpida, se metieron los pasteles enteros en la boca. Los
masticaron glotonamente durante un momento, poniendo cara de triunfo.
Luego, sin el más leve cambio en la expresión, se desplomaron de espaldas en
el suelo.
Lo más difícil fue arrastrarlos hasta el armario, al otro lado del vestíbulo. En
cuanto los tuvieron bien escondidos entre las fregonas y los calderos, Harry
arrancó un par de pelos como cerdas, de los que Goyle tenía bien avanzada la
frente, y Ron arrancó a Crabbe también algunos. Les cogieron asimismo los
zapatos, porque los suyos eran demasiado pequeños para el tamaño de los
pies de Crabbe y Goyle. Luego, todavía aturdidos por lo que acababan de
hacer, corrieron hasta los aseos de Myrtle la Llorona.
Apenas podían ver nada a través del espeso humo negro que salía del
retrete en que Hermione estaba removiendo el caldero. Subiéndose las túnicas
para taparse la cara, Harry y Ron llamaron suavemente a la puerta.
—¿Hermione?
Se oyó el chirrido del cerrojo y salió Hermione, con la cara sudorosa y una
mirada inquieta. Tras ella se oía el gluglu de la poción que hervía, espesa como
melaza. Sobre la taza del retrete había tres vasos de cristal ya preparados.
Harry sacó el pelo de Goyle.
—Bien. Y yo he cogido estas túnicas de la lavandería —dijo Hermione,
enseñándoles una pequeña bolsa—. Necesitaréis tallas mayores cuando os
hayáis convertido en Crabbe y Goyle.
Los tres miraron el caldero. Vista de cerca, la poción parecía barro espeso
y oscuro que borboteaba lentamente.
—Estoy segura de que lo he hecho todo bien —dijo Hermione, releyendo
nerviosamente la manchada página de Moste Potente Potions—. Parece que
es tal como dice el libro... En cuanto la hayamos bebido, dispondremos de una
hora antes de volver a convertirnos en nosotros mismos.
—¿Qué se hace ahora? —murmuró Ron.
—La separamos en los tres vasos y echamos los pelos. Hermione sirvió en
cada vaso una cantidad considerable de poción. Luego, con mano temblorosa,
trasladó el pelo de Millicent Bulstrode de la botella al primero de los vasos.
La poción emitió un potente silbido, como el de una olla a presión, y
empezó a salir muchísima espuma. Al cabo de un segundo, se había vuelto de
un amarillo asqueroso.
—Aggg..., esencia de Millicent Bulstrode —dijo Ron, mirándolo con
aversión—. Apuesto a que tiene un sabor repugnante.
—Echad los vuestros, venga —les dijo Hermione.
Harry metió el pelo de Goyle en el vaso del medio, y Ron, el pelo de
Crabbe en el último. Una y otra poción silbaron y echaron espuma, la de Goyle
se volvió del color caqui de los mocos, y la de Crabbe, de un marrón oscuro y
turbio.
—Esperad —dijo Harry, cuando Ron y Hermione cogieron sus vasos—.
Será mejor que no los bebamos aquí juntos los tres: al convertirnos en Crabbe
y Goyle ya no estaremos delgados. Y Millicent Bulstrode tampoco es una
sílfide.
—Bien pensado —dijo Ron, abriendo la puerta—. Vayamos a retretes
separados.
Con mucho cuidado para no derramar una gota de poción multijugos, Harry
pasó al del medio.
—¿Listos? —preguntó.
—Listos —le contestaron las voces de Ron y Hermione.
—A la una, a las dos, a las tres...
Tapándose la nariz, Harry se bebió la poción en dos grandes tragos. Sabía
a col muy cocida.
Inmediatamente, se le empezaron a retorcer las tripas como si acabara de
tragarse serpientes vivas. Se encogió y temió ponerse malo. Luego, un ardor
surgido del estómago se le extendió rápidamente hasta las puntas de los dedos
de manos y pies. Jadeando, se puso a cuatro patas y tuvo la horrible sensación
de estarse derritiendo al notar que la piel de todo el cuerpo le quemaba como
cera caliente, y antes de que los ojos y las manos le empezaran a crecer, los
dedos se le hincharon, las uñas se le ensancharon y los nudillos se le abultaron
como tuercas. Los hombros se le separaron dolorosamente, y un picor en la
frente le indicó que el pelo se le caía sobre las cejas. Se le rasgó la túnica al
ensanchársele el pecho como un barril que reventara los cinchos. Los pies le
dolían dentro de unos zapatos cuatro números menos de su medida...
Todo concluyó tan repentinamente como había comenzado. Harry se
encontró tendido boca abajo, sobre el frío suelo de piedra, oyendo a Myrtle
sollozar de tristeza al fondo de los aseos. Con dificultad, se desprendió de los
zapatos y se puso de pie. O sea que así se sentía uno siendo Goyle. Con una
gran mano temblorosa se desprendió de su antigua túnica, que le quedaba a
un palmo de los tobillos, se puso la otra y se abrochó los zapatos de Goyle, que
eran como barcas. Se llevó una mano a la frente para retirarse el pelo de los
ojos, y se encontró sólo con unos pelos cortos, como cerdas, que le nacían en
la misma frente. Entonces comprendió que las gafas le nublaban la vista,
porque obviamente Goyle no las necesitaba. Se las quitó y preguntó:
—¿Estáis bien? —De su boca surgió la voz baja y áspera de Goyle.
—Sí —contestó, proveniente de su derecha, el gruñido de Crabbe.
Harry abrió su puerta y se acercó al espejo quebrado. Goyle le devolvió la
mirada con ojos apagados y hundidos en las cuencas. Harry se rascó una
oreja, tal como hacía Goyle.
Se abrió la puerta de Ron. Se miraron. Salvo por estar pálido y asustado,
Ron era idéntico a Crabbe en todo, desde el pelo cortado con tazón hasta los
largos brazos de gorila.
—Es increíble —dijo Ron, acercándose al espejo y pinchando con el dedo
la nariz chata de Crabbe—. Increíble.
—Mejor que nos vayamos —dijo Harry, aflojándose el reloj que oprimía la
gruesa muñeca de Goyle—. Aún tenemos que averiguar dónde se encuentra la
sala común de Slytherin. Espero que demos con alguien a quien podamos
seguir hasta allí.
Ron dijo, contemplando a Harry:
—No sabes lo raro que se me hace ver a Goyle pensando.
Golpeó en la puerta de Hermione.
—Vamos, tenemos que irnos... Una voz aguda le contestó:
—Me... me temo que no voy a poder ir. Id vosotros sin mí.
—Hermione, ya sabemos que Millicent Bulstrode es fea, nadie va a saber
que eres tú.
—No, de verdad... no puedo ir. Daos prisa vosotros, no perdáis tiempo.
Harry miró a Ron, desconcertado.
—Pareces Goyle —dijo Ron—. Siempre pone esta cara cuando un
profesor pregunta.
—Hermione, ¿estás bien? —preguntó Harry a través de la puerta.
—Sí, estoy bien... Marchaos.
Harry miró el reloj. Ya habían transcurrido cinco de sus preciosos sesenta
minutos.
—Espera aquí hasta que volvamos, ¿vale? —dijo él.
Harry y Ron abrieron con cuidado la puerta de los lavabos, comprobaron
que no había nadie a la vista y salieron.
—No muevas así los brazos —susurró Harry a Ron.
—¿Eh?
—Crabbe los mantiene rígidos...
—¿Así?
—Sí, mucho mejor.
Bajaron por la escalera de mármol. Lo que necesitaban en aquel momento
era a alguien de Slytherin a quien pudieran seguir hasta la sala común, pero no
había nadie por allí.
—¿Tienes alguna idea? —susurró Harry.
—Cuando los de Slytherin bajan a desayunar, creo que vienen de por allí
—dijo Ron, señalando con un gesto de la cabeza la entrada de las mazmorras.
Apenas lo había terminado de decir, cuando una chica de pelo largo rizado
salió de la entrada.
—Perdona —le dijo Ron, yendo deprisa hacia ella—, se nos ha olvidado
por dónde se va a nuestra sala común.
—Me parece que no os entiendo —dijo la chica muy tiesa—. ¿Nuestra sala
común? Yo soy de Ravenclaw.
Y se alejó, volviendo recelosa la vista hacia ellos.
Harry y Ron bajaron corriendo los escalones de piedra y se internaron en la
oscuridad. Sus pasos resonaban muy fuerte cuando los grandes pies de
Crabbe y Goyle golpeaban contra el suelo, pero temían que la cosa no
resultara tan fácil como se habían imaginado.
Los laberínticos corredores estaban desiertos. Fueron bajando más y más
pisos, mirando constantemente sus relojes para comprobar el tiempo que les
quedaba. Después de un cuarto de hora, cuando ya estaban empezando a
desesperarse, oyeron un ruido delante.
—¡Eh! —exclamó Ron, emocionado—. ¡Uno de ellos!
La figura salía de una sala lateral. Sin embargo, después de acercarse a
toda prisa, se les cayó el alma a los pies: no se trataba de nadie de Slytherin,
era Percy.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Ron, con sorpresa. Percy lo miró
ofendido.
—Eso —contestó fríamente— no es asunto de tu incumbencia. Tú eres
Crabbe, ¿no?
—Eh... sí —respondió Ron.
—Bueno, id a vuestros dormitorios —dijo Percy con severidad—. En estos
días no es muy prudente merodear por los corredores.
—Pues tú lo haces —señaló Ron.
—Yo —dijo Percy, dándose importancia— soy un prefecto. Nadie va a
atacarme.
Repentinamente, resonó una voz detrás de Harry y Ron. Draco Malfoy
caminaba hacia ellos, y por primera vez en su vida, a Harry le encantó verlo.
—Estáis ahí —dijo él, mirándolos—. ¿Os habéis pasado todo el tiempo en
el Gran Comedor, poniéndoos como cerdos? Os estaba buscando, quería
enseñaros algo realmente divertido.
Malfoy echó una mirada fulminante a Percy.
—¿Y qué haces tú aquí, Weasley? —le preguntó con aire despectivo.
Percy se ofendió aún más.
—¡Tendrías que mostrar un poco más de respeto a un prefecto! —dijo—.
¡No me gusta ese tono!
Malfoy lo miró despectivamente e indicó a Harry y a Ron que lo siguieran.
A Harry casi se le escapa disculparse ante Percy, pero se dio cuenta justo atiempo. Él y Ron salieron a toda prisa detrás de Malfoy, que les decía, mientras
tomaban el siguiente corredor:
—Ese Peter Weasley...
—Percy —le corrigió automáticamente Ron.
—Como sea —dijo Malfoy—. He notado que últimamente entra y sale
mucho por aquí, a hurtadillas. Y apuesto a que sé qué es lo que pasa. Cree
que va a pillar al heredero de Slytherin él solito.
Lanzó una risotada breve y burlona. Harry y Ron se cambiaron miradas de
emoción.
Malfoy se detuvo ante un trecho de muro descubierto y lleno de humedad.
—¿Cuál es la nueva contraseña? —preguntó a Harry.
—Eh... —dijo éste.
—¡Ah, ya! «¡Sangre limpia!» —dijo Malfoy, sin escuchar, y se abrió una
puerta de piedra disimulada en la pared. Malfoy la cruzó y Harry y Ron lo
siguieron.
La sala común de Slytherin era una sala larga, semisubterránea, con los
muros y el techo de piedra basta. Varias lámparas de color verdoso colgaban
del techo mediante cadenas. Enfrente de ellos, debajo de la repisa labrada de
la chimenea, crepitaba la hoguera, y contra ella se recortaban las siluetas de
algunos miembros de la casa Slytherin, acomodados en sillas de estilo muy
recargado.
—Esperad aquí —dijo Malfoy a Harry y Ron, indicándoles un par de sillas
vacías separadas del fuego—. Voy a traerlo. Mi padre me lo acaba de enviar.
Preguntándose qué era lo que Malfoy iba a enseñarles, Harry y Ron se
sentaron, intentando aparentar que se encontraban en su casa.
Malfoy volvió al cabo de un minuto, con lo que parecía un recorte de
periódico. Se lo puso a Ron debajo de la nariz.
—Te vas a reír con esto —dijo.
Harry vio que Ron abría los ojos, asustado. Leyó deprisa el recorte, rió muy
forzadamente y pasó el papel a Harry.
Era de El Profeta, y decía:
INVESTIGACIÓN EN EL MINISTERIO DE MAGIA
Arthur Weasley, director del Departamento Contra el Uso Indebido de
la Magia, ha sido multado hoy con cincuenta galeones por embrujar un
automóvil muggle.
El señor Lucius Malfoy, miembro del Consejo Escolar del Colegio
Hogwarts de Magia, en donde el citado coche embrujado se estrelló a
comienzos del presente curso, ha pedido hoy la dimisión del señor
Weasley.
«Weasley ha manchado la reputación del Ministerio», declaró el
señor Malfoy a nuestro enviado. «Es evidente que no es la persona
adecuada para redactar nuestras leyes, y su ridícula Ley de defensa
de los muggles debería ser retirada inmediatamente.»
El señor Weasley no ha querido hacer declaraciones, si bien su
esposa amenazó a los periodistas diciéndoles que si no se marchaban,
les arrojaría el fantasma de la familia.
—¿Y bien? —dijo Malfoy impaciente, cuando Harry le devolvió el recorte—.
¿No os parece divertido?
—Ja, ja —rió Harry lúgubremente.
—Arthur Weasley tiene tanto cariño a los muggles que debería romper su
varita mágica e irse con ellos —dijo Malfoy desdeñosamente—. Por la manera
en que se comportan, nadie diría que los Weasley son de sangre limpia.
A Ron (o, más bien, a Crabbe) se le contorsionaba la cara de la rabia.
—¿Qué te pasa, Crabbe? —dijo Malfoy bruscamente.
—Me duele el estómago —gruñó Ron.
—Bueno, pues id a la enfermería y dadles a todos esos sangre sucia una
patada de mi parte —dijo Malfoy, riéndose—. ¿Sabéis qué? Me sorprende que
El Profeta aún no haya dicho nada de todos esos ataques —continuó diciendo
pensativamente—. Supongo que Dumbledore está tapándolo todo. Si no para
la cosa pronto, tendrá que dimitir. Mi padre dice siempre que la dirección de
Dumbledore es lo peor que le ha ocurrido nunca a este colegio. Le gustan los
que vienen de familia muggle. Un director decente no habría admitido nunca
una basura como el Creevey ése.
Malfoy empezó a sacar fotos con una cámara imaginaria, imitando a Colin,
cruel pero acertadamente.
—Potter, ¿puedo sacarte una foto, Potter? ¿Me concedes un autógrafo?
¿Puedo lamerte los zapatos, Potter, por favor?
Bajó las manos y se quedó mirando a Harry y a Ron.
—¿Qué os pasa a vosotros dos?
Demasiado tarde, Harry y Ron se rieron a la fuerza; sin embargo, Malfoy
pareció satisfecho. Quizá Crabbe y Goyle fueran siempre lentos para
comprender las gracias.
—San Potter, el amigo de los sangre sucia —dijo Malfoy lentamente—. Ése
es otro de los que no tienen verdadero sentimiento de mago, de lo contrario no
iría por ahí con esa sangre sucia presuntuosa que es Granger. ¡Y se creen que
él es el heredero de Slytherin!
Harry y Ron estaban con el corazón en un puño; quizás a Malfoy le
faltaban unos segundos para decirles que el heredero era él. Pero en aquel
momento...
—Me gustaría saber quién es —dijo Malfoy, petulante—. Podría ayudarle.
A Ron se le quedó la boca abierta, de manera que la cara de Crabbe
parecía aún más idiota de lo usual. Afortunadamente, Malfoy no se dio cuenta,
y Harry, pensando rápido, dijo:
—Tienes que tener una idea de quién hay detrás de todo esto.
—Ya sabes que no, Goyle, ¿cuántas veces tengo que decírtelo? —dijo
Malfoy bruscamente—. Y mi padre tampoco quiere contarme nada sobre la
última vez que se abrió la Cámara de los Secretos. Aunque sucedió hace
cincuenta años, y por tanto antes de su época, él lo sabe todo sobre aquello,
pero dice que la cosa se mantuvo en secreto y asegura que resultaría
sospechoso si yo supiera demasiado. Pero sé algo: la última vez que se abrió
la Cámara de los Secretos, murió un sangre sucia. Así que supongo que sólo
es cuestión de tiempo que muera otro esta vez... Espero que sea Granger —
dijo con deleite.
Ron apretaba los grandes puños de Crabbe. Dándose cuenta de que todo
se echaría a perder si pegaba a Malfoy, Harry le dirigió una mirada de aviso y
dijo:
—¿Sabes si cogieron al que abrió la cámara la última vez?
—Sí... Quienquiera que fuera, lo expulsaron —dijo Malfoy—. Aún debe de
estar en Azkaban.
—¿En Azkaban? —preguntó Harry, sin entender.
—Claro, en Azkaban, la prisión mágica, Goyle —dijo Malfoy, mirándole, sin
dar crédito a su torpeza—. La verdad es que si fueras más lento irías para
atrás.
Se movió nervioso en su silla y dijo:
—Mi padre dice que tengo que mantenerme al margen y dejar que el
heredero de Slytherin haga su trabajo. Dice que el colegio tiene que librarse de
toda esa infecta sangre sucia, pero que yo no debo mezclarme. Naturalmente,
él ya tiene bastantes problemas por el momento. ¿Sabéis que el Ministerio de
Magia registró nuestra casa la semana pasada? —Harry intentó que la
inexpresiva cara de Goyle expresara algo de preocupación—. Sí... —dijo
Malfoy—. Por suerte, no encontraron gran cosa. Mi padre posee algunos
objetos de Artes Oscuras muy valiosos. Pero afortunadamente nosotros
también tenemos nuestra propia cámara secreta debajo del suelo del salón.
—¡Ah! —exclamó Ron.
Malfoy lo miró. Harry hizo lo mismo. Ron se puso rojo, incluso el pelo se le
volvió un poco rojo. También se le alargó la nariz. La hora de que disponían
llegaba a su fin, de forma que Ron estaba empezando a convertirse en sí
mismo, y a juzgar por la mirada de horror que dirigía a Harry, a éste le estaba
sucediendo lo mismo.
Se pusieron de pie de un salto.
—Necesito algo para el estómago —gruñó Ron, y sin más preámbulos
echaron a correr a lo largo de la sala común de Slytherin, lanzándose contra el
muro de piedra y metiéndose por el corredor, y deseando desesperadamente
que Malfoy no se hubiera dado cuenta de nada. Harry podía notarse los pies
sueltos dentro de los grandes zapatos de Goyle, y tuvo que levantarse los
bajos de la túnica al hacerse más pequeño. Subieron los escalones y llegaron
al oscuro vestíbulo de entrada, en que se oían los sordos golpes que llegaban
del armario en que habían encerrado a Crabbe y Goyle. Dejando los zapatos
junto a la puerta del armario, subieron corriendo en calcetines hasta los lavabos
de Myrtle la Llorona.
—Bueno, no ha sido completamente inútil —dijo Ron, cerrando tras ellos la
puerta de los aseos—. Ya sé que todavía no hemos averiguado quién ha
cometido las agresiones, pero mañana voy a escribir a mi padre para decirle
que miren debajo del salón de Malfoy.
Harry se miró la cara en el espejo roto. Volvía a la normalidad. Se puso las
gafas mientras Ron llamaba a la puerta del retrete de Hermione.
—Hermione, sal, tenemos muchas cosas que contarte.
—¡Marchaos! —chilló Hermione.
Harry y Ron se miraron el uno al otro.
—¿Qué pasa? —dijo Ron—. Tienes que estar a punto de volver a la
normalidad, nosotros ya...
Pero Myrtle la Llorona salió de repente atravesando la puerta del retrete.
Harry nunca la había visto tan contenta.
—¡Aaaaaaaah, ya la veréis! —dijo—. ¡Es horrible!
Oyeron descorrerse el cerrojo, y Hermione salió, sollozando, tapándose la
cara con la túnica.
—¿Qué pasa? —preguntó Ron, vacilante—. ¿Todavía te queda la nariz de
Millicent o algo así?
Hermione se descubrió la cara y Ron retrocedió hasta darse en los riñones
con un lavabo.
Tenía la cara cubierta de pelo negro. Los ojos se le habían puesto
amarillos y unas orejas puntiagudas le sobresalían de la cabeza.
—¡Era un pelo de gato! —maulló—. ¡Mi-Millicent Bulstrode debe de tener
un gato! ¡Y la poción no está pensada para transformarse en animal!
—¡Eh, vaya! —exclamó Ron.
—Todos se van a reír de ti —dijo Myrtle, muy contenta.
—No te preocupes, Hermione —se apresuró a decir Harry—. Te
llevaremos a la enfermería. La señora Pomfrey no hace nunca demasiadas
preguntas...
Les costó mucho trabajo convencer a Hermione de que saliera de los
aseos. Myrtle la Llorona los siguió riéndose con ganas.
—¡Pues ya verás cuando todos se enteren de que tienes cola!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)